Sofía Sandoval
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NEUQUÉN
A la mañana, una brisa suave mecía las ramas de los árboles raquíticos del oeste, mientras los vecinos se movían al ritmo de un domingo cualquiera sin que se registraran grandes inconvenientes en los centros de votación. Al final, hubo muy buena afluencia.
Con un gran cartel de cartón, un hombre ofrecía empanadas a los automovilistas que circulaban por Avenida del Trabajador, al mismo tiempo que otro salía de un almacén con una bolsa de leña para el asado. Sólo la acumulación de vehículos en torno a las escuelas delataba el desarrollo de las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias.
A fuerza de bocinazos, una 4x4 buscaba agilizar el tránsito sobre la rotonda de Gregorio Álvarez, mientras que en las cercanías de la Escuela 348, en Casimiro Gómez y 1° de Mayo, los estacionamientos en doble fila llevaron a ensayar maniobras imposibles con tal de salir del atasco.
Para una familia de Colonia Rural Nueva Esperanza, su caballo fue el único medio de transporte que les permitió acercarse a la escuela del barrio Hibepa, con el fin de consultar los padrones electorales. “Allá en la meseta está todo cerrado y no tengo para pagar la multa”, explicó el hombre mientras sostenía las riendas de un caballo pardo que se movía, nervioso, a la vera del camino. Por fin llegó su esposa, tironeando de la mano de una chiquita de 3 años. “Voto en el CPEM 40”, le dijo al criancero y la familia entera se subió al carro precario, que tembló bajo el peso de sus cuerpos. Así emprendieron un nuevo viaje para cumplir el deber cívico.
Para José Soto, el voto es una responsabilidad ineludible, tantea con su bastón blanco el camino hacia las urnas y pide ingresar acompañado al cuarto oscuro, donde el presidente de mesa le presta sus ojos para reconocer la ubicación de cada boleta. “Suelo votar más temprano, pero siempre me ajusto a los horarios de la camioneta de la Subsecretaría de Discapacidad”, explicó.
A Francisca Cuevas la hora de votar la sorprendió con la cara llena de harina y en la cocina de su casa, donde preparaba las pastas frescas con su mamá. A sus 17 años, llegó a la Escuela 348 a votar por primera vez. Tras votar, las autoridades de mesa rompieron el silencio de la escuela con un aplauso. “Ya tenía decidido a quién iba a votar y, después de salir del cuarto oscuro, me sentí responsable”, explicó Francisca junto a su mamá.
Para los votantes que llegaron más temprano, el desayuno parecía estar esperándolos en las afueras de la Escuela 200, en la esquina de Rohde y Avenida del Trabajador. Allí, Geraldin y Mario montaron una gran olla de aceite caliente para ofrecer tortas fritas recién hechas a los electores.
“Nuestro secreto es que las hacemos con aceite de oliva”, dijo el cocinero Mario. “Ya vendimos todo”, se excusó tras vender 50 docenas en apenas unas horas.
Apostillas
Un domingo sin contratiempos
Autoridades responsables. A diferencia de otras elecciones, ayer no hubo problemas con la apertura de las mesas. Los presidentes llegaron a tiempo y con el manual estudiado.
La mayoría fue remolona. El grueso de los votantes se registró después de las 11, a contramano de las advertencias de las autoridades por las probabilidades de viento fuerte.
Hubo quejas por la comida. Las viandas para las autoridades de mesa dejaron disconformes a aquellos convocados que pretendían disponer de un menú saludable el domingo.
Voluntad de donar órganos. Los votantes tuvieron la posibilidad de expresar su voluntad de donar órganos en los stands montados por el Incucai junto a las mesas de votación en cada escuela de la provincia.