La hinchada argentina empujó a la selección a un nuevo triunfo, a pesar de que la reventa elevó el valor de las entradas hasta los 3.000 dólares.
Atlanta no fue Argentina contra Inglaterra. Fue mucho más que eso. Fue la demostración de que el fútbol puede construir una patria prestada. Es que Lionel Scaloni conquistó el corazón de 47 millones de argentinos hace tiempo. Lionel Messi hizo algo todavía más extraño: enamoró a otro país entero. Uno que sueña con ponerse la celeste y blanca, decir “boludo” sin sonar ridículo, aprender a tomar mate, cocinar un asado y entender ese humor nuestro que nunca termina de explicarse. No hablan castellano ni español. Hablan un idioma que quisieran aprender porque, en el fondo, lo que desean es pertenecer.
Eso también se vio en las tribunas. La reventa empujó las entradas hasta los 3.000 dólares. Un precio imposible para muchísimos argentinos que hicieron cuentas, estiraron tarjetas y agotaron los ahorros durante todo el Mundial. Hay una frontera que no marcan los kilómetros, sino el orgullo. Endeudarse también tiene un límite. Por eso el estadio quedó partido en tres: un treinta por ciento de argentinos, otro tanto de ingleses y un cuarenta por ciento de espectadores neutrales, turistas y celebridades que buscaban aparecer en la pantalla gigante. Probablemente haya sido el decorado menos justo de toda la Copa del Mundo, aunque también el más funcional para la FIFA y su espectáculo global.
Dentro de la cancha pasó otra cosa. Argentina volvió a hacer eso que tanto desconcierta. Cuando el golpe parece más duro, cuando el escenario se vuelve más incómodo, cuando el resultado obliga a reaccionar, aparece su mejor versión. Inglaterra golpeó primero y durante algunos minutos pareció imponer el ritmo de una semifinal pesadísima. Pero el equipo de Scaloni nunca perdió la calma. Respondió jugando al fútbol.
Enzo Fernández encontró el empate con esa determinación que contagia y Lautaro Martínez volvió a aparecer donde aparecen los goleadores grandes: en el momento exacto. Dos goles para dar vuelta otra historia complicada. Dos goles para confirmar que esta selección tiene algo que excede cualquier análisis táctico. Compite hasta cuando parece agotada. Después de dos prórrogas consecutivas frente a Cabo Verde y Suiza, volvió a encontrar energía donde parecía no quedar nada.
Hay equipos que ganan porque juegan bien. Argentina, a veces, juega mejor justamente cuando está perdiendo. Es una contradicción maravillosa. Como si necesitara el riesgo para recordar quién es.
El pitazo final desató otra escena que quedará guardada entre las postales de este Mundial. Los futbolistas desplegaron sobre el césped una bandera con la inscripción “Malvinas son argentinas”. No hubo discursos. No hicieron falta. La imagen habló sola y recorrió el mundo mientras el plantel festejaba una clasificación que ya forma parte de la historia.
Ahora espera España. La final se jugará el próximo domingo 19 de julio en el MetLife Stadium, en East Rutherford, entre Nueva Jersey y Nueva York, un estadio para 82.500 espectadores que será el escenario donde Argentina buscará defender la corona conquistada en Qatar 2022. Será la séptima final mundialista de la Albiceleste, igualando a Brasil y quedando apenas una por detrás del récord de Alemania. Del otro lado estará una España que persigue su segunda estrella.
Nos vemos en Nueva York. Otra vez, con una cita con la historia.