Perdió los brazos y la nariz por una descarga eléctrica: hoy cuenta cómo aprendió a vivir de nuevo
Una descarga de 13 mil voltios casi le cuesta la vida. Cuatro años después vive sola, maneja su auto y demuestra que se puede salir adelante.
Un día como cualquier otro, se levantó, agarró sus cosas y fue a trabajar como lo había hecho cientos de veces antes. No había ningún motivo para pensar que ese miércoles de junio iba a ser el último día de la vida que conocía hasta el momento.
Yanina Benítez tiene 38 años, nació en Cipolletti y desde muy joven supo que pertenecía al mundo de la construcción. No era casualidad: su padre era maestro mayor de obras y ella creció mamando ese ambiente. Cuando a los 16 años un amigo le propuso sumarse a trabajos de pintura, no dudó. Ahí encontró su lugar.
De a poco fue ganando experiencia y confianza. Arrancó haciendo recortes y limpieza, después pintaba y al tiempo ya dirigía. Trabajó con su amigo, luego con una socia, hasta que decidió dar el paso más difícil: lanzarse sola.
Lo que vino fue una racha de casi siete años sin parar. Tenía clientes que la esperaban uno o dos meses porque preferían esperar a que ella terminara antes de contratar a otra persona. Arrancaba a las seis de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Así era su vida, agitada, pero la amaba.
El día que cambió todo: una descarga eléctrica
La pandemia había obligado a Yanina y su equipo a parar ocho meses. En 2021, cuando volvieron a habilitarse los trabajos, comenzó una obra en un taller grande sobre la ruta 22, pero tras recibir diagnóstico de COVID debió aislarse un par de semanas.
El 15 de junio le dieron el alta y al día siguiente fue a trabajar. Estaba en la parte más alta del taller, rasqueteando la pared con un expansor de aluminio al que le había adaptado una espátula. Lo que no sabía era que unos cables de media tensión estaban demasiado cerca del techo del galpón.
El aluminio hizo contacto y generó un arco voltaico. Yanina quedó pegada, había recibido una descarga eléctrica de 13 mil voltios. No recuerda nada de ese momento. Ni de ese día. Ni de la semana anterior. Los hechos los fue reconstruyendo en base a los relatos de quienes estuvieron ahí.
Uno de los chicos que estaba en el taller escuchó algo parecido a una explosión y le avisó a Braian, el hermano de Yanina, que trabajaba con ellos. Lo que siguió después es difícil de imaginar: cruzó a una velocidad indescriptible el taller para llegar hasta ella. Cuando la encontró, pateó la escalera para despegarla de la corriente, pero Yanina no tenía signos vitales. Sin saber hacerlo, comenzó a practicarle RCP.
Ella no reaccionaba. Durante minutos que nadie sabe precisar cuántos fueron, Braian continuó. Los presentes se fueron reuniendo alrededor y le pedían que parara, que ya era tarde. Él no escuchó. En algún momento, Yanina lanzó un suspiro. Pasarían dos meses antes de que Yanina volviera a abrir los ojos y empezara, muy de a poco, a entender lo que había pasado.
El golpe al despertar
Cuando recuperó la consciencia, no podía hablar, no podía moverse, y el cuerpo había ido cediendo de a poco durante todo ese tiempo: primero tuvieron que amputarle un dedo, después otro, después un brazo, después el otro. Su nariz también sufrió las consecuencias, ya que fue por donde salió parte de la descarga eléctrica. Su familia había sido advertida de que podía estar en coma hasta seis meses, pero como la luchadora que es, abrió los ojos mucho antes de lo esperado.
El momento en que tomó real dimensión de lo ocurrido fue cuando quiso levantarse de la cama y se cayó de costado. Ella sentía sus brazos, pero se miró y ya no estaban ahí. Con miedo se miró las piernas, pensando que las había perdido también. Nadie le había explicado nada todavía. Nadie sabía cómo hacerlo.
