- INT-HOSPITAL/SALA DE RAYOS X-DÍA
Regan es trasladada en una camilla hacia una máquina de rayos X. Junto a la misma, vemos a un médico, una enfermera y un técnico radiólogo.
- TÉCNICO RADIÓLOGO:
Regan, ¿te podés sentar y pasarte para acá?
Regan obedece y se pasa hacia la cama de la máquina.
- TÉCNICO RADIÓLOGO:
Un poco más.
Regan termina de pasarse del todo y vuelve a acostarse. El técnico radiólogo se dirige hacia un extremo y presiona un botón. Al hacerlo, la cama comienza a moverse hacia adelante.
- TÉCNICO RADIÓLOGO:
Regan, ahora voy a bajarte, ¿ok?
La cama comienza a descender, mientras la enfermera le coloca en un brazo un tensiómetro. Cuando alcanza la posición final, la enfermera toma de la espalda a Regan y la sienta, mientras el técnico radiólogo coloca una tela de goma perforada.
- TÉCNICO RADIÓLOGO:
Va a ser solo un ratito.
La enfermera recuesta a Regan sobre la tela y el técnico radiólogo baja un poco su camisolín, descubriéndole los hombros.
- ENFERMERA:
Lo estás haciendo bien.
La enfermera y el técnico radiólogo colocan unas sopapas en los hombros de Regan.
- TÉCNICO RADIÓLOGO:
Son muy pegajosas...
El médico se acerca y moja una gasa con líquido anticéptico.
- MÉDICO:
Ahora Regan vas a sentir algo un poco frío y húmedo.
El médico rota la gasa en el cuello de Regan, manchándolo con el anticéptico. Luego, prepara una jeringa de gran tamaño y se acerca con ella, mientras su mamá Chris y el Dr. Klein observan el procedimiento detrás del vidrio de una ventana.
- MÉDICO:
Ok, ahora vas a sentir un pequeño pinchazo. No te muevas.
El médico clava la aguja en el cuello de Regan, que hace una mueca y gime de dolor.
- MÉDICO:
Bien.
Ahora, el médico toma otra aguja y la acerca al diminuto agujero que dejó en el cuello de Regan con la jeringa.
- MÉDICO:
Ok, ahora vas a sentir algo de presión acá. No te muevas.
La aguja es introducida en el pequeño agujero y Regan gime más fuerte de dolor, mientras su madre sufre por ella del otro lado del vidrio. Luego, el médico remueve una pequeña tapa del otro extremo de la aguja y un chorro de sangre sale despedido, manchando la sábana con la que la chica está cubierta. Acto seguido, coloca en ese extremo un tubo de plástico por el cual la sangre comienza a correr. El técnico radiólogo pega una cinta adhesiva en el mentón de la paciente, sujetando su cabeza para que no se mueva. De inmediato, prepara la máquina de rayos X, la cual dispone arriba de su cara. Una luz proveniente del aparato la ilumina y el mismo comienza a trabajar. Regan, con los ojos bien cerrados, solloza de miedo y dolor.
A principios de 1973, el director de cine William Friedkin, junto a un equipo técnico y un reparto a su cargo, se instaló durante dos fines de semana consecutivos en el departamento de radiología del Centro Médico de la Universidad de Nueva York. Allí, filmaría una de las primeras escenas del plan de rodaje de la que sería su nueva película, tras la exitosísima Contacto en Francia (The French Connection, 1971). El realizador quería que los espectadores vivieran lo que siente Chris, el personaje interpretado por Ellen Burstyn, al ver a su hija Regan (Linda Blair) siendo sometida a un procedimiento médico tan invasivo. Y sabía que, para lograrlo, necesitaba representar ese momento de la manera más realista posible. Lo que no se esperaba era que tal escena se convirtiera en una de las más perturbadoras de El Exorcista (The Exorcist, 1973). Y mucho menos lo que iba a ocurrir con uno de sus principales involucrados.
