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La idea nació con una promesa que realizó don Pedro Nazarre tras salir ileso de un violento asalto a principios del siglo pasado.
Nazarre era en aquel entonces un comisario pagador del Ejército que había sido encomendado con la tarea de llevar dinero desde Mendoza a San Martín de los Andes para abonar los salarios de los milicos apostados en aquella guarnición, ya que hacía tres años que no veían una moneda y el malestar crecía con el correr de las horas.
En inmediaciones del río Picún Leufú, el funcionario, que viajaba acompañado por un sargento para custodiar el dinero, fue abordado por un grupo de indios que intentaron arrebatarle el botín. Fue una refriega sangrienta que dejó muertos y heridos, pero don Pedro sobrevivió y logró mantener a resguardo esa gran cantidad de dinero que le habían encargado. A partir de aquel trance, prometió que cuando se radicara definitivamente en un lugar, levantaría una capilla consagrada a la Virgen María.
En 1897, el gobierno nacional le cedió tierras como parte de pago por los servicios prestados en el Ejército, en cercanías del río Agrio y el arroyo Loncopué, donde se habían asentado cuatro fortines. Y así fue que poco después levantó la Argentina, la primera estancia que tendría el futuro pueblo de Loncopué, con el correspondiente templo que había prometido.
Según un artículo publicado en el diario La Cordillera, don Pedro mandó a traer una virgencita desde "Neuquén, punto de partida de mil carros y mulas". Dicha tarea que le encomendó al mejor tropero que había en la zona: Domingo Almarza.
Domingo aceptó la propuesta y escuchó con atención todos los cuidados que le encomendó el estanciero, teniendo en cuenta la importancia que tenía para él ese símbolo religioso.
En Neuquén capital, el comerciante Arsenio Martín, uno de los pioneros y encargado de la distribución de productos de distintos puntos del país, fue el que le entregó un cajón de madera cerrado con la virgen. Y así, Domingo emprendió el regreso despacio, con el cofre atado en la parte delantera de la montura de su mula y tapado con un poncho para que el rocío de la noche no mojara a la virgencita.
Era tal la emoción que tenía el tropero, que en más de una oportunidad levantó el cajón en sus brazos y lo besó en señal de respeto y agradecimiento. Estaba convencido de que esa encomienda que llevaba lo había salvado de más de un mal paso en el camino. Y como si eso fuera poco, también había logrado el sacrificio más grande que le podía tocar: pasar indiferente frente a las pulperías que encontraba de paso. Hubiera sido una falta imperdonable sentarse a tomar un trago de aguardiente con la virgencita de acompañante. Y mucho peor, si hubieran sido dos o más. ¿Qué hubiera pensado Don Pedro? ¿Cómo hubiera quedado él frente a la Santa María?
El camino fue largo y sin sobresaltos, hasta que finalmente Domingo llegó a la estancia de los Nazarre. Al verlo, don Pedro y su familia salieron apurados para recibir lo que tanto estaban esperando para la flamante capilla.
El tropero desmontó, desató el cajón y antes de entregárselo al patrón, le dio un largo beso en la tapa, a modo de despedida y de profundo respeto. "Acá cumplo el encargo que tanto me encomendó", dijo entre lágrimas, con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos.
Toda la familia se agolpó alrededor del cajón, expectante para ver la figura de la Virgen María. Pero cuando el estanciero abrió la tapa del cajón, los presentes se quedaron sin palabras. En el estuche de madera no había ningún ícono religioso, sino dos guitarras de la firma Antigua Casa Núñez. Domingo casi se desmaya.
A partir de la sorpresa comenzaron las preguntas y las especulaciones. ¿Cómo podía ser que alguien se hubiera robado la virgencita? ¿Era verdad que Domingo la había estado cuidando durante todo el viaje? ¿Qué era lo que había pasado?
Nunca se supo lo que realmente ocurrió, aunque lo más probable es que el hombre que hizo la entrega en Neuquén se equivocó de caja. Alguien que esperaba unas guitarras tal vez había recibido una estatuilla de María y seguramente también estaba enojado.
Lo cierto es que Domingo le prometió a Don Pedro que enmendaría ese gran error y que volvería a la capital para cumplir con ese trámite tan importante que todavía estaba inconcluso.
Eso sí, ese mismo día le prometió al patrón que tendría más cuidado y que hasta miraría "por un agujerito" de la caja para asegurarse de que no le dieran otra cosa más que la esperada y sagrada virgencita.
Fuente: artículo publicado por el diario "La Cordillera", escrito por Pedro Nazarre (hijo). 9 de noviembre de 1946.
Colaboración: profesora Elsa Esther Bezerra.