{# #} {# #}
A Maradona le faltaban dos meses y medio para cumplir los 21 y, para la ley argentina, había varias cosas que todavía no podía hacer sin tener el permiso de doña Tota y don Diego porque aún era menor. Sin embargo, para la ley del fútbol podía hacer lo que quisiera y, de hecho, ya había hecho de todo. La pelota se lo permitía y la aclamación popular, también. Pero había algo que hasta la tarde del 15 de agosto de 1981 aún no había podido lograr en el país. Y fue un acontecimiento tan extraordinario que nunca pudo repetirlo en su tierra: salir campeón.
Esa tarde en la Bombonera, Diego cumplió uno de los sueños más grandes de su vida, el sueño de su papá, el de dar la vuelta olímpica en la Bombonera. El pibe de oro llenaba así el último casillero antes de alcanzar la mayoría de edad futbolera, porque desde entonces el “pibe” definitivamente le dejaría su lugar al “hombre”.
Los meses subsiguientes a ese título en Boca serían más que nada un relleno y, al cabo, una despedida hasta reencontrarse 14 años más tarde, con mucha gloria, agua y sangre habiendo corrido -a veces con el vértigo propio de quien termina estrellado- bajo el puente. Pero aquel equipazo del 81, del que Diego fue la gran figura aunque no la única, quedaría para siempre como un sello indeleble en su carrera. Desde entonces ya nada sería igual, porque pronto aparecería Barcelona, la vida en Europa, otras luces, otra billetera, Napoli, y la conversión en un Dios tan divino como humano y falible.
Aquel campeonato con Boca fue realmente el final de la era de la inocencia para Maradona, que había debutado en Primera en Argentinos Juniors con apenas 15 años (a diez días de cumplir los 16) y cursó el final de su adolescencia con la frescura natural de la edad, una frescura que transmitió en la cancha: el Diego de Argentinos y de Boca era imparable.
Y ese 1981 resultó un cóctel de sensaciones que se bebió de un sorbo y quedó en pie para contarlo, porque era el mejor del equipo pero también un veinteañero que compartía plantel con viejos lobos de mar multicampeones, como Gatti, Pernía, Mouzo, el Chino Benítez y Miguel Ángel Brindisi. Porque incluso con toda su inmadurez, bancó la presión como un adulto y se hizo cargo del rol que ocupaba, en una capacidad de liderazgo que empezaba a asomar en su personalidad.
Aunque, como alguna vez él mismo contó, cuando quiso ponerse al frente y dar la voz de alto ante la barra brava que había ido a la concentración a “apretar” al plantel para que ganara un partido, los muchachos de La Doce lo ningunearon, lo corrieron del centro de la escena, y fueron derecho a “charlar” con los experimentados.
Su juventud y talento inigualable lo hacían oscilar entre las ganas de comerse la cancha y el capricho de quien todavía no tiene las suficientes horas de vuelo para ser comandante. “La camiseta de Boca no se tira al suelo, es una falta de respeto”, le gritó alguna vez Vicente Pernía, entrando al vestuario en un entretiempo, después del gesto de fastidio de Diego, molesto porque no le pasaban la pelota.
“No te la damos siempre porque estás con una marca encima. Y si te la quitan, te van a putear de los cuatro costados. Es para protegerte”, le explicó otro compañero, el Colorado José María Suárez, según relató hace un tiempo a Infobae. Maradona captó el mensaje pero a su manera: jamás volvió a revolear una camiseta “de calentón”, pero en aquel partido salió a jugar el segundo tiempo, siguió pidiendo la pelota siempre, convencido de que de sus pies saldrían soluciones, y metió el gol del empate faltando 15 minutos para terminar el partido (fue 2-2 ante Newell’s en cancha de Boca).
