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Del Diego a su enfermedad, la historia de Bilardo en su cumpleaños 83

El Doctor celebra un nuevo aniversario y quizá brinde con "gatoreit", mientras su cabeza lo hace ir y venir quién sabe de dónde. Anécdotas y vida de uno de los próceres vivientes del fútbol argentino.

Maradona prefería que lo marcaran hombre a hombre. Sostenía que, en la medida en que no lo anticiparan y pudiese girar con la pelota, el resto le sería simple: quedaba mano a mano con un defensor y nada más. Sin embargo, los entrenadores rivales muchas veces creyeron que la mejor forma de controlar al capitán de la selección Argentina era ponerle a un jugador como estampilla y tratar de que lo desacomodara, lo perturbara y, si pudiese, que le quitara la pelota. Pero, lo más importante: que anulara o disminuyera su juego. Carlos Bilardo, un adorador de la marca personal, del “líbero y stopper”, sabía que Diego, por más que teorizara sobre las ventajas de que lo marcaran individualmente, en el fondo le molestaba que alguien lo persiguiera a todos lados.

En un partido de la Selección, uno de los jugadores más limitados pero obedientes del equipo rival, se le pegoteó. Si Diego se tiraba a la izquierda, hacía allí iba el marcador; si bajaba a la mitad de la cancha a recibir, ahí estaba el rival…

En un momento se acercó al banco buscando un poco de agua y su marca estaba al lado. El fastidio de Maradona era inmenso y Bilardo creyó encontrar la fórmula para sacar ventaja.

-Diego, vení, ponete acá.

-¿Eh?

-Vení, ponete acá y cruzate de brazos.

-¿Qué me cruce de brazos? -dijo Maradona, sin entender.

-Sí, haceme caso, vení y cruzate de brazos.

-Pero Carlos -afirmó el 10, entre sorprendido e indignado-: ¿Cómo me voy a cruzar de brazos en el medio del partido? Es una locura.

-Vos haceme caso -remató el doctor-: ¿A quién se le va a ocurrir marcar a un jugador que está cruzado de brazos? Ni aunque sea Maradona…

bilardo y maradona

Bilardo y Maradona.

Carlos Salvador Bilardo contó esta anécdota hace 15 años. Su lucidez y picardía hacían rebosar la sonrisa de su cara. Hoy el doctor cumple 83 años. No está bien. Pasa sus días en un departamento, al cuidado de una enfermera, pero visitado en la medida que se pueda por sus afectos más cercanos, que lo saludarán por su cumpleaños, le harán soplar las velitas y buscarán reconfortarlo.

Bilardo escuchará, sonreirá, quizá no mucho más que eso. Está pero, a veces, mentalmente no está. Sufre una enfermedad neurodegenarativa conocida como el síndrome de Hakim-Adams que suele afectar a los adultos mayores y que le va provocando paulatinamente dificultades para movilizarse solo y demencia, entre las dificultades más salientes. “No está en la realidad”, explica su hermano menor, Jorge, quien también fue futbolista aunque sin la resonancia de Carlos.

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Jorge Bilardo, hermano del Doctor.

En realidad, el menor de los Bilardo se dedicó a continuar con el negocio paterno: fábrica y venta de muebles. Siempre, claro, en la zona de La Paternal, donde la familia se formó con el matrimonio de Calógero Bilardo y María Angélica Digiano. Ambos descendientes de italianos y criados muy cerquita de la cancha de Argentinos Juniors, Calógero aprendió el oficio de carpintero de pibe mientras jugaba a la pelota en la calle.

Nacido en 1911, creció con aquel fútbol vistoso, de toque y pelota al pie, que contrastaba con la “garra charrúa” de los vecinos de Uruguay. Pero no había dudas de algo: en aquellos tiempos, el fútbol rioplatense era el mejor del mundo. Y Argentina un gran exponente de habilidad, donde el talento estaba por encima de cualquier táctica que los directores técnicos quisieran imponer.

-Si el fútbol es sencillo, Carlos, ¿por qué jugás sin wines? -se indignaba Calógero e increpaba a su hijo mayor, que ya era un entrenador exitoso.

-Papá, el fútbol ya no es lo que era antes, hay que modernizarse -intentaba apaciguar Bilardo hijo.

-Mah qué modernizarse: el fútbol se juega con wines, no podés decir que ya no existen más.

El propio Carlos Bilardo recreaba con gracia, aunque con mucha más melancolía aún, esta charla con su papá. “Mi viejo era de otra época, nunca pudo entender que si no cambiás, si no te modernizás, perdés. Y si perdés, te echan y te quedás sin trabajo”, decía, cuando el reconocimiento mundial hacia él era total. Sin embargo, su papá, de quien heredó el gusto por el fútbol, por San Lorenzo y por René Pontoni, nunca lo pudo aceptar. “No, se murió convencido de lo que él pensaba”.

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Calógero Bilardo y María Angélica Digiano.

Carlos Salvador (por si abuelo, el papá de Calógero, “Salvatore”) se transformó con el paso del tiempo en un personaje del fútbol. Sus obsesiones y su detallismo lo pusieron en el podio de aquellos protagonistas entrañables, sin importar tanto cuan contaminado pudo haber estado el bidón que le dieron de tomar a Branco en el Mundial de Italia 90 o qué tan punteagudos podían ser los alfileres en los años 60, tiempos de Bilardo jugador en el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía, su maestro. “Noo, noo, nunca pinchamos con alfileres”, decía y teatralizaba su seriedad: “Eso fue un invento del periodismo, porque no le gustaba que un equipo chico como Estudiantes ganara todo. Les costó entenderlo, les costó, les costó”.

