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Abrir los ojos

Entre dolorosa y repudiable, la frase de Berni desnuda un problema a resolver.

La mejor forma de resolver un problema es aceptarlo primero. Si no lo reconocemos o no nos dejan ver que existe, ¿cómo podemos identificar su raíz y atacarlo desde el pie? ¿Cómo podemos avizorar la totalidad de sus efectos? ¿Cómo pensar una solución verdadera?

Quizás nos sorprenda que un funcionario público salga a pedir que la población descarte la droga que acaba de comprar. O quizás nos duela ver por primera vez algo que siempre estuvo frente a nuestros ojos pero que nunca advertimos: que hay adictos totalmente desamparados, que consumen a ciegas una dosis más para calmar la abstinencia, que aspiran lo que sea en una espiral descendente hacia el abismo. Para ellos no hay protección, no hay Estado, no hay nada.

Las declaraciones de Berni, dolorosas o repudiables, logran desnudar una realidad que, aunque marginal e invisible, es más cercana de lo que creemos. Sus frases suscitan un interés que va del morbo a la preocupación, y que destapan una caja profunda llena de temas de debate: la olvidada recuperación de los adictos, la criminalización de las víctimas, los hechos de inseguridad derivados del narcotráfico, el sí o el no al prohibicionismo y el rol que juega el Estado en todo este esquema.

¿Será mejor legalizar las drogas y controlar su inocuidad como un tema de salud pública? ¿Hay que atacar al narcotráfico desde los adictos, desde los transas de menudeo o desde los búnkeres más grandes? ¿No quedan afuera la política, la corrupción y la desidia? ¿No nos hemos olvidado un poco de esas familias extenuadas de luchar contra un monstruo demasiado grande?

Quizás nos duela ver un manotazo desesperado de las autoridades cuando las drogas los ahogan, pero es la forma de reconocer un problema y empezar a debatir soluciones integrales. Quizás lo que nos duele es que hoy, por primera vez y para adelante, abrimos los ojos.

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