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Es un símbolo de la industria nacional. La unidad 494.209 salió en 1991, después de tres décadas de producción. Ese ejemplar tuvo un destino único.
El Ford Falcon es mucho más que un auto: es un símbolo rodante de la industria nacional y de la vida cotidiana de varias generaciones de argentinos. Treinta y tantos años después de que el último ejemplar saliera de la línea de montaje de Planta Pacheco, la historia de esa unidad final -la número 494.209- sigue despertando curiosidad y nostalgia.
Detrás de aquel adiós hubo un operativo emotivo. El 10 de septiembre de 1991 la estructura de Autolatina (hoy Ford Argentina) detuvo su rutina para construir el ejemplar definitivo, un Falcon GL Std 3.0 que se fabricó en apenas ocho días, entre carteles que lo llamaban “El Inmortal” y aplausos espontáneos de los operarios que habían convivido con el modelo durante tres décadas.
Para dimensionar la despedida alcanza con repasar una postal: cada sector por el que pasaba el auto frenaba sus tareas para rendirle honores. Sobre el parabrisas le pegaron leyendas afectuosas (“Entraste en tu recta final…”) y, a modo de tributo, los empleados anotaban mensajes en la carrocería recién pintada como “Por tu nobleza y fortaleza, por haber sido el Ford T de los últimos 30 años, gracias” y el pícaro “Chau Chivo; yo también me voy”. Fue el último acto de cariño hacia un vehículo que, desde 1963, había sido taxi, patrullero, auto familiar, máquina de competición y hasta protagonista de la cultura popular.
El cierre de producción no terminó con una simple foto de despedida. La compañía decidió sortear la unidad entre los 6.000 trabajadores de Autolatina. La suerte recayó en Emilio Félix Pogliotto —un cordobés de 30 años que llevaba apenas 12 meses en Transax, la fábrica de transmisiones que hoy es el Centro Industrial Córdoba de Volkswagen Argentina—, quien se llevó el auto a su provincia natal. Desde entonces, aquel Falcon quedó -y permanece- en manos privadas, convertido en pieza de colección rodante y cuidado con el esmero que merece un pedazo de historia.
A diferencia de otros clásicos que terminan encerrados en un garaje, el “Falcon Nº 494.209” siguió rodando con dignidad y se mantuvo prácticamente original, sin restauraciones invasivas. La filosofía de Pogliotto siempre fue sencilla sobre su tesoro: “Los autos están hechos para andar”. Por eso, en sus fotos el auto siempre lució impecable, pero con la pátina justa de quien recorrió rutas y avenidas sin perder la esencia de fábrica.
"Pensé que el Falcon estaría en mi poder para siempre y seguramente si lo vendo más de una lágrima se me va a caer, porque llegó en un momento muy especial de mi vida y le debo grandes satisfacciones. Hace poco sufrí un problema de salud y estas cosas te cambian los pensamientos. Si se me da la oportunidad, quiero hacer otras cosas, porque cuando te vas no te llevas nada. Únicamente lo que vivís", contó Pagliotto en diciembre de 2009, cuando lo puso en venta en una plataforma digital. En aquel momento pedía 30.000 dólares. Poco se supo luego de los rastros del último Falcon, solo que según la información del Registro de Propiedad Automotor sigue radicado en Córdoba.
Lo que convierte a esta historia en “increíble” no es sólo la supervivencia del vehículo, sino la conexión emocional que activa entre generaciones: abuelos que enseñaron a manejar en un Falcon, padres que viajaron con media casa sobre el techo rumbo a la Costa, jóvenes que recién lo descubren en redes sociales como ícono retro. El destino del último Falcon, entonces, no es un garaje climatizado, sino la memoria colectiva de un país que lo sigue celebrando.
El Ford Falcon no fue un mero modelo de transición, sino un verdadero “caballo de batalla” nacional. Su robustez, la sencillez mecánica y la producción local lo convirtieron en testigo de la Argentina de los últimos 60 años. Que su última unidad todavía circule confirma que el legado industrial trasciende líneas de montaje y planillas de costos: late en la vida real de sus usuarios.
La comunidad fierrera sueña con ver aquel Falcon en una exhibición permanente que permita a las nuevas generaciones apreciar su valor patrimonial. Mientras tanto, seguirá sumando anécdotas y validando, una vez más, el apodo que le puso su propia gente de fábrica: “El Inmortal”.