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Vivir en la meseta y luchar contra las adversidades

En Nueva Esperanza, 1500 familias habitan un barrio lleno de carencias. En abril se construirá una escuela.

Flavio Ramírez

ramirezf@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN

El viento que el último martes castigó a la ciudad se sintió con mayor intensidad en la meseta. Las ráfagas sacudieron el auto del diario con el que íbamos a hacer una nota. El calor de enero nos obligó a bajar las ventanillas y el polvo se nos metió por todos los poros. En la distancia, oasis de forestación verde resaltaban en el monótono marrón del desierto patagónico. Desde la ventanilla se veía el contraste de los ranchos y construcciones humildes de los productores y crianceros con las casas de los nuevos habitantes. Postales de la Colonia Rural Nueva Esperanza, el barrio que se convirtió en opción habitacional para muchos neuquinos.

Enclavado en lo más alto de la ciudad, rodeada por Parque Industrial y tres tomas (El Trébol de Neuquén y manzanas 33, 34 y 35 de Centenario), el barrio florece de vida a pesar de la hosquedad del paisaje.

En la calle Alfalfa, camino al matadero, dos niños desafiaban el clima: vestidos sólo con zapatillas y pantalones cortos jugaban un arco a arco en el único playón deportivo del barrio. A su alrededor no había nada más que tierra y yuyos resecos; la casa más cerca distaba más de 200 metros. A los chicos eso no les importaba, estaban felices en su soledad pateando la pelota de goma.

Más adelante, una pareja de ancianos esperaba bajo los rayos del sol de la tarde a que pasara el colectivo. Habían perdido el anterior y tuvieron que esperar casi una hora para tomar el siguiente. En el lugar no había ninguna garita donde protegerse.

En una parcela, un hombre trabajaba la tierra mientras maldecía por la falta de agua. Sus preciadas plantas se le estaban secando y no podría cultivar sus frutos: duraznos, damascos, manzanas, peras.

“Es todo un tema vivir acá arriba, pero sarna con gusto no pica. Hay que hacer patria”, agregó Carlos Coronel, productor porcino y presidente de la comisión vecinal.

Colonia Rural Nueva Esperanza nació como barrio hace más de 35 años durante la intendencia de Derlis Kloosterman (1991-1995). Allí se asentaron unos 300 crianceros de cerdos y aves de corral, que el municipio tentó con parcelas para sacarlos de los barrios Valentina, Rincón de Emilio y Confluencia.

Desde entonces, luchan contra la adversidad, el clima y la falta de agua. Aún hoy no tienen agua potable (llevan el agua en camiones cada dos días y sólo entregan 2000 litros por parcela, sin importar la cantidad de familias que vivan allí). Hay una red que los abastece para regar, pero no es apta para el consumo humano ni los animales. Las promesas se multiplicaron con cada campaña, pero nunca se cumplieron.

“Nos han dicho que las inversiones que se hacen en el barrio son las mismas que las de un barrio privado, pero no tenemos ningún privilegio y nos faltan todos los servicios”. Fabio Bringas Docente y vecino del barrio Colonia Rural Nueva Esperanza

Crecimiento

“La colonia crece muchísimo. En cada parcela hay dos o tres casas. Muchos vienen apostando al futuro, a pesar de saber las condiciones en las que tienen que vivir”, advirtió Ever Urrutia.

Según el censo de 2010 había 600 familias, hoy hay más de 1500 instaladas. Lo hacen sabiendo que no hay gas, ni agua potable, ni teléfono o señal de celular, recolección de basura o comisarías. Sí sobra viento, calor, frío y ganas de crecer. Adrián Urrutia es director de Diversidad de la Provincia de Neuquén. Junto a esposo, Fabio Bringas, construyó su casa en la parcela de su familia. Llegaron en el 2012 porque no podían comprar un terreno en la ciudad. “Tomamos la decisión de venir para acá sabiendo todos los pormenores. Ya estamos encariñados”, dijo.

Fabio se queja por la desidia de los funcionarios municipales y puso como ejemplo que, a pesar de vivir a dos cuadras del basurero municipal, Cliba no recoge los residuos en el barrio. Además de no haber garitas y de tener una sola línea, los vecinos que deban viajar al oeste tendrán hacer dos o tres trasbordos y demorar más dos horas para llegar a un lugar que no está a más de 1500 metros en línea recta.