Era pandemia, y al cuarto solo podían entrar dos personas: su hermana y su pareja. Su hermana, para que pudieran comunicarse, le había armado un cartel con el abecedario y a pesar del dolor que Yanina sufría por dentro, hacía lo imposible para parecer bien frente a ellas, no quería que supieran lo devastada que estaba.
"Creo que en ese momento hubiese preferido morir", dice hoy, sin rodeos. No hacen falta más palabras para entender el peso de esa frase. Yanina no se queja, no busca lástima y mucho menos ser desagradecida con la segunda oportunidad que le dio la vida. Solo cuenta lo que vivió, y eso no requiere más explicación.
Aprender de cero
El alta hospitalaria llegó el 27 de agosto y luego comenzó el proceso de rehabilitación, sin poder caminar bien, sin poder hablar con claridad, sin poder masticar ni tragar. Tuvo que aprender a hacer todo de nuevo, desde cero. "Era prácticamente un bebé", recuerda.
Sin embargo, aún restaba una gran batalla por delante. Las prótesis biónicas que necesitaba venían de Alemania y costaban millones de pesos cada una, un valor completamente inalcanzable para una familia promedio. La lista de espera en el hospital podía extenderse durante años y no había tiempo para esperar.
Fue entonces que su familia se puso en movimiento: torneos, ventas de empanadas, peñas, rifas, colectas. Todos pusieron lo que tenían, algunos hasta pusieron sus autos a la venta. Su hermana menor llegó a ofrecer su terreno. Juntaron cerca de cuatro millones de pesos, pero no era suficiente
La solución llegó cuando su prima se enteró de que Santiago Maratea estaba en Neuquén. Fueron con una carta y él las recibió, habló con la mamá de Yanina y se comprometió a comprarle las prótesis. "Me dijo que me quedara tranquila, que fuera a buscar cuáles quería y que no había drama con el precio", recuerda.
Así llegaron las prótesis. Hoy, cuatro años después, están llegando al final de su vida útil. Volver a comprarlas parece, por ahora, imposible, y Yanina lo sabe. Por eso decidió aprender a hacer su vida sin ellas.
Camino a recuperar su independencia
Hace dos años Yanina tomó una decisión que llenó de angustia a su familia: quería volver a vivir sola. No sabía bañarse sin ayuda, no sabía cocinar, no sabía hacerse un té ni tender una cama. "Mis hermanas tenían terror", recuerda. Pero aprendió.
De a poco fue recuperando parte de la autonomía que el accidente le había robado. Hoy maneja su auto, limpia su casa y hasta se cocina. "Yo nunca vi todo lo que logré", admite, y es su psicóloga quien se encarga de señalarle lo mucho que avanzó en tan poco tiempo.
Sin embargo, hay cosas por lograr aún. Intentó volver a trabajar hace dos años y medio. Hizo dos casas, manejando el equipo desde otro lugar, sin pintar ella. No pudo seguir: estar ahí parada, mirando, sin poder hacer lo que hacía antes, le recordaba lo que había perdido. Hoy no trabaja y sabe que el mercado no le facilita las cosas, a pesar de que la ley exige cupos para personas con discapacidad. "Es mentira", dice, "no lo cumplen".
Lo que el accidente se llevó
Hay pérdidas que traspasan lo físico. A Yanina le tocó hacer múltiples duelos internos. Antes del accidente, ella y su pareja estaban a punto de recibir la autorización para una inseminación. A las dos semanas del accidente, llegó la autorización, pero ya era tarde.
Después del alta, la relación continuó por un tiempo, pero el peso de todo lo vivido terminó por separarlas. La maternidad, que había sido un sueño concreto y compartido, también quedó en el camino. "Fue muy doloroso darme cuenta de que eso no iba a pasar", admite.
En el último tiempo, empezó a hacer videos en redes sociales mostrando su vida cotidiana, sus prótesis, las operaciones en su