Diego había arrancado la temporada con un estrés físico y psicológico bastante grande. Terminó 1980 jugando el Torneo Nacional con Argentinos, competencia en la que tuvo lugar el famoso partido en el que le metió cuatro goles a Boca después de que Gatti dijera que era un “gordito”, y fue citado por César Luis Menotti para jugar con la Selección un torneo en Uruguay que insólitamente arrancaba el 30 de diciembre y fue popularmente llamado “Mundialito” (participaron todos los seleccionados que habían sido hasta entonces campeones del mundo, a excepción de Inglaterra que fue reemplazada por Holanda). Después de unos días de vacaciones, su nombre pasó a ser noticia porque de él tironeaban Boca y River, aunque el que parecía que podía tener más chances de llevárselo sería el Barcelona.
Sin embargo, los catalanes debieron esperar un año y medio (hasta después de la Copa del Mundo de España 82) y el mano a mano superclásico lo ganó Boca. En “Yo soy el Diego de la gente”, la autobiografía de Maradona, él cuenta que sus ganas torcieron la decisión hacia el lado del Xeneize a pesar de que la propuesta de River era más sólida económicamente.
La novela duró todo el verano y recién unos días antes de empezar el Metropolitano el pase se concretó. Diego llegaba a Boca como el refuerzo estelar de un muy buen equipo que se había armado. Pero él no se encontraba bien físicamente. De hecho, arrastraba un desgarro que lo hizo salir del equipo y perderse varios partidos a poco de haber comenzado el campeonato.
Contra todos los pronósticos que daban a River como el otro gran candidato a ser campeón -y que al no poder contratar a Maradona trajo del Valencia de España a Mario Kempes-, el gran rival de Boca en la pelea por el título terminó siendo Ferro. Conducido técnicamente por Carlos Timoteo Griguol, se basaba en su firmeza defensiva pero también mostraba una alta capacidad para resolver y ganar partidos.
De hecho, ambos equipos llegaron muy parejos a las últimas fechas del campeonato y Boca, que estaba puntero con una unidad de ventaja, dio un paso clave al derrotar a su principal competidor, en un partido que se jugó en la Bombonera a tres fechas de terminar el torneo y se definió faltando 10 minutos con gol de Hugo Perotti.
Los tres puntos que Boca había sacado de ventaja (en aquella época se daban dos por ganar y uno por empatar) parecían definitivos. El equipo viajaba a Rosario para enfrentar Central y una victoria le daba el título. Era apenas un empujoncito más para que Diego tuviese su ansiada vuelta olímpica y, sin embargo, todo salió al revés: Boca perdió 1-0 y Maradona tuvo el empate en un panal que estrelló en el travesaño. Una tarde nefasta que sólo trajo una noticia esperanzadora: Ferro, que le ganaba de local a Huracán por 3-0, terminó igualando 3-3. La suerte estuvo del lado de Boca, que llegó a la última fecha con dos puntos de ventaja, y de Diego, que así eludió la posibilidad de quedar apuntado por ese penal fallado.
El partido final fue el gran desahogo. Un empate lo consagraba y eso fue lo que consiguió Boca contra Racing: 1-1 con un penal que esta vez sí Maradona transformó en gol. Un gol que, además de darle al club el punto que necesitaba para asegurarse el título (la Academia empató sobre el final del partido), le permitió ser el máximo goleador de su equipo con 17 tantos, superando a Brindisi por uno. Diego cumplía el primer gran sueño de su carrera, se consagraba como ídolo de Boca y dejaba de ser un pibe para ser más que eso.
“Pasé de una vida a otra -reflexionó años más tarde -. Ya era famoso pero nunca imaginé que ponerme la camiseta de Boca iba a significar un cambio tan grande para mí. Para esa época, ya me había mudado de la casita de Argerich a ora más grande en la calle Lascano. Y el Fiat 125 también me había quedado chico: ya andaba en Mercedes-Benz”.
Todo era imaginable y probable en el brillante futuro de aquel jovencito que el 15 de agosto de 1981 salía campeón por primera vez en la Argentina. Todo salvo eso: increíblemente, hace 40 años Maradona dio su única vuelta olímpica en el fútbol argentino.