Costaba entenderlo a veces a Bilardo. Avanzaba como un torbellino sobre un tema y de golpe frenaba y abría lo que para él era simplemente un paréntesis, pero desviaba el eje de tal modo que cuando retomaba el original, ya no se sabía de qué estaba hablando. Cierta vez fue invitado a dar una charla a alumnos de una escuela de periodismo. Sus directores y muchos de sus profesores tenían un perfil “menottista”. Carlos lo sabía pero aceptaba el desafío: hacía un par de meses que había salido subcampeón del mundo en 1990 y el país estaba a sus pies. “Vine, aclaro, por Eduardo, que es un amigo al que conozco hace años. Por él vine, por él vine”, repitió como introducción, para que todos los estudiantes supieran que si no fuese por la convocatoria del histórico periodista Eduardo Rafael, su amigo, no habría aceptado ir a un lugar donde, entendía, no lo querían.

Llevó una videocasetera y no menos de 50 videos, que fue pasando un video atrás del otro, sin parar de hablar, sin dejar hablar a otros tampoco, su lengua iba a mil al igual que su cabeza. El auditorio trataba de seguirlo. “Hay que mirar videos, hay que mirar al otro, saber qué piensa, cómo juega, qué come, cómo vive… Ven, ven, en Japón la gente va a la cancha, eh: va a la cancha”, decía luego de mostrar apenas cinco segundos la imagen de una tribuna casi llena en un estadio de Japón. Stop y a otra cinta. Demoraba más en poner y sacar el ahora viejísimo VHS que lo que pretendía mostrar.

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Carlos Bilardo y sus videos.

Hoy su cabeza va a otro ritmo, desgraciadamente. Inoculado contra el Covid-19, sus allegados tratan de ocultarle algunas noticias que no tendrían vacuna para él: las muertes de Maradona, de Sabella o del Tata Brown, por ejemplo. Nadie sabe si lo procesaría y sufriría, o si esas informaciones le pasarían de largo. Ante la duda, lo cuidan. Como hacía él cuando había que cerrar un partido: “Hay que ganar y si no se puede, no hay que perder. Si quieren ver un espectáculo, vayan al cine o al teatro”, es, quizá, su definición de cabecera.

Es el protagonista de la mayor grieta de la historia del fútbol argentino, la que protagonizó con César Luis Menotti, al que llamaba “rabanito” porque decía que era “colorado por fuera y blanco por dentro”, un modo de decirle mentiroso o, más profundamente -y jugando con la afinidad política del Flaco al Partido Comunista-, una manera irónica de afirmar que hablaba como socialista pero vivía como capitalista. También supo recibir castigo fuerte, porque Menotti alguna vez dijo que “el fútbol era tan generoso que evitó que Bilardo se dedicara a la medicina”.

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César Luis Menotti y Carlos Bilardo.

El doctor se recibió de médico mientras era jugador de fútbol y comenzaba su etapa gloriosa en Estudiantes. Su idea de abrir un consultorio en La Paternal quedó en el anecdotario y nunca llegó a ejercer la ginecología, la rama de la medicina en la que se especializó. Igualmente, hizo algunas prácticas y vivió la sensación de las guardias de no poder dormir, aunque mucho más la experimentó con el fútbol, en su etapa como entrenador, cuando el desvelo nocturno era habitual. Especialmente, en las giras o viajes, adonde Bilardo llegaba con apenas una valijita de mano.

-Carlos, ¿no trae ropa?

-No, no me gusta. Traigo un par de cositas y lo demás lo compro acá, en el viaje.

-¿Y cuando se va cómo lleva las cosas si no trajo valija?

-No, la regalo. O la dejo en la habitación: la gente que limpia seguro que va a hacer algo bueno con esa ropa.

Sus ex jugadores se encargaron de mostrar el legado más gracioso de Bilardo, el de sus locuras. Mandar a bailar al Tata Brown al lado de Careca (delantero brasileño) en el casamiento de Maradona para medir las alturas en caso de tener que enfrentar a Brasil; las mil y una cábalas que no podían dejar de hacerse jamás; poner a trotar a un futbolista en el pasillo de un avión porque a la llegada no iba a haber tiempo de hacerlo en un entrenamiento y necesitaba saber si estaba para jugar; llevar a Ruggeri a una plaza y hacerlo jugar con nenes de 10 años para probar si se había recuperado de su pubialgia; cortarles las capuchas de los buzos a los jugadores para que le escuchen las indicaciones; no darle ninguna indicación en el entretiempo del Argentina-Brasil del 90 a su equipo salvo decir “si se la siguen dando a los de amarillo vamos a perder”; o decirles a las esposas de sus jugadores que si tenían sexo en los días previos a un partido “que él vaya abajo así no se cansa tanto”.

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O, también, filmar las prácticas de sus equipos y decirle al camarógrafo que de paso enfoque a los periodistas que hacían la cobertura del entrenamiento.

-¿Por qué nos manda a filmar, Carlos?

-Porque están charlando mientras nosotros entrenamos.

-¿Y?

-Después escriben y ponen que fulano o mengano tuvo una distracción y se perdió un gol. Bueno, ustedes también se distraen y nadie se los dice. No puede ser…

La semana pasada, Miguel Ángel Lemme, quien fuera su ayudante de campo en el Sevilla -entre otros equipos- y hoy es uno de sus más habituales visitantes, contó que le propuso ver el superclásico del domingo. “No sé, a veces me aburren esos partidos”, contestó y provocó la risa de todos. Hoy brindará con “gatoreit” y soplará las velitas. Ojalá que con una sonrisa. Lo merece.

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