PABLO MONTANARO
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La pasión por el deporte venció a la indiferencia y a la falta de solidaridad. Lucas Henriquez es un deportista discapacitado motriz de 34 años que vive en el barrio San Lorenzo Norte y que tres veces por semana entrena en el equipo de básquet en silla de ruedas en la Ciudad Deportiva. Cansado de que algunos choferes no lo ayuden a subir al colectivo, decidió apelar a su ingenio para trasladarse por su cuenta hasta el predio de Lanín y Anaya, aun sabiendo el peligro que ello representa para él.
Desde hace más de un mes, Lucas se va a entrenar y regresa a su casa, pasadas las 22, a bordo de un cuatriciclo al que le engancha un carro para cargar la silla de ruedas. "Mi pasión por el básquet supera cualquier temor", explica Lucas, quien nació con una hidrocefalia mielomeningocele.
“Son pocos los choferes que paran y me ayuden a subir, te miran con cara de nada y te dicen que pierden tiempo ayudándonos a subir”, cuenta el joven a LM Neuquén. Aclara que nunca presentó una queja ante ningún organismo porque “prefiero arreglármelas solo”.
El viaje que hace Lucas desde su casa hasta Ciudad Deportiva le demanda unos 30 minutos, 15 minutos más que si lo hiciera en colectivo.
Cuenta que un día, cansado de la falta de solidaridad “de algunos colectiveros de la línea 5B”, le dijo a su mamá : “Se terminó, estoy cansado de seguir así, me voy con el cuatri”. El vehículo se lo había regalado para uno de sus cumpleaños, mientras que el carro fue un obsequio de un amigo que se lo armó especialmente. “Sé que corro peligro yendo por la calle así, pero riesgos los corremos todos los días. Hay que remarla de alguna manera”, explica.
Lucas comenta que empezó practicando básquet adaptado a los 18 años en el club Independiente para luego incorporarse, hace algo más de un año, al equipo que coordinan Antonella Benitez y Gisela Guerra en Ciudad Deportiva, donde la Subsecretaría de Deporte y Juventud de la provincia les cedió un lugar para entrenar.
“Quiero seguir jugando al básquet porque es lo que mejor sé hacer, además me hace muy bien jugar. No quiero abandonarlo por nada. Y también al hacerlo les demostramos a otros chicos que se puede practicar un deporte más allá de la discapacidad que uno tenga”, explica Lucas, y aclara que no lo practica como distracción: “Hay que disfrutar lo que a uno le gusta hacer”.
“Hay gente que nos quiere y por eso nos ayuda, aunque para otros parece ser que no existimos, nos miran de arriba a abajo. Y eso no debería ser así. Nosotros demostramos día tras día que tenemos ganas de vivir y de hacer cosas como jugar al básquet”, advierte.
Mientras se presta gentilmente para la sesión de fotos, Lucas Henriquez muestra sus manos ajadas, agrietadas, cortadas, producto de algunas caídas y golpes que lo han ayudado a aprender, “porque si te golpeás y te levantás, estás aprendiendo a continuar luchando en la vida”.
Obstáculos
Una ciudad que los maltrata
En el recorrido que hace desde su casa en San Lorenzo a Ciudad Deportiva para ir a entrenar, Lucas comprueba las dificultades con las que diariamente se enfrentan los discapacitados en la ciudad, como veredas rotas o rampas ocupadas por vehículos. “Cuando las rampas están tapadas por los autos estacionados, hay que rebuscárselas como sea para bajar el cordón de la vereda. Todo esto cansa y mucho”, dice con resignación.