Crujientes por fuera y esponjosos por dentro, estos buñuelos caseros se preparan en minutos con ingredientes básicos y rinden para compartir.
Hay preparaciones que funcionan siempre. De esas que aparecen casi sin pensarlo, cuando pinta algo rico para acompañar el mate o cortar la tarde con un bocado caliente. Los buñuelos entran directo en esa categoría: fáciles, rendidores y con ese aire casero que nunca falla.
Crujientes por fuera, suaves por dentro, tienen esa capacidad de adaptarse a cualquier momento del día. No hace falta excusa, ni demasiada planificación: con ingredientes básicos y un poco de tiempo, salen solos.
Los buñuelos admiten mil versiones. Dulces, más neutros, con algún toque extra o bien clásicos, son una de esas recetas que se acomodan a lo que tengas en la cocina.
En un bol grande, mezclar la harina, el polvo de hornear, el azúcar y la pizca de sal.
En otro recipiente, batir los huevos y sumar la leche junto con la manteca derretida. Integrar bien.
Unir ambas preparaciones y mezclar hasta lograr una masa homogénea, sin grumos. Tiene que quedar espesa, pero lo suficientemente aireada como para poder tomarla con cuchara.
Calentar abundante aceite en una sartén profunda o freidora a temperatura media-alta.
Con ayuda de una cuchara, formar pequeñas porciones y llevarlas al aceite caliente. Freír hasta que estén dorados de todos lados, aproximadamente entre 2 y 3 minutos.
Retirar con espumadera y apoyar sobre papel absorbente para quitar el exceso de aceite.
Antes de servir, espolvorear con azúcar impalpable.
Se pueden servir tal cual o sumarles algún acompañamiento: miel, dulce de leche, chocolate o lo que tengas a mano. También podés aromatizar la masa con esencia de vainilla o algún licor para darle otra profundidad.
El buñuelo es una preparación antigua que atravesó siglos y culturas. Ya en la antigua Roma existían versiones de masas fritas similares, conocidas como globuli.
Con el tiempo, la receta se expandió por Europa y encontró en España un lugar clave, donde se volvió parte de celebraciones y tradiciones populares. Desde allí viajó a América Latina, donde cada región la reinterpretó con ingredientes propios y distintas formas de preparación.
Hoy, lejos de cualquier origen puntual, los buñuelos siguen vigentes por una razón simple: funcionan. Son económicos, versátiles y tienen ese encanto de cocina real, la que pasa de mano en mano sin perder vigencia.