Argentina llega a octavos con puntaje perfecto, variantes en todas las líneas y Messi listo para aparecer cuando el partido lo pida.
Lionel Scaloni salió de Dallas este sábado por la noche con una sonrisa que no tenía que ver únicamente con el 3-1 frente a Jordania. "Ahora se viene lo bueno", dijo. Y probablemente no hablara sólo de Cabo Verde ni de los cruces. Hablaba de un equipo que terminó de confirmar algo que venía construyendo desde hace años.
Las Copas del Mundo no las ganan once futbolistas. Las ganan los planteles. Argentina cerró la fase de grupos con puntaje ideal: nueve puntos sobre nueve posibles. Le ganó a Argelia, Austria y Jordania. Marcó ocho goles y recibió apenas uno. Pero los números cuentan apenas una parte de la historia. La otra está en los detalles.
En tres partidos jugaron los veintitrés futbolistas de campo convocados. Todos sumaron minutos. Todos encontraron un lugar. Scaloni se dio el lujo este sábado de probar a Exequiel Palacios como lateral derecho, recuperar a Tagliafico, devolverle confianza a Paredes, regalarle a Lo Celso el Mundial que una lesión le había quitado en Qatar y romper la sequía de Lautaro Martínez, que por fin pudo abrazarse a un gol mundialista. No son pequeñas historias. Son soluciones para lo que viene.
Porque los Mundiales empiezan de verdad cuando ya no hay margen de error. Y en medio de esa construcción colectiva aparece Lionel Messi. Ya no como una necesidad desesperada, sino como el brillo final de una obra que funciona incluso cuando él descansa. Contra Jordania esperó una hora sentado en el banco. El equipo ganaba, dominaba y resolvía el partido. Después entró. Caño en la primera pelota. Tiro libre a la red unos minutos más tarde. Como si quisiera recordar que, aunque Argentina aprendió a caminar sola, todavía tiene al mejor futbolista del planeta para decidir cuándo correr.
Hay una escena que resume esta fase de grupos. Lautaro sale a los 60´ después de convertir su primer gol en un Mundial. Choca la mano de Messi y le entrega el lugar. Es un relevo simbólico. Uno llega con la tranquilidad de haber roto una mochila; el otro entra sin ninguna sobre los hombros. Juegan para el mismo equipo y celebran el éxito del otro. Esa hermandad explica mucho más que cualquier esquema táctico.
Ahora sí empieza el torneo que todos esperaban. Noventa minutos para seguir. O para volver a casa. Argentina llega con argumentos para ilusionarse. Tiene un plantel largo, variantes, confianza y un entrenador que volvió a demostrar que no arma equipos alrededor de una figura, sino figuras alrededor de un equipo.
Y, además, tiene a Messi. No parece un mal punto de partida. Nos vamos para Miami. ¿Próximo capítulo? 3 de julio ante Cabo Verde: “Ahora viene lo bueno”.