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Pablo Montanaro
montanarop@lmneuquen.com.ar
A los 15 años abandonó su Posadas natal y llegó a Neuquén, donde trabajó en una feria de ropa y hasta en un banco.
Estudió Recursos Humanos, se especializó en Emociones para el Aprendizaje y es coaching en gestión de equipos.
“Cuando mi papá me pegaba a mí y a mi hermana, y nos obligaba a quedarnos arrodilladas en la calle sin movernos, bajo el sol y el calor, yo sólo pensaba en que cuando fuera grande iba a ayudar a la gente, pensaba en ser abogada. No lo soy, pero estoy cerca en esto de ayudar a los demás”, recuerda Natalia Maciel, quien, a fuerza de valentía y coraje, superó esa infancia difícil y traumática que debió transitar.
Hoy, esta mujer de 33 años que hace más de 20 llegó a Neuquén despliega, a través de distintas actividades, su profunda vocación de ayudar a los demás para lograr la superación personal. Se especializó en Recursos Humanos y, además, obtuvo un master en la Universidad de Barcelona, España. Su dedicación la llevó a diplomarse en Neurociencias y Gestión de Emociones para el Aprendizaje en la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba.
“Las dificultades aparecen para que nos esforcemos más, nos hacen más fuertes y nos ponen a prueba, nos fortalecen, no hay que detenerse ante ellas”, sugiere Natalia, y de inmediato su mirada se retrotrae a su infancia en Posadas.
Cuenta que nació en pleno fervor democrático, en diciembre de 1983; que su madre se casó cuando tenía 14 años con su padre, que a fines de la década del 60 arribó a Neuquén para trabajar en la represa El Chocón. “Se conocieron cuando él trabajaba en El Chocón, se casaron y volvieron a Posadas. Vivíamos en una casa de madera, muy humilde, con piso de tierra. Para ir al colegio, que quedaba lejos de mi casa, me juntaba con otros chicos del barrio y nos íbamos caminando para no andar solos”, relata.
Junto con sus otros tres hermanos fueron testigos y también víctimas de la violencia que, sin motivos, desataba su padre. “Todavía tengo varias marcas de los golpes en mi cuerpo”, dice, sin ocultar su pesar. Pero aclara que quien se llevó la peor parte de esa violencia fue su madre, ya que debido a los golpes tiene una discapacidad en una parte del cuerpo.
Su madre comenzó a trabajar en la parte de limpieza del hospital de Posadas, así que Natalia y sus hermanos se quedaban solos durante varias horas y afirma que pasó hambre.
A mediados de los años 90, alentó a su madre a abandonar el maltrato y se fueron a Neuquén. Para Natalia significó el comienzo de una nueva vida, pero las cosas no iban a ser fáciles. Primero llegó Natalia. Sin un lugar para instalarse, fue albergada en el hogar que habría creado el padre Ítalo José Varvello destinado a chicos y familias en situación de vulnerabilidad. Recuerda con emoción la solidaridad que le brindó el sacerdote durante los más de cinco años que permaneció en el hogar. “Soy una agradecida al padre Ítalo porque me marcó un camino en la vida”, comenta.
Pasó su juventud trabajando para poder subsistir. Terminó el secundario nocturno en el CPEM 60 mientras trabajaba como vendedora de ropa en la feria que estaba en la vieja terminal de ómnibus.
“El esfuerzo y la dedicación eran mis obsesiones”, comenta Natalia, que cuando tuvo la oportunidad comenzó a estudiar. “Mientras estudiaba, trabajaba en un banco y pasaba varios días sin dormir”, comenta.
“Busco reprogramar mentes de alta performance porque mi intención es potenciar el talento humano desde las bases neurocientíficas, es decir, reprogramar el ser”, explica sobre las múltiples actividades que lleva adelante tanto en organizaciones y empresas como en instituciones y escuelas. Natalia también ofrece sus conocimientos y experiencias de vida a los vecinos del barrio Cuenca XV donde vive actualmente. “Hay gente que se cierra y cree que porque nació con limitaciones y sin posibilidades, sus vidas tienen que seguir así. Trato de colaborar en el barrio para que la gente tenga voluntad de cambiar sus vidas. Podemos cambiar y dejar eso malo que nos ha pasado”, describe con tenacidad.
Su vocación docente tiene un objetivo primordial “buscando siempre transformar vidas”, brindando talleres, cursos, clases y capacitaciones en instituciones públicas y privadas en distintas ciudades del país. “Siempre tocando almas, volviendo al amor en cada persona. Todo este desarrollo al que llegué con tanto esfuerzo me permitió comprender que uno llega hasta donde quiere llegar”, explica esta mujer que es un ejemplo de superación.
Me llena de felicidad ver cómo otras personas despiertan su conciencia y alcanzan sus sueños”.
Los chicos y los peligros sociales
Su vocación docente la despliega brindando talleres de Inteligencia Emocional para chicos de entre 5 y 13 años. En estas actividades brinda herramientas de inteligencia emocional como el autocontrol, el entusiasmo, la empatía, la perseverancia y la capacidad para motivarse.
“Las emociones determinarán nuestra manera de afrontar la vida”, comenta. Agrega que la infancia es una etapa crucial en el aprendizaje del manejo y control de las emociones. “La adquisición de competencias emocionales les permite estar atentos y poder defenderse de posibles peligros sociales, como las adicciones”, concluye Natalia.