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2001: Crónica de un colapso anunciado

El tipo de cambio fijo fue para la Argentina un ancla cambiaria que sirvió en los primeros años para dar estabilidad a la crisis post-hiperinflación.

Los grandes eventos económicos que quedan registrados en la historia los solemos identificar con una fecha determinada así como lo hacemos con muchos sucesos sociales o culturales. La crisis económica de 1930, la crisis del petróleo en 1973, el efecto tequila de 1995, la llegada del hombre a la luna en 1969, la caída del muro de Berlin en 1989 o la mismísima caída del imperio romano en el 476 d.c. tienen todos una fecha asignada; la del evento en si mismo. Sin embargo, cada uno de estos eventos tiene también una historia de aciertos o desaciertos, de decisiones tomadas y dé señales que van indicando un posible desenlace.

En la mayoría de estos grandes eventos no sabemos con anterioridad cuándo será exactamente el desenlace, pero sí que de no haber cambios en las decisiones (negativas o positivas), el mismo sucederá tarde o temprano. Paul Krugman, ganador del Nobel de Economía en el 2008 escribía en 1979 que, bajo un sistema de convertibilidad fija, una crisis cambiaria sucede antes del agotamiento de las reservas aunque no se puede saber cuando con exactitud y que esto dependerá de las expectativas de la población.

Analicemos entonces algunas de las señales que indicaban lo que podía suceder y que efectivamente sucedió a pesar de Krugman y de muchos analistas.

La ley de convertibilidad que había sido sancionada diez años antes de la crisis dio origen al “uno a uno”. Sancionada el 27 de marzo de 1991 a iniciativa de Domingo Cavallo, la misma establecía un régimen de tipo de cambio fijo en el cual a partir del 1 de enero de 1992, el Banco Central debía entregar un dólar a cambio de un peso. La teoría indica que si una economía se ata a este tipo de reglas, mantiene altos niveles de déficit fiscal y su competitividad no se incrementa de forma significativa para generar los dólares necesarios a partir de un aumento de las exportaciones el final se asemeja a una tragedia por dos motivos: a) la deuda se vuelve rápidamente impagable y b) la situación social (industria nacional y desempleo) comienzan a crujir en detrimento de un aumento de las importaciones.

En Argentina, el déficit fiscal que en 1993 se encontraba equilibrado en -0,02% se fue agravando año a año hasta llegar en el 2001 a un negativo de 5.36%. A diferencia de la actualidad, en ese entonces y ante la imposibilidad (parcial) de financiar ese déficit con emisión, la totalidad de la deuda se financiaba externamente y en dólares.

El nivel de deuda que en 1992 era de US$63.847 y representaba apenas el 24,96% del PBI era 10 años después para mediados de 2001 de US$144.277MM, superando el 45% del PIB, con un 97% en moneda extranjera. Este número que puede no ser extremadamente preocupante en una economía desarrollada (un país para ingresar a la UE puede tener hasta un 60% de deuda/PBI), lo era para Argentina que había alcanzado esos niveles de endeudamiento sin los consecuentes superávits de balanza comercial que aseguraran los dólares necesarios para un posible repago.

Visto el incremento del déficit fiscal y la deuda, analicemos la competitividad. La década del 90 fue una época donde el dólar estadounidense relativo al resto de la mundo mostró gran fortaleza y esa fortaleza se había ido consolidando (junto con el peso Argentino) aún más hacia finales de la década. El tipo de cambio de Argentina, que era fijo en relación con el dólar estadounidense, había ido entonces apreciándose de forma paulatina entre 1991 y hasta la crisis del Tequila en 1995. En el segundo lustro, este índice que es - de forma parcial – una medida de competitividad muestra una apreciación de la argentina en relación con sus principales socios comerciales del 15%, situación que se agravó aún mas hacia fines de la década a partir de una fuerte devaluación en Brasil. El escenario era preocupante, las importaciones aumentaban de forma sostenida a la vez que las exportaciones disminuían. Durante los 10 años que se sostuvo el “uno a uno”, la diferencia entre exportaciones e importaciones arrojó un saldo negativo de US$17.605 millones.

En este mismo periodo, y como consecuencia de esa pérdida de competitividad con nuestros socios comerciales, el desempleo incremento sostenidamente desde 7,2% en 1991 hasta 17,5% en 2001. Los costos de la producción, dolarizados por la convertibilidad, impedían a la industria nacional generar exportaciones. A modo de ejemplo, el salario, que a nivel local mantenía su poder adquisitivo previo a la convertibilidad, había saltado de US$100 dólares el primero de marzo de 1991 a US$200 en agosto del 1993. Lejos de correlacionarse este aumento del salario en dólares con incrementos de la competitividad, de la generación de valor agregado o de una mejor distribución del ingreso, este incremento del 100% de la mano de obra local, generó una imposibilidad para la industria nacional de competir internacionalmente y de ahí los valores mencionados de desempleo. Estos fenómenos se vieron reflejados en otro fenómeno conocido en los 90 como “deme dos”.

Todo esto debe recalcarse sucedió a pesar de un crecimiento sostenible del PBI de la Argentina, que había alcanzado tasas de crecimiento superiores al 5% en 6 de los diez años de la década 1991-2001. Tendencia que había comenzado a perder impulso luego de la crisis del tequila en 1995 reduciéndose 3,4% y 0,8% en los años 1999 y 2000 previos a la debacle de -4.4% en 2001.

En conclusión, el tipo de cambio fijo fue para la Argentina un ancla cambiaria que sirvió en los primeros años para dar estabilidad a la crisis post-hiperinflación. Sin embargo, este ancla fue transformándose luego en una restricción insuperable para la economía Argentina que no pudo acomodarse al contexto mundial. Los déficits fiscales causados por un exceso del gasto público y los comerciales derivados de una pérdida de competitividad internacional fueron erosionando la sostenibilidad de la economía Argentina. La deuda fue incrementándose hasta tornarse insostenible en paralelo con una industria nacional que no lograba colocar sus productos para generar los dólares correspondientes.

El final, lo conocemos y recordamos todos.

*Gonzalo Echegaray es economista. Titular de Echegaray, Fernández y asociados.

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