Recién en abril próximo la provincia comenzará a construir una escuela para el sector, un reclamo que tardó más de 10 años para ser atendido. Los vecinos se mostraron expectantes con la obra y esperanzados en que por primera vez les llegue el agua potable a sus casas, lo que dará un nuevo impulso al barrio.

“Hubo un funcionario municipal que dijo ‘qué reclaman si se fueron a vivir a una zona rural’, como si en una zona rural no fuera necesario tener agua potable”. Omar Esparsa Periodista que está terminando de hacer su casa en el barrio

El agua, una batalla diaria por la vida

NEUQUÉN

En la meseta hay tierra árida, viento y productores con mucha voluntad, pero lo que no hay es agua, algo esencial para sembrar o criar animales.

Aunque el barrio Colonia Rural Nueva Esperanza está asentado sobre el acueducto Mari Menuco-Neuquén, sus pobladores no tienen agua potable. La única que consiguen es distribuida a través de 10 camiones que paga el municipio. Cada parcela recibe 2000 litros cada dos días. El problema es que el sistema está pensado para 600 familias y hoy hay más de 1500.

Esto hace que florezcan los especuladores, que venden los 10.000 litros de agua potable por 1500 pesos. No todos pueden pagarlo.

Para el cultivo, los vecinos y productores sólo cuentan con agua cruda, no apta para el consumo humano ni animal, que es transportado por un acueducto construido por Pluspetrol. Pero no siempre tienen, y así se les secan las plantas y se les mueren los animales, en especial en las épocas de mucho calor. Hace 35 años que reclaman las obras, que deberían estar hechas desde que fue creada la colonia. Pero nunca se hizo. El servicio municipal de entrega de agua con camiones cuesta unos 48 millones de pesos al año. Realizar la red agua potable para el barrio sale 55 millones.

“Con lo poco que tenía pude pagar el adelanto del costo del terreno y meterme a vivir y trabajar la tierra. Acá todo es una lucha”. Carlos Coronel Productor de lechones que llegó desde Buenos Aires

Los nuevos colonizadores apuestan a un futuro mejor en este lugar

NEUQUÉN

Las cerca de mil familias que se instalaron en la meseta en los últimos seis años lo hicieron buscando una alternativa a los altos precios de los alquileres y los inmuebles en la ciudad y la región.

“Acá se hace patria. Pero es lindo, es tranquilo, no escuchás bocinas. Es un minipueblo dentro de la ciudad, porque todos nos conocemos. Te subís al auto y en 10 minutos estás en la avenida Argentina”, dijo Ever Urrutia, vicepresidente de la comisión vecinal.

Este policía llegó al barrio en 2007 porque no podía pagar lo que le pedían en el Bajo. Haciendo una ronda se enteró de que un hombre vendía su lote y se lo compró. En su parcela ahora vive también su padre y su hermano. “Vine por necesidad, después le tomé cariño. Ahora me tenés que sacar muerto de acá”, agregó.

Desde Buenos Aires

Carlos Coronel produce lechones. Llegó a la meseta en el 2006, dos meses después de haberse mudado de Buenos Aires. Con lo poco que tenía pudo pagar el adelanto del terreno y se metió a vivir y trabajar la tierra. “Acá todo es una lucha”, se quejó mientras sus manos curtidas por el aire seco le tocaban la frente.

Adrián es hermano de Ever y director de Diversidad de la Provincia de Neuquén. Se mudó junto con su esposo, Fabio Bringas, en el 2012 para tener un lugar más grande para compartir con sus tres hijos. Su casa es un pequeño oasis en medio de un páramo. “Yo amo este lugar, porque lo parimos. Vivimos angustias, emociones. Organizamos el casamiento estando acá, hicimos los cumpleaños, festejamos Año Nuevo como familia, pero a veces te dan ganas de tirar todo a la mierda”, se lamentó al recordar la falta de agua, la desidia oficial y el viento constante.

Omar Esparsa está a punto de ser papá. Todas las tardes sube desde el oeste para terminar su casa en el lote familiar. Debe estar lista en pocos meses, antes de que nazca su hijo o hija, no sabe cuál de los dos. Eligieron este lugar porque con su esposa no pueden afrontar un alquiler.

“Es una apuesta al futuro, creemos que en pocos años se va a desarrollar”, dijo el periodista, quien sueña con producir sus verduras en un invernadero.

“Lo que molesta, lo que jode, es que nosotros estamos parados sobre el agua que va a Neuquén y sobre el gas que va a Bahía Blanca”. Ever Urrutia Vicepresidente de la comisión vecinal Colonia Nueva Esperanza

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