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Un postre deliciosa y fácil de hacer. Un dulce italiano fantástico en una receta inolvidable de panna cotta
La panna cotta, que significa “nata cocida” en italiano, es uno de los postres más sencillos y elegantes de la gastronomía del norte de Italia. Su origen se remonta a la región de Piamonte, donde las familias campesinas aprovechaban los ingredientes disponibles: nata, leche y gelatina natural derivada de huesos de pescado. Aunque la receta original ha evolucionado, su esencia permanece intacta: un postre suave, cremoso y fácil de personalizar.
Si bien la panna cotta tradicional es blanca y lleva vainilla, hoy se encuentra en versiones aromatizadas con café, chocolate, frutas, especias y hasta licores. Además, su preparación no requiere un horno, lo que la convierte en una opción perfecta para el verano argentino.
Opcional: frutas frescas, coulis de frutos rojos, chocolate rallado o caramelo para decorar.
Desarrollo
Colocá la gelatina sin sabor en un recipiente pequeño con el agua fría. Dejá reposar unos 5 minutos hasta que se forme una especie de gel. Este paso, conocido como hidratación, es clave para que la gelatina se disuelva correctamente más adelante.
En una cacerola, verté la crema de leche, la leche y el azúcar. Si usás una vaina de vainilla, cortala longitudinalmente, raspá las semillas y agregalas junto con la vaina a la mezcla. Si optás por extracto, añadilo después de retirar del fuego. Calentá a fuego medio, revolviendo ocasionalmente, hasta que el azúcar se disuelva. Evitá que hierva.
Retirá la cacerola del fuego y quitá la vaina de vainilla, si la usaste. Añadí la gelatina hidratada y mezclá bien hasta que se disuelva por completo. Este paso debe hacerse con cuidado para evitar grumos.
Distribuí la mezcla en moldes individuales o en una fuente grande, según prefieras. Para desmoldar fácilmente después, podés engrasar ligeramente los moldes con aceite neutro o rociarlos con spray antiadherente. Llevalos a la heladera durante al menos 4 horas o hasta que la panna cotta esté completamente firme.
Para desmoldar, pasá un cuchillo fino por el borde del molde y sumergilo brevemente en agua caliente. Volcá con cuidado sobre un plato. Decorá con frutas frescas, coulis, o simplemente disfrutala al natural.
La panna cotta brilla en su simplicidad, pero pequeños detalles pueden hacerla aún más especial. Probá servirla en copas de cristal inclinadas (colocándolas en ángulo al enfriar) para un efecto visual atractivo. También podés jugar con texturas combinándola con crocantes de almendra o pistacho.
Ya sea para cerrar una comida festiva o como un mimo en un día común, la panna cotta es un postre que nunca pasa de moda. Su equilibrio entre dulzura y frescura la hace ideal para los días calurosos, mientras que su textura reconfortante también se disfruta en invierno.
Animate a prepararla y sumá un toque italiano a tu mesa. ¿La mejor parte? No necesitás ser un chef profesional para lograr un resultado de restaurante. Solo un poco de paciencia y los ingredientes correctos harán magia en tu cocina.