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Cómo fuimos contando Malvinas a lo largo de los años

Los 40 años de la gesta de Malvinas son una oportunidad para la reflexión sobre cómo hemos contado lo sucedido a quienes nacieron hace 10 ó 20 años.

Por Mario Flores Monje

Los 40 años de la gesta de Malvinas son una oportunidad para la reflexión sobre cómo hemos contado lo sucedido a quienes nacieron hace 10 ó 20 años. He aquí una posible síntesis de aquellos tiempos de algarabía democrática, crisis económica y bronca hacia las Fuerzas Armadas.

Hoy las bombas rusas matan a la vez que estallan en las redes sociales de los ciudadanos ucranianos y los periodistas de todo el mundo. Malvinas, en cambio, fue comunicada mayormente por profesionales, en diferido. “Las tapas” de los grandes medios del momento contaron lo que sucedía a través del filtro castrense con uno o dos días de retraso.

Esta centralidad nacional invisibilizó otras grandes historias locales como, por ejemplo, la llegada de los restos de Néstor Águila a Neuquén -casi ningún caído yace en el continente-. Posteriormente, las crónicas de la posguerra fueron largamente transpiradas por los veteranos y sus relatos son más o menos críticos según se trate de soldados, oficiales o suboficiales, del Ejército, la Marina o la Aviación.

Impensadamente, la cobertura internacional de la guerra sirvió para visibilizar a los desaparecidos. De hecho, la causa tomó un nuevo impulso cuando un grupo de exiliados vio en diarios extranjeros que Gustavo Niño, el supuesto hermano de un desaparecido, era en realidad Alfredo Astiz rindiéndose en las Islas Georgias.

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"Todo fue tan difícil de procesar que hoy resulta casi imposible hablar de Malvinas sin pasar por la guerra o la dictadura", explica Mario Flores Monje.

Otra cuestión a remarcar es la incuestionada juventud de los combatientes. Una abarrotada Plaza de Mayo fue la cabal demostración del apoyo popular que tenían, apoyo que se convirtió en abandono tras la derrota cuando esa juventud empezó a compararse con la experiencia británica, como si el fracaso fuese propiedad exclusiva de esos traumados jóvenes a los que se llamó despectivamente “chicos”. Pronto el desamparo socio-gubernamental, según estimaciones no oficiales, alimentó un número de suicidios que supera al de caídos. Lo que no se dijo es que el promedio de edad de los soldados de ambas fuerzas era el mismo. A veces los veteranos alcanzaron primero el reconocimiento británico antes que el local.

A veces los veteranos alcanzaron primero el reconocimiento británico antes que el local.

Las mismas fuerzas armadas que habían ocupado a sangre y represión un país entero se proponían “liberar del colonialismo” al cono sur. Todo fue tan difícil de procesar que hoy resulta casi imposible hablar de Malvinas sin pasar por la guerra o la dictadura. Los diferentes modelos de cenotafio construidos a lo largo del país ejemplifican la incomodidad que nos genera el binomio “reclamo soberano-guerra”.

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Ese “guión” tan ligado a lo masculino y a lo castrense borró también la participación femenina o civil. Los últimos en ser reconocidos como veteranos de guerra fueron algunos miembros de la marina mercante y posteriormente las mujeres militares cuya voz fue conocida hace poco.

Todo sugiere que la guerra no habría sido el primer plan de la dictadura sino más bien una subestimada consecuencia. La pregunta, entre tantas que el relato no responde es ¿Por qué se minimizó la muerte? En los años previos a 1982 puede estar la respuesta.

(*) Mario Flores Monje es licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales e hijo de Mario Flores, tripulante del Crucero General Belgrano que fue bombardeado por los ingleses durante la Guerra de Malvinas. Actualmente integra la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas de Neuquén.

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