Neuquén > El poema viene de más debajo de la vida”, escribió Juan Gelman en uno de los poemas de su nuevo libro “El emperrado corazón amora”. Y en esa hondura es donde emerge desafiante la poesía en estado puro de este poeta, considerado en la actualidad uno de los mayores de la lengua hispanoamericana.
Nacido en el barrio de Villa Crespo en mayo de 1930, Gelman ha conformado una obra original y emotiva, marcada por el compromiso con la palabra y con la realidad. En su nuevo libro -título tomado de una frase que figuraba en “Cólera buey” (1971)- el poeta describe el amor, la vida, la muerte, la soledad, la inocencia y el sexo con ese sello que le pertenece donde se cruza suavidad con crudeza. Por eso recurre al neologismo “amora” donde puede leerse “amar”, “enamorar” pero también marca esa emoción, la del dolor más empecinado, “emperrado”. Es decir, reinventa, traza un nuevo orden de los sentimientos. “Se la pasaba tirando piedras/ al dolor, pero él no se va así,/ ni sabe cómo irse”.
En algunos de los 140 poemas que conforman “El emperrado corazón amora” se puede encontrar voces escritas hace cuatro décadas atrás en “Cólera buey” porque al poeta le interesaba saber “qué dejé de decir, entonces que necesito decir ahora”.
El ganador del premio Cervantes 2007 construye su poética como una aventura que alcanza dimensiones únicas. Un yo que a la vez son otros, un yo metido en la realidad, en los hechos, en la historia misma. Por eso nunca más acertado aquello de conjugar las circunstancias exteriores con las del corazón como requería el francés Paul Eluard.
Cada verso de este nuevo libro está escrito con el cuerpo y con la memoria, con el olvido, con lo que sucede, con las bellezas, el dolor y las injusticias de lo cotidiano.
Este libro también adquiere importancia por el desafío que emprende el poeta ante la imposibilidad del decir, de lo insuficiente que es la palabra cuando debe hablar de la angustia como de la alegría: “La palabra no tiene hospitales/ que le curen el mundo”, escribió en el poema Dobles. Un combate para no caer al abismo sino acercarse a él. “Qué hermosa eras en tu desolación,/ te parecías a/ la palabra que no alcanzo a decir,/ la línea negra de la pureza/ que nadie sabe cruzar”, se puede leer en “Mil”, donde le habla a su madre.
En esto de trabajar lo indecible” el crítico Daniel Freidemberg señaló que hace décadas “que Gelman trabaja ‘lo indecible’. Pero desde ‘Valer la pena’ o ‘Mundar’ habría un paso a otra cosa: más que decir lo que no tiene cómo ser dicho, se trata de enfrentar la indecibilidad. Hay una poderosa resistencia a decir, una imposibilidad de fondo, y contra eso se escribe. O con eso. Lo que a su vez da paso a aquello de lo que no se puede hablar, porque es demasiado, porque su desenvergonzada contundencia avergüenza, porque en el mundo que la mirada encuentra hay, además de objetos, seres amados y recuerdos, algo pulsando: el vacío, el agujero, lo contrario de lo que es, lo que ya no será pero insiste. Me pregunto cómo podrán leer estos poemas los que no se atreven a mirar de frente el abismo de su propia monstruosidad, que no es más que la circunstancia de estar en la tierra”.
La escritura como testimonio porque “Si un acto contra la muerte fuera/ escribir en las ruinas de la tarde,/ qué delicia disfrazada de espíritu”, escribió el poeta que reside en México.
Gelman, una vez más entrega su poesía a su forma, a esa estética que le es propia para que el poema diga lo que calla, y convoca a los lectores a sumergirnos en esa abierta oscuridad del sentido, a ese lugar íntimo de la dimensión de lo humano. (P.M.)