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Por Sofía Sandoval - ssandoval@lmneuquen.com.ar
En los febreros alemanes la temperatura máxima araña apenas los 7 grados centígrados. Falta ese sol que abriga el carnaval en el hemisferio sur, pero no el espíritu de alegría que se imprime como una fiesta alrededor del mundo y que llega también a la ciudad de Colonia, donde el clima de algarabía parece borrar, al menos por cinco días, el frío inhóspito del invierno.
Al carnaval de Colonia, en Alemania, lo llaman la quinta estación. Durante cinco jornadas de fiesta, pareciera que el invierno se toma un descanso en esas tierras germanas y que el calor llega nuevamente a través de los bailes callejeros, de las sonrisas de los extraños, del humor de los diarios y del alcohol que abriga los estómagos de sus asistentes.
De bar en bar, con una cerveza Kölsch en la mano, nadie quiere perderse uno de los eventos culturales más famosos de ese país, una actividad que, desde hace años, rompe también con las estructuras de género e iguala, al menos por un día, a los hombres con las mujeres.
El carnaval es tan esperado por los coloneses que éstos empiezan a palpitarlo en noviembre. El día 11 de ese mes, a las 11.11 de la mañana, miles de vecinos se reúnen en el Alter Markt para declarar el inicio oficial de la fiesta. El clima ya parece cambiar, aunque el verdadero calor del carnaval se vivirá en febrero, desde ese jueves y hasta el miércoles de ceniza, cuando la fiesta termine y el invierno regrese junto a la seriedad de la vida cotidiana.
Durante el evento, se designa a tres personas que serán referentes de esa edición. El famoso triunvirato está compuesto por la virgen, el príncipe y el campesino (die “Jungfrau”, der “Prinz” y der “Bauer”), que pagan cuantiosas sumas de dinero para acceder a esos títulos. A lo largo de las actividades, el príncipe se convertirá en la máxima autoridad de las celebraciones populares.
Para muchos, lo mejor de los festejos no son los desfiles ni las grandes carrozas. No es el color de los trajes, que pasan de generación en generación para llenar las calles de la ciudad con gorros y lazos de los tonos más alegres. Lo mejor pasa el primer día oficial de carnaval, los jueves conocidos como Weiberfastnacht, o el día de las mujeres.
Para dar inicio a las actividades, las mujeres se convierten en las dueñas de las calles. Reciben las llaves de la ciudad de manos del alcalde y, en una longeva tradición, salen armadas de tijeras para cortar las corbatas de los hombres que se les crucen por el camino. Ellas inician su reinado desde la mañana, cuando llegan disfrazadas a sus trabajos y se imponen sobre sus compañeros.
Por un día, en esa fiesta centenaria que se basa en jugar roles, las mujeres asumen el mando. Y su juego parece cobrar más relevancia en la actualidad, cuando pareciera que su humorada cortando corbatas para desafiar al poder establecido se contagió a un verdadero cuestionamiento que se desperdiga fuera de las fronteras de Colonia, en momentos en los que las mujeres reclaman el lugar que les corresponde en todas las latitudes del mundo.
Para los miles de turistas que llegan a vivir en carne propia el carnaval de Colonia, la actitud entre bromista y beligerante de las mujeres es, al menos, llamativa. Y muchos la explican como el deseo de castración expresado en el corte de una tela. Pero los expertos tienen otra explicación.
Wolfgang Herborn, investigador del instituto de historia de Renania, argumenta que la corbata es un símbolo de estatus y cortarla representa igualdad. "Durante el carnaval todos son iguales", dice. Las máscaras que ocultan los rostros y los gorros coloridos que uniforman a los coloneses en una explosión de tonos primaverales parecen confirmarlo: todos son un pueblo homogéneo sin distinciones de género ni clase social.
Lejos de molestarse, los hombres toman el corte de sus accesorios de vestir como una parte constitutiva de los festejos. Se calcula que unas 200 mil corbatas se cortan cada año durante el jueves de carnaval, por lo que los locales aconsejan a todos que lleven sus ejemplares más antiguos, aquellos que tenían previsto desechar, ya que es muy difícil que sobrevivan al Weiberfastnacht.
La explosión de la fiesta es tan elocuente que se cuela en todas las calles de la ciudad, y son pocos los alemanes que asisten a sus trabajos durante ese día. Prefieren, en cambio, reunirse en la plaza principal de la ciudad para celebrar los días de fiesta, que se erigen en la tradición cristiana como el relajo previo a la cuaresma que antecede a la Pascua de resurrección.
“¡Kölle alaaf!”, se saludan los asistentes en Kölsch, en una frase que se traduce como “Colonia es de todos” ya que, al menos por cinco días, todos los habitantes comparten la ciudad como si se tratara de un único salón de fiestas para las multitudes. Después del día de las mujeres llegarán las juergas que copan cada esquina, los paseos por los bares, la presencia de los bufones y los desfiles de carrozas del Rosenmontag o “lunes de rosas”, en los que llueven caramelos para la población. Turistas y coloneses llevan bolsas para recolectar los dulces, porque se estima que ese día se arrojan unas 140 toneladas.
Aunque en toda la geografía alemana se celebra el carnaval con mucho ímpetu, fueron los coloneses los que lograron convertir su tradición en un verdadero atractivo turístico, con cinco jornadas de alegría que logran derrotar el frío del invierno europeo. Y aunque aún es un príncipe de fantasía el que lidera las actividades, existe un día al año en que las mujeres reinan. Y es esa alegre tradición la que sembró la semilla de la igualdad que se sostiene, cada vez más, en el resto de los días del calendario.