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Un hombre de 33 años fue condenado a prisión perpetua por el femicidio de su pareja, Nayara Agostina Ibarbia Contín (17), quien murió a raíz de las graves lesiones que sufrió cuando él chocó intencionalmente su auto en abril de 2017 en la localidad cordobesa de Monte Maíz. En aquel momento, la mujer le había indicado que quería finalizar la relación.
“El auto en este caso fue un arma”, explicó la abogada de la familia de la víctima tras conocerse la decisión del jurado popular de declarar culpable a Gustavo Villarreal.
En principio, argumentaron que el agresor era culpable por el delito de “homicidio doblemente agravado por el vínculo y por mediar violencia de género”, y recibió el lunes la pena de prisión perpetua dictada por la Cámara de la Cámara del Crimen de la ciudad cordobesa de Bell Ville.
Villarreal llegó al juicio detenido en la cárcel de Villa María y estaba ahí hace tres años. Para la abogada de la madre de la víctima, María Eugenia Fernández, “los mensajes de WhatsApp, los testimonios, los peritajes tanto psicológicos como mecánicos fueron pruebas objetivas contundentes”.
Inicialmente, fue imputado por homicidio culposo, producto de un siniestro vial. Pero la fiscal de instrucción de Bell Ville, Isabel Reyna, profundizó la investigación y en mayo de 2020 dispuso su detención, acusándolo de homicidio agravado por el vínculo y violencia de género en concurso ideal. La causa cambió de carátula por la insistencia de la familia de la joven y por el trabajo de la fiscal.
Los testimonios de algunos conocidos que se acercaron después del choque y les contaron a los padres que él era “violento” fue lo que llevó a la familia a pedir que se investigara más el hecho.
El 26 de abril, a la noche, Nayara se había bañado para ir a la casa de una tía. Su madre recuerda que el teléfono celular le sonaba insistentemente y ella no lo atendía.
Minutos después, empezaron a escucharse “bocinazos” en la puerta y la joven salió. Testimonios posteriores al choque revelaron que durante 90 minutos Villarreal “manejó como un loco” por el pueblo, “a toda velocidad, sin respetar semáforos ni lomadas. Era una noche fría, no andaba nadie”.
Cerca de medianoche les avisaron a los Ibarbia, que su hija había tenido un accidente. El Fiat Uno blanco se había incrustado en la parte trasera de un camión estacionado, iluminado a pleno por el alumbrado público de Monte Maíz, pequeño poblado situado a 300 kilómetros de la capital provincial. La adolescente estaba herida de gravedad. Murió días después. Su novio estaba internado en el mismo establecimiento, pero nunca habló con la familia.