Tenía apenas 49 años y había disfrutado de una larga trayectoria en el fútbol argentino de primera división.
Este miércoles, el ambiente del fútbol argentino recibió la mala noticia de la repentina muerte de un delantero histórico surgido del fútbol del interior. En el potrero de la ciudad Apóstoles, donde la tierra es color ladrillo y el olor a yerba mate flota en el aire húmedo, un pibe gambeteaba bolsas de arpillera y soñaba con ser centro delantero.
No sabía entonces que el apodo le llegaría por partida doble: Yerbatero por su Misiones querida, y goleador por derecho propio. Se llamaba Claudio González y el fútbol argentino llora su partida a los 49 años.
La noticia cayó como un bombazo de media tarde este miércoles. Primero fue un comunicado escueto, de esos que hielan la sangre: "Talleres lamenta el fallecimiento de Claudio Yerbatero González".
Luego, las redes sociales de Rosario Central, Patronato, Independiente. Siete clubes vistieron su camiseta, pero fueron dos los que lo marcaron a fuego: la T, donde dejó goles inoxidables, y el baby fútbol de Villa María, donde decidió quedarse a sembrar fútbol cuando se alejó de las canchas grandes.
Porque la historia del Yerbatero no es solo la de un nueve de área. Es también la de un tipo que aprendió a levantarse.
En Chile, cuando jugaba en Cobreloa, una fractura de tibia y peroné lo tiró contra las cuerdas. Los diagnósticos hablaban de un final anticipado, pero él regresó. Y regresó a lo grande: para poner el pecho en la Promoción 2003, para marcarle un gol a San Martín de Mendoza que valía más que un triunfo, valía la permanencia.
Y para hacer gritar a la Docta cuando la pelota le quedó servida frente al arco de Boca, un 23 de marzo del mismo año, en ese 3 a 1 que los hinchas de Talleres guardan en un lugar caliente del corazón.
"Ex delantero que vistió la camiseta albiazul a comienzos de la década del 2000 y dejó su recuerdo como parte del plantel profesional en una etapa exigente del fútbol argentino", lo despidió el club cordobés.
Pero el fútbol, ese amor a veces ingrato, también tiene segundas partes. La suya empezó hace 17 años, cuando decidió que Villa María sería su lugar en el mundo. Ahí, lejos de los flashes y las cámaras, fundó El Tallerito, un club de baby donde se dedicó a moldear pibes con la misma pasión con la que él había enfrentado a los monstruos del fútbol grande. De goleador a formador, de figura a maestro.
Hasta que una pulmonía, esas cosas vulgares que no entienden de títulos ni de proezas deportivas, fue más fuerte que su voluntad. El parte médico fue frío: "complicaciones de una afección pulmonar". Pero en el barrio, los que lo vieron llegar cada tarde a la canchita saben que se fue otro tipo de complicaciones: las de un corazón enorme que ya no dio más.
Desde esta noche, sus restos descansarán en la Sala Dalí de Paviotti. El jueves, a las 10:30, el cementerio La Naturaleza de Villa Nueva recibirá sus cenizas. Pero el Yerbatero ya se adelantó: hace rato que está en esa cancha de tierra que lo vio nacer, gambeteando bolsas de arpillera, esperando el centro perfecto para empujarla al arco vacío.
Afuera, una provincia entera lo despide. Y en cada partido de infantiles que se juegue en El Tallerito, en cada gol que un pibe grite como propio, Claudio González seguirá vivo. Porque hay jugadores que pasan por los clubes, y otros que se quedan para siempre en la memoria. El Yerbatero fue de los segundos.