Pocos meses antes, en plena etapa de pre-producción del futuro clásico cinematográfico, Friedkin visitó el mencionado nosocomio en busca de referencias. Allí conoció al neurocirujano Barton Lane. El director le contó al médico que quería ver de cerca algún procedimiento que pudiera utilizar en su film, justamente para la escena 45 del guión, en la que a Regan se le practica un exhaustivo estudio cerebral para indagar si presenta algún tipo de trauma o condición que permitiera explicar su errático comportamiento (que luego se revela como producto de una posesión demoníaca). Gentilmente, el Dr. Lane invitó al cineasta a que observara cómo llevaba adelante una angiografía cerebral. Al ver la sangre emanando de la carótida del paciente intervenido por Lane, Friedkin se convenció de que aquella era la imagen impactante que necesitaba para su película. Y no solo eso: decidió, también, que el mismo médico y sus ayudantes fueran los actores que acompañarían a Blair frente a cámara.
Uno de ellos era un técnico radiólogo llamado Paul Bateson, a quien todos en el hospital neoyorquino querían y respetaban. “Era un tipo joven muy agradable. Me acuerdo que usaba un brazalete de cuero con tachas y un aro, que en 1972 no era algo común de usar en un lugar de trabajo”, rememoraría el realizador en 2018. “Fue el mejor técnico con el que jamás trabajé”, recordaría el Dr. Lane ese mismo año. Pero la historia de aquel hombre de voz amable que el mundo conocería como uno de los extras del momento no sobrenatural más crudo de El Exorcista cambiaría radicalmente poco después.
El 14 de septiembre de 1977, Addison Verrill, un crítico de cine que escribía para el semanario estadounidense Variety, fue encontrado muerto en Nueva York. Había sido asesinado a golpes y puñaladas en su propio departamento, pero no había evidencia de que nadie hubiese irrumpido de manera violenta. La puerta y la cerradura estaban intactas, a la vez que, en la escena del crimen, se encontraron varias latas de cerveza vacías y vasos de distintas bebidas alcohólicas a medio tomar. Daba la sensación de que el asesino había sido un invitado de la víctima. De cualquier manera, la Policía manejaba una única hipótesis: el homicidio era consecuencia de un robo que había salido mal. A pesar de que muchos objetos de valor no habían sido sustraídos del domicilio, al fallecido le faltaba la tarjeta de crédito, el pasaporte y algunas prendas de vestir de su guardarropa. Eso era suficiente, según los investigadores, para avalar su teoría.
Quien no tardó en rechazar la versión policial de los hechos fue un amigo de Verrill: el periodista Arthur Bell, del diario The Village Voice. Luego de conocer la noticia e investigar los detalles del caso, Bell acusó a las autoridades de menospreciar y no tratar con la debida seriedad a los crímenes cometidos contra las personas gay, tal cual lo era Verrill y él mismo. En su artículo, el cronista alertaba sobre la creciente ola de asesinatos de hombres homosexuales que se vivía en la Gran Manzana, así como también sobre el escaso interés que despertaba en la opinión pública. A su vez, señalaba que la Policía estaba al tanto de que Verrill había sido visto horas antes de su muerte en el Mineshaft, un local gay sadomasoquista del cual era habitué, como también lo era del Anvil y otros “leather bars” (NdR: así se apodaba a aquellos antros, debido a que sus clientes solían vestir atuendos de cuero). Por último, advertía que su asesino tranquilamente podía haber sido un amante ocasional de conductas violentas y hasta psicopáticas.
El 22 de septiembre de ese mismo año, el periodista recibió una llamada telefónica.
-¿La que aparece en la página 23 de The Voice es una foto tuya?-, le preguntó una voz masculina desconocida, haciendo alusión a la nota (ya mencionada) que había escrito.
-No. Ese era Addison Verrill.
-No se parece a Addison Verrill. Yo maté a Addison.
-Ahh... ¿Y cómo era entonces Addison?
-Más lindo que eso... Mirá, me gustó tu nota y me gusta cómo escribís. Pero quería decirte que no soy un psicópata.
Escuchar lo que le decía aquel hombre anónimo le heló la sangre, pero de todas maneras continuó charlando con él. Si realmente era el homicida, quería saber todo lo que había hecho con su colega. Cómo y por qué lo había hecho. Y aquel tipo quería hablar. Le contó que había conocido a Verrill la noche anterior a su muerte en Badlands, otro bar gay de Nueva York. Allí “pegaron onda” y se la pasaron tomando tragos y consumiendo cocaína y marihuana hasta las 3 de la mañana. De ahí se fueron al Mineshaft, donde el fallecido periodista había sido visto por los distintos testigos que Arthur había consultado para su artículo. Allí siguieron de fiesta hasta las 5 AM, cuando se tomaron un taxi rumbo al departamento de Verrill, donde tuvieron sexo y continuaron consumiendo drogas y alcohol.
