Cuando las personas están enfermas, no quieren que les hablen del ánimo, sino que quieren resolver su enfermedad; pero para llegar a encontrar esa sanidad deseada, primero tienen que sanar su ánimo. Ya lo dice el proverbio: "Al enfermo lo levanta su ánimo".
¿Pero qué es el ánimo? Es una actitud emocional estable, no es una emoción. En la emoción, estoy triste, estoy alegre, me enojo, me río, etc.; o sea que es un estado que empieza y termina. Pero el estado de ánimo es constante, o por lo menos debería serlo, porque si se distorsiona se transforma en un trastorno del estado de ánimo.
El estado de ánimo se compone de dos cosas: calma y energía. Si sólo tengo calma y no energía, se transforma en depresión; mientras que si sólo tengo energía, se transforma en tensión. Por eso es clave entender que se trata de un balance entre ambas cosas.
Se ha estudiado que la energía sube y alcanza su pico máximo entre las 13 y las 16. Esta es la energía física, que tiene mucho que ver con cómo dormimos, qué comemos y el ejercicio que hacemos.
Por eso se recomienda que entre esas horas resolvamos los asuntos más complicados.
Aunque no se trata sólo de cuidarse físicamente; también tenemos que cuidar nuestra mente, porque si yo no tengo claro qué es lo que quiero, no me puedo comprometer con nada y ¿a qué se debe la falta de compromiso? A un mal ánimo.
Tenemos que ser nuestros más grandes admiradores, aprender a darnos ánimo, a alentarnos y a felicitarnos cada día. Tenemos que dejar de ser inconstantes y tener calma y energía cada día para avanzar, para lograr aquello que soñamos.
Recordá que la persona con doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. Por eso, si tenés mucha calma, comé, dormí y hacé ejercicio; mientras que si sos una persona tensionada, que está inquieta y ansiosa todo el día, buscá situaciones que te den paz porque, como ya dijimos, el buen ánimo es calma y energía.