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Aguantando en la trinchera y a la espera de que el embate pase, mientras se define un plan que incluya medidas. Cada tanto, con alguna respuesta contra el fuego enemigo, y aún el amigo. Ese sería el resumen de la semana de Alberto, nuestro presidente, en medio de la incertidumbre de todo un país, la escalada histórica del dólar blue (ese que compran y venden vaya a saber quién) y un mundo que tampoco está muy quieto.
Sentí, y creo que podrá coincidir conmigo, que pasamos una semana complicada si es que uno piensa en el futuro, y de que aún resta un largo año para las elecciones presidenciales, esas en las que tanto especulan, principalmente en la arena política y en los grandes popes de la economía nacional.
Mientras Alberto dice querer ser “el Presidente del mejor país del mundo”, y que en esa convicción “no me van a torcer el brazo”, los números parecen ir por el carril contrario, principalmente el peso argentino, una moneda obsoleta, devaluada y que cada vez alcanza menos a la hora de ir al súper, al kiosco de la esquina, y ni hablar de ahorrar.
En esa desesperación por salvar la moneda que tanto cuesta conseguir mes a mes, para los asalariados, o a diario, para los que trabajan en la triste informalidad, es que las compras de productos y/o bienes fue una imagen que se repitió. Y no es que hablamos de autos o terrenos, hablamos de zapatillas, televisores, aceite o el tan mentado papel higiénico.
No tener certeza, ni un plan (supuestamente este domingo o mañana habría anuncios), dispara sensaciones encontradas y la trinchera no parece un lugar seguro. Están los que hablan de dejar la sangre en las calles (Juan Grabois) o los que llaman a defender la Patria (Aldo Rico), y todos los extremos son malos, muy malos.