“Entonces algo me chocó”, le reveló el desconocido a Bell, quien, luego, “vomitó” todo: “Addison no había tenido una actitud recíproca conmigo. Tanto en lo sexual como en lo espiritual. Yo quería algo que durara, algo que fuera más allá del sexo. Algo que derivara en una amistad, un amor, un matrimonio... No sé exactamente por qué lo hice. Lo atribuyo a mi alcoholismo; hay un estigma que tenemos todos los alcohólicos. Pero lo que sí sé es que necesitaba dinero y que odié su rechazo. Fue el rechazo lo que disparó las cosas. Algo resonó en mi cabeza, y decidí hacer lo que nunca había hecho antes. Así que agarré una sartén pesada de la cocina y noqueé a Addison con ella. Después fui a uno de los cajones, saqué un cuchillo y se lo clavé en el pecho”.
Antes de cortar la comunicación, el presunto asesino dio algunos detalles que, luego, serían claves. Por un lado, dijo que había sacado de la billetera de Verrill 57 dólares y su MasterCard, un dato que los investigadores conocían pero que no habían hecho público. También, le dijo en un momento que el piso del departamento estaba lleno de Crisco, una marca estadounidense de grasa alimentaria que muchos en esa época usaban como lubricante y que los detectives habían visto en la escena del crimen pero que no habían podido identificar. Y, por último, le comentó que no quería entregarse porque, si lo hacía, iba a perder su “licencia”.
Cuando Bell dio aviso a la Policía, los oficiales con quienes habló no solo le aseguraron que lo protegerían ante cualquier amenaza o ataque, sino que le pidieron que estuviese atento. Estaban seguros que, pronto, recibiría otro llamado. Y tenían razón.
Esa misma noche, el teléfono volvió a sonar y el periodista atendió. Del otro lado de la línea, se escuchaba la voz de un hombre, pero no era la misma que la de antes. Dijo que se llamaba Mitch y le contó que el asesino del crítico de cine era un técnico radiólogo desempleado, de nombre Paul Bateson. También le contó que lo había conocido cuando ambos estaban en rehabilitación en el Hospital St. Vincent, y que ese mismo día lo había llamado y le había confesado el crimen. El misterioso sujeto cortó y Arthur volvió a comunicarse con las autoridades.
Cuando los policías llegaron a su casa, Bateson estaba acostado en el sillón, totalmente borracho. Los agentes le preguntaron si sabía por qué habían venido a buscarlo, y él les señaló la página de un diario que estaba tirado en el suelo. “Probablemente por eso”, les dijo a los oficiales, mientras su dedo índice apuntaba hacia el primer artículo escrito por Bell sobre el asesinato de Addison Verrill.
Fueron las entrevistas que concedió Bateson desde que fue arrestado en 1977 hasta que fue juzgado en 1979 las que terminaron de convertirlo en un mito. La primera de ellas se la dio, otra vez, a Arthur Bell, quien por fin pudo conocerlo en persona cuando lo visitó en la cárcel de Rikers Island. Durante el reportaje, el ex radiólogo reveló su pasado en el ejército y su longeva lucha contra el alcoholismo, adicción que lo llevó a perder su trabajo y a tener que subsistir como pudiera, siendo el puesto de acomodador en un cine porno gay de Manhattan uno de sus últimos empleos. También, recordó su participación en El Exorcista, la cual consideraba “una especie de venganza tardía” contra su padre, quien no lo dejaba ir “a las matinés de los sábados” y lo obligaba a quedarse “en casa escuchando ópera en la radio”. Pero lo más importante que le dijo al periodista fue que él, a pesar de la confesión de puño y letra que le había entregado a las autoridades, era un hombre inocente. Tanto en relación al crimen de Verrill como a los asesinatos en serie que querían adjudicarle.
