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Para Diego Ramos, la música es una cuestión de magia. Aunque en su casa de Neuquén siempre habían sonado melodías de calidad, se embelesó por completo al descubrir, varios años después, que su papá podía crear música con sólo recorrer el mástil de una guitarra con las yemas de los dedos. Y se decidió a componer canciones para hacer otro abracadabra: una pieza musical que pasara de los ensayos a los conciertos de los teatros catalanes para despertar emociones profundas en todos los que lo escuchan.
El neuquino de 41 años asegura que todos somos músicos, porque está convencido de que un músico es aquel que se deja conmover por los sonidos. Pero fue esa tarde en el living de su casa, mientras su papá retomaba el instrumento abandonado de su juventud, que Diego comprendió que quería crear su propia música. Y empezó a estudiar.
Ya venía con el oído entrenado, en una casa con parlantes que hacían brotar melodías de bossa nova, acordes de Carlos Santana y las canciones de Pink Floyd. Diego lo absorbía todo, y tomaba clases en academias o acudía a lecciones particulares con reconocidos músicos neuquinos para aprenderlo todo.
"Cuando terminé la secundaria tuve que tomar la decisión de qué carrera seguir, y me anoté en Contador en la Universidad del Comahue, cursaba ahí en el Alto", dice mientras recuerda Neuquén desde Barcelona, con un acento híbrido que mezcla argentinismos con un dejo de tonalidad ibérica. Pronto, entendió que la vocación de la música lo arrastraba de un tirón para alejarlo del debe y el haber y volcarlo hacia las partituras.
Para esa época, Diego ya componía sus propias canciones. Y después de atravesar la adolescencia con la guitarra al hombro, ya había armado algunas bandas con sus amigos. En los ensayos, llevaba sus canciones como una tabula rasa que se nutría del ida y vuelta con el resto de los músicos, que "la hacían caminar" hasta convertirla en piezas musicales que iban a emocionar a todos.
Así, tomó el valor para anunciarles a sus padres que abandonaría los estudios. "Después del primer shock, por fortuna, me apoyaron", se ríe él. Le dijeron que buscara la mejor escuela y se dedicara a estudiar. Y, con un puñado de años, Diego se fue a Buenos Aires a estudiar en una sede de la Berklee College of Music. Y fue entonces cuando se decidió a salir al mundo.
A los 22, aceptó una invitación para viajar a España. Se alojó en la casa de una amiga y comenzó a probar suerte en el Viejo Continente, motivado por la necesidad de recorrer el mundo y ampliar los horizontes que se terminaban en el Río de la Plata. Aunque asegura que siempre fue recibido, recuerda las dificultades de sus primeros años como inmigrante y sabe que el tiempo luego lo recompensó.
Diego lleva muchos años en España y siente ese país como su casa. En realidad, dice que su hogar es cualquier parte del mundo donde pueda componer con su guitarra, pero reconoce que los españoles siempre lo hicieron sentir bienvenido, incluso cuando su identidad sigue con una fuerte dosis de Neuquén.
"Tengo un vínculo con Neuquén, por haberme criado de niño en esos paisajes de la Patagonia", dijo y recordó la afición de su padre a la pesca y sus vacaciones de verano en los Siete Lagos, o en los ríos cristalinos de su provincia. De la ciudad también capturó sus primeros recuerdos musicales: sus presentaciones frente a la familia en el Parque Central, donde tocaba rock y metal, o un concierto que escuchó con su abuelo en las butacas del Cine Teatro Español.
En sus primeros años en España, Diego era un inmigrante ilegal. Sin papeles, no podía manejar un auto ni trabajar de manera formal, por lo que se ganaba la vida con su guitarra. Tocaba en las calles con un banquito de madera que le había hecho su abuelo carpintero: "Era una forma romántica de ganarme la vida, hasta que se volvió rutinaria, y nunca quise tocar música como un robot", recuerda.
Para recuperar la magia perdida, se volcó de nuevo a la composición. Y otra vez encontró su centro: esa vocación que lo lleva a mover las fibras de la gente con los sonidos de su guitarra. A puro empeño, editó su primer disco de manera independiente y, gracias al apoyo de otros artistas, se fue abriendo camino en la escena musical española.
Hoy, Diego vio nacer a su cuarto disco, Insight, una propuesta que define como un viaje sonoro, sin géneros para encasillarse, pero con esa intención de crear magia en el contacto con el público. "Cada persona siente de una manera particular y no siempre nos conmueven las mismas cosas. Yo estoy seguro que dentro del disco hay por lo menos un tema capaz de conmoverte, y si eso sucede, esa canción te pertenece", explica él.
Aunque afirma que prefiere no tener planes a futuro, sí se enfoca siempre en la acción. Y apuesta otra vez a la tarea solitaria de componer canciones. "Componer es pura intuición. Darse cuenta de lo que funciona o no funciona , como si empezaras desde cero, como si la música no existiera y la tuvieras que inventar tú en ese momento. Definitivamente cuando compongo (y sobre todo cuando toco) la cabeza se apaga, se desconecta. Lo único que me guía es lo que me provoca emocionalmente cada canción, lo que siento cuando voy probando ideas en la soledad de la composición. La emoción es el olfato que me guía, y no hay forma de equivocarse", asegura.
Mientras disfruta de su éxito profesional y se prepara para presentar su nueva creación con reconocidos artistas de la escena española, Diego afirma que todas sus metas ya están cumplidas. "Lo están desde el momento en que me siento con la guitarra y aparece una nueva canción. Con ese milagro ya es suficiente. El resto es prescindible", dice y agrega que sólo sigue el faro de una única premisa: seguir viviendo.