Un viaje sin plan que terminó en un taller de cuchillos en Villa La Angostura
De Buenos Aires a Villa La Angostura: una mudanza inesperada, una salud que obligó a frenar y un taller donde el fuego, el acero y la paciencia ordenan la vida.
Hay historias que no arrancan con un plan. Arrancan con un despido, un viaje improvisado y una frase que cae como una semilla. Esta es una de esas historias. Matías es de Haedo, zona oeste del conurbano bonaerense. Hace ocho años vivía en Buenos Aires, con trabajo, rutina y la sensación —esa tan urbana— de estar siempre corriendo detrás de algo. Hasta que lo echaron. Pero antes de echarlo, le pidieron que se tomara vacaciones. La ironía perfecta.
Su esposa tenía las llaves de una casa de unos conocidos en Villa La Angostura. Un “vayan cuando quieran” que hasta ese momento había quedado archivado en la carpeta mental de los “algún día”. Sacaron pasajes, alquilaron auto, organizaron el viaje. Dos días después llegó el despido.
La pregunta era simple: ¿cancelar o viajar?
Viajaron y ahí pasó algo. Caminaban por el centro de la villa cuando ella empezó a mirar alrededor con ojos de descubrimiento. Plantas, casas, árboles, rosas. Esa contemplación lenta que solo aparece cuando uno deja de correr. Y entonces dijo la frase que lo cambió todo: "Este es mi lugar en el mundo", dijo.
A Matías se le llenó la cabeza de preguntas. Él estaba desempleado, caminaba con andador por una discapacidad que ya empezaba a marcar el ritmo de su cuerpo, y la vida no parecía precisamente el terreno ideal para tomar decisiones impulsivas. Pero igual lanzó la pregunta: —¿Vos no te vendrías a vivir acá?
Al año siguiente estaban entrando con el camión de mudanza. La casa de Buenos Aires vendida. La nueva casa en Angostura comprada. La calefacción encendida esperando. Esa primera noche durmieron rodeados de cajas y silencio patagónico. Y ahí empezó otra vida.
El cuerpo como territorio desconocido
La Patagonia tiene algo que baja revoluciones. Pero la vida no deja de moverse. En los años siguientes, la salud de Matías empezó a escribir su propia lista: paraparesia que atrofia los músculos de las piernas, arterias tapadas, principio de sordera, leucemia, y finalmente diabetes. Una colección de diagnósticos que podría aplastar a cualquiera.
Un día, después de almorzar, pidió que le tomaran la presión: 200 pulsaciones. Hospital. Más estudios. Más noticias. El enojo apareció primero, luego frustración. La sensación de que todo era una lista de “no podés”: "No podés comer pan.No podés comer esto. No podés aquello", se acuerda Matías.
Hasta que llegó la psiquiatra. Y una pregunta simple: “¿Cómo estás?”
Ahí empezó a rebobinar. Pileta dos veces por semana, masajes para desinflamar piernas, rehabilitación kinesiológica y dar en el clavo con la médica que lo atendió.
Se organizó: rutina y movimiento. Se dio cuenta de algo: estaba bien. No perfecto ni sano. Pero bien. La cabeza, dice Matías, te enferma y te cura al mismo tiempo, y en ese proceso apareció el taller.
Ganas: la materia prima invisible
Si le preguntás qué hace falta para hacer un cuchillo, no te habla de acero ni de fragua. Te dice una palabra: Ganas. Ganas de hacer, de aprender, de tener un cuchillo. Porque el cuchillo, en su mundo, es mucho más que una herramienta. Es objeto de deseo, es conversación, es símbolo.
El origen del filo
El vínculo con los cuchillos viene de la infancia. Su padre era cazador. Desde chico lo llevaba al campo. A los ocho o nueve años recibió su primer cuchillo.
Cazar. Limpiar una liebre. Aprender que el cuchillo es herramienta, supervivencia y responsabilidad.
Pero la cuchillería artesanal llegó mucho después. En 2016, cuando un amigo le dijo lo obvio:
—En vez de comprar tantos cuchillos… ¿Por qué no empezás a hacerlos?
Fue un clic.
El equilibrio entre hoja y mango
En su taller de Villa La Angostura, el banco de trabajo está adaptado a su cuerpo. Cada herramienta pensada para que pueda trabajar pese a la discapacidad. Ese detalle cambia la perspectiva: el oficio no es solo pasión; es posibilidad.
Matías no forja hojas. Las compra y las selecciona. Algunas son de acero damasco, esa técnica milenaria que combina capas de acero duro y blando para lograr resistencia y flexibilidad. Capas que se doblan, se estiran, se vuelven a doblar. Paciencia convertida en material.
Pero su arte está en otra parte: el ensamblaje.
El mango, el balance, el peso. Porque un cuchillo no se arma: se equilibra. Hay piezas de 80 mil pesos y piezas de medio millón. Como autos de distintas gamas. Todos llegan al mismo destino: cortar. Pero la experiencia cambia.
Los cuchillos como recuerdos
En el taller pasan turistas, cazadores, familias. Gente que no compra solo un objeto: compra una historia.
Una familia uruguaya se llevó varios cuchillos hechos a medida cuenta Matías. Una chica se llevó un juego de cuchillo y tenedor. Un abuelo canadiense compró uno para iniciar a su nieto cazador.
"Lo que se vende no es acero. Es memoria. Porque cada vez que alguien use ese cuchillo se va a acordar del momento en que lo eligió. Del frío de octubre. De la charla absurda sobre el clima. De las boludeces que construyen el recuerdo" dice Matías
Cuando le preguntan cómo afilar cuchillos, vuelve a lo esencial: piedra y paciencia. No hay secretos. Solo hábito, repetición, atención. Mantener el ángulo. Escuchar el acero contra la piedra. No apurarse. Como todo lo importante.
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