Al momento en que Bateson fue detenido, la Policía de Nueva York venía investigando los crímenes de seis hombres, los cuales, sospechaban, habrían sido cometidos por la misma persona. El modus operandi era idéntico en todos ellos: se trataba de hombres gay descuartizados, que vestían ropas y accesorios de cuero, cuyas extremidades fueron hayadas dentro de bolsas de plástico flotando en el Río Hudson. Según pudo conocerse luego en el juicio, los investigadores estaban convencidos de que él era el “serial killer” que estaban buscando, por distintas y presuntas razones. Una de ellas era la precisión con la que los cuerpos habían sido desmembrados, pericia para la que se requería ser un carnicero o tener ciertos conocimientos médicos. Otra, jamás confirmada, era que las bolsas que contenían las partes de los cadáveres supuestamente llevaban las siglas del Centro Médico de la Universidad de Nueva York. Otra más era el hecho de que los homicidios se habían detenido una vez que Bateson fue apresado. Y la última y más importante para ellos: el testimonio de un amigo suyo llamado Richard Ryan (el verdadero nombre detrás de “Mitch”), quien no solo declaró en el juicio que Bateson le había confesado el crimen de Verrill, sino también que había asesinado a otras personas. “Él le dijo al señor Ryan que matar era fácil, que lo difícil era deshacerse de los cuerpos. Él dijo que descuartizó a sus víctimas y puso las partes en bolsas de plástico para descartarlas”, señaló el fiscal del caso, William Hoyt.
Cuando William Friedkin leyó en un diario las acusaciones que pesaban contra Bateson quedó en shock. No podía creer que ese muchacho tan amable, que había actuado tan bien en su film más exitoso, hubiera sido capaz de quitarle la vida a aquel famoso crítico cinematográfico. ¡Mucho menos que fuera el principal sospechoso de los llamados “crímenes de las bolsas del Río Hudson”! Tanta fue su sorpresa, y mayor su interés y morbo, que quiso hablar cara a cara con aquel presunto asesino serial a quien había conocido unos pocos años antes. Y así lo hizo.
Como contó el propio Friedkin al podcast “It Happened in Hollywood” de The Hollywod Reporter: “Lo vi en la tapa del New York Post y en la del Daily News, acusado de cinco o seis asesinatos. Y eran asesinatos vinculados a los bares gay sadomasoquistas de la zona oeste de Manhattan. Leí la noticia y vi el nombre de su abogado, así que lo llamé. Le dije quién era y le pregunté si podía visitar a Paul. Me dijo que sí, pero que, obviamente, tenía que ir a la prisión de Rikers Island. Pasé como por ocho capas de burocracia hasta que, por fin, pude estar dentro de su celda, cara a cara con él. Lo sentí alegre durante nuestra charla, en la que me dijo: 'Me acuerdo de haber matado a este tipo (NdR: Addison Verrill). Lo descuarticé y puse las partes de su cuerpo en una bolsa de plástico que tiré en el East River. Ese es el único que recuerdo, pero quieren que confiese que maté a otros cinco o seis'. Le pregunté qué iba a hacer, y me respondió: 'Bueno, lo estoy pensando, porque si confieso haber sido quien los mató mi sentencia sería menor'”.
Es difícil tomar por cierto lo que contó el cineasta acerca del diálogo que mantuvo con Bateson, por lo menos en su totalidad. En principio, porque no existen registros ni testigos que avalen los supuestos dichos del presunto criminal. Y más que nada si tenemos en cuenta que Friedkin reproduce en boca de Bateson que Verrill fue descuartizado, cuando es un hecho que el cadáver del crítico fue hallado entero y en su departamento. Sin embargo, lo que sí es verdad es que la historia de su antiguo extra y el mito en torno a aquellos asesinatos vinculados a la subcultura gay sadomasoquista de la Nueva York de los años '70 lo incentivaron a encarar un proyecto que tenía en carpeta pero que, hasta ese momento, no lo había convencido del todo.
