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Un clásico del recetario popular. La pasta frola de membrillo, en una receta sencilla y deliciosa para hacer en casa.
Hay pocas cosas que evocan tanto la esencia de la vida argentina como una generosa porción de pasta frola de membrillo. Está en las meriendas, en las mesas de cumpleaños y hasta en los picnics improvisados de domingo. Este clásico de la repostería criolla, con su textura justa entre lo crocante y lo suave y ese inconfundible sabor a dulce de membrillo, tiene el poder de convocar recuerdos felices y aromas hogareños.
La pasta frola, como la conocemos, es heredera directa de la "crostata" italiana, pero con un toque local que la hace única. La versión argentina se caracteriza por el uso del dulce de membrillo, aunque también existen variantes con dulce de batata o mermelada de frambuesas. Sin embargo, es el membrillo el que reina por sobre el resto, un fruto que, por alguna razón, tiene un arraigo particular en nuestra gastronomía.
Pero más allá del dulce de membrillo, el secreto de una buena pasta frola empieza en su masa. Una masa que, si se hace bien, es una delicia en sí misma: tierna, ligeramente mantecosa, con un sutil dejo de limón que contrasta y resalta el sabor del relleno. La clave está en no trabajarla demasiado. Aquí, como en tantas recetas, la paciencia y el toque justo son esenciales. Dejar descansar la masa en la heladera antes de estirarla es casi un ritual, un paso fundamental que evita que se vuelva elástica y garantiza esa textura que se deshace al morderla.
A continuación, te contamos cómo hacer una pasta frola digna de halagos, sin apuros y con mucho amor, como la hacían nuestras abuelas.
- Para la masa:
- 500 g de harina 0000
- 200 g de manteca fría
- 150 g de azúcar
- 2 huevos
- Ralladura de 1 limón
- 1 cucharadita de esencia de vainilla
- 1 pizca de sal
- Para el relleno:
- 500 g de dulce de membrillo
- 1/4 taza de agua o jugo de naranja (para ablandar el dulce)
La pasta frola, aunque tradicional, no es ajena a la innovación. En los últimos años, pasteleros modernos han experimentado con versiones que incluyen masa de chocolate, rellenos de frutas más exóticas y hasta alternativas sin gluten. Sin embargo, para muchos, la versión original sigue siendo insuperable. Es la conexión a la infancia, a las sobremesas sin prisa y al cariño de quienes nos enseñaron a disfrutar de los pequeños placeres.
En una época donde la comida suele ser rápida y las tradiciones a veces parecen desvanecerse, hornear una pasta frola es casi un acto de resistencia. Significa tomarse el tiempo para amasar, oler cómo el horno llena la casa de ese perfume tan característico y, finalmente, compartir un trozo con alguien querido.
Así es la pasta frola: simple, cálida y profundamente nuestra. Un bocado que encierra en su dulzura la historia de una familia, una cultura y una manera de celebrar lo cotidiano. Porque, en definitiva, ¿qué sería de nuestras meriendas sin una pasta frola casera? Es el alma de la reunión, siempre lista para endulzar momentos y recuerdos.
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