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Buscar la verdad 20 años después del triple crimen

El hecho conmocionó y fue un antes y un después en Cipolletti.

Katia Giacinti

Alberto Rivero

acipolletti@lmneuquen.com.ar

Cipolletti

Noviembre es un mes de memoria para todos los cipoleños. El recuerdo de Paula, María Emilia y Verónica aún estremece la piel de los vecinos y provoca una profunda desazón en sus corazones. Ya pasaron 20 años de aquel trágico domingo en el que las chicas salieron a caminar y nunca más volvieron. Ya pasaron 20 años del primer triple crimen. A pesar del tiempo y de la impunidad, todos mantienen la esperanza de saber qué pasó, quiénes fueron los asesinos, para que por fin se haga justicia.

La tarde del 9 de noviembre de 1997 las hermanas Paula, de 17 años, y María Emilia González, de 24 y mamá de una nena de 2 años y medio, y su amiga Verónica Villar, de 22, salieron a caminar luego de una jornada de estudio y ocio. También invitaron a otra joven, pasaron a buscarla en un Renault 9 por su casa en el barrio Magíster, pero no estaba. Dejaron el auto estacionado allí y emprendieron su camino por la calle San Luis.

Lo que esperaban que fuera una tarde de relajación se convirtió en un infierno. En el cruce de Circunvalación y San Luis fue la última vez que las vieron con vida.

Caía la noche, las chicas no habían regresado y la preocupación era cada vez mayor. La familia se acercó a radicar la denuncia en la Comisaría 69 -ahora 32- del barrio La Paz, pero no se la recibieron. Tenían que estar desaparecidas más de 48 horas para que la Policía comenzara la búsqueda.

Ante el desprecio, familiares y amigos organizaron salidas grupales para encontrarlas. “Espero lo peor”, expresó entonces con preocupación el papá de Verónica, Juan Villar.

Hallazgo

La tarde del lunes comenzaron los primeros rastrillajes por la zona norte, sin resultados.

Dante Caballero, vecino y conductor de un transporte escolar, salió con su ovejero alemán Ámbar. La perra olfateó el cuerpo de Verónica, que estaba semienterrado boca abajo en la zona de Los Olivillos, a un kilómetro de Circunvalación por las vías del ferrocarril. A pocos metros estaban también los cuerpos de Paula y María Emilia.

La noticia sacudió a Cipolletti, la “ciudad para vivir” se había convertido en escenario de un macabro asesinato. Autoridades nacionales cancelaron sus agendas para instalarse en la región y seguir de cerca el caso. Sin embargo, la Justicia actuó de manera lenta y errónea desde el comienzo.

Paula, la menor, tenía dos disparos -uno en la sien y otro en la espalda- y su hermana María Emilia, uno en la cabeza. Verónica tuvo una muerte lenta y dolorosa, las pericias determinaron que tenía una puñalada en el cuello y que se ahogó con su propia sangre.

Todas estaban atadas con cordones de zapatillas, amordazadas y tenían un sinfín de marcas de golpes en todo el cuerpo. Una apresurada conclusión señaló que habían sido violadas en reiteradas ocasiones, pero tiempo después se confirmó que ninguna había sido víctima de abuso sexual.

Las víctimas

Jóvenes, alegres y llenas de sueños

Paula Micaela González

Tenía 17 años. Sus amigas y familiares la describieron como una persona con carácter fuerte, diferente, distante pero dulce, frágil por fuera pero apasionada por dentro. Su mayor sueño era adentrarse en el mundo del cine.

María Emilia González

Tenía 24 años y era mamá de una nena de 2 años y medio, Agustina. Estudiaba para ser maestra jardinera. También la describieron como una persona de carácter fuerte pero llena de amor.

Verónica Villar

Tenía 22 años y estudiaba Agronomía. Era fanática de San Lorenzo y su mamá, Ofelia Villar, asegura que era alegre y que amaba la música y andar en bici. “Cuando estaban las tres juntas eran puras risas”, contó.

“Me hubiese gustado conocer más a mi mamá”

Cipolletti

Agustina Bonetti, hija de María Emilia González, una de las víctimas del triple crimen, tenía 2 años y medio cuando asesinaron a su mamá y, a pesar de su corta edad, los recuerdos sobre lo qué pasó en su casa el día que encontraron a las chicas sin vida continúan intactos.

Hoy asegura que creció bajo la sombra del triple crimen, pero no piensa permitir que la destruya como a sus abuelos.

“Todos corrían y lloraban. En un momento entré a la habitación de mi abuela (Susana Guareschi) y la vi muy mal. Mi papá me llevó al patio y me dijo que mi mamá no iba a volver más, intentó decírmelo de la manera más dulce, pero igual yo no entendía nada. A medida que fui creciendo era testigo de cómo mi abuelo (Ulises González) corría de un lado para otro porque era él quien estaba al frente de todo, mi abuela se dedicó a criarme”, recordó la joven, que hoy tiene 22 años.

“Fue difícil saber que nadie hizo nada, ni la Policía, ni la Justicia, y que el juez avaló todos los errores que se cometieron. Mi mamá tenía muchos sueños, siempre se hizo cargo de todo y la verdad es que me hubiese gustado conocerla más, pero me la arrebataron”, se lamentó Agustina.

La investigación fue un desastre: hay un solo condenado

Cipolletti

La Policía apuntó contra dos perejiles, Hilario Sepúlveda y Horacio Huenchumir. Estuvieron procesados 10 días y fueron liberados por falta de pruebas, aunque se hizo de todo para declararlos culpables.

Desde Buenos Aires llegaron dos perras pointer para agilizar la investigación. Ambas tomaron caminos diferentes pero se encontraron en el mismo lugar: las vías del ferrocarril. El único testigo de las irregularidades del accionar policial, Carlos Aravena, apareció degollado un año después.

En 1998 entró en escena Claudio Kielmasz, de 27 años, quien se comunicó con el padre de las hermanas González, Ulises, para decirle dónde se encontraba el arma. Pasó de ser testigo a imputado porque el arma era de su madre. Dio seis versiones diferentes de lo sucedido y aún hoy no se sabe cuál fue la verdadera. “No pienso decir quién mató a las chicas”, declaró durante una audiencia.

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