Se trataba de la adaptación a la pantalla grande de una novela de 1970, escrita por Gerald Walker, acerca de un policía de incógnito que se infiltra en la comunidad homosexual para atrapar a un asesino serial. Su nombre era Cruising, y gran parte de la película homónima dirigida por Friedkin y protagonizada por Al Pacino se filmó en varios de aquellos “leather bars”, entre ellos el Mineshaft, donde Verrill pasó algunas de su últimas horas junto a Bateson. Tanto el rodaje como su posterior estreno estuvieron signados por los conflictos y el escándalo. Indignados por el retrato que el film hacía de la comunidad gay, activistas llevaron a cabo protestas en distintas locaciones de la película con la intención de boicotear la producción. No lo lograron, pero, cuando el film fue proyectado por primera vez en 1980, las críticas que cosechó no fueron muy positivas que digamos. Una de las más duras fue la que escribió el mismísimo Arthur Bell. “Es la más opresiva y horriblemente intolerante mirada sobre la homosexualidad jamás presentada en la pantalla”, calificó quien fuera determinante para que la “musa inspiradora” de Friedkin quedara definitivamente tras las rejas.
Diez meses antes de que Cruising viera la luz, Paul Bateson fue encontrado culpable del crimen de Addison Verrill y condenado a cadena perpetua, aunque con posibilidad de obtener la libertad condicional tras un mínimo de 20 años de cumplimiento de su sentencia. Durante el juicio, el acusado reafirmó su inocencia en el asesinato del crítico, como también respecto a los homicidios del caso de los cadáveres decuartizados y descartados en bolsas por los que la fiscalía buscaba imputarlo. En sus alegatos, aseguró nunca haber llamado por teléfono a Arthur Bell y solicitó que su confesión escrita no fuera tomada en cuenta como prueba, ya que estaba ebrio al momento de haberla plasmado y que la misma solo reproducía la información que había leído en aquel artículo del Village Voice. El juez de la causa no hizo lugar a su pedido y terminó fallando en su contra. No obstante, consideró que no existían evidencias suficientes para vincularlo con las otras seis muertes.
Bateson estuvo preso hasta el 25 agosto de 2003, un día después de su cumpleaños número 63. Lo último que supo oficialmente sobre él fue que completó su libertad condicional satisfactoriamente en noviembre de 2008, cuando volvió a ser un ciudadano totalmente libre. Actualmente, se desconoce qué fue de él y si aún sigue con vida. Cabe destacar que, sin embargo, existe un registro en el Índice de Defunciones del Departamento de Seguridad Social en el que se informa que el 15 de septiembre de 2012 falleció un tal Paul F. Bateson con la misma fecha de nacimiento del protagonista de esta historia y con domicilio en Pennsylvania, su estado natal.
Más allá de la pena cumplida por el único homicidio por el que se lo condenó, el nombre de Paul Bateson es todavía hoy asociado a aquellos asesinatos y descuartizamientos en serie que aterrorizaron a la comunidad gay más de cincuenta años atrás. Una simple búsqueda de su nombre en Google, o su representación en la brillante serie Mindhunter (2017-2019) -en la que fue interpretado por el actor Morgan Kelly-, son ejemplos de ello. Pero el mito en torno a su responsabilidad en aquellos crímenes puede cambiar con el tiempo. Y, por qué no, quizás hasta los mismos puedan por fin ser resueltos.
A principios de los '90, la comunidad homosexual neoyorquina volvió a ser atacada por otro asesino serial. ¿Sus víctimas? Hombres que concurrían a bares gay de la ciudad cuyos cadáveres fueron desmembrados y descartados en bolsas de basura a la vera de distintas autopistas. Un modus operandi que todavía resonaba en la memoria de la Gran Manzana. Fue recién en 2001 cuando el “Last Call Killer” (tal su apodo mediático) fue atrapado, gracias a la evolución de la tecnología forense. Fue identificado como Richard W. Rogers Jr., un enfermero de 50 años poseedor tanto de amables modales como de un sugerente prontuario: en 1973 había estado preso seis meses por matar a su compañero de cuarto (aunque luego fue liberado por haber actuado presuntamente en defensa propia), y en 1988 había sido arrestado por drogar, violar y golpear a un hombre. Rogers, a quien se le atribuyeron al menos cuatro asesinatos y descuartizamientos, y quien es sospechoso de muchos más, fue condenado a cadena perpetua por tan solo dos de ellos, en 2005.
Hoy sabemos que, a sus 70 años de edad, pasa sus días encerrado en una prisión de máxima seguridad. Lo que quizás nunca sepamos es qué pudo estar haciendo a sus veintipico, cuando los cadáveres desmembrados y embolsados flotaban por el Río Hudson y él todavía, al igual que Bateson, caminaba libre por las calles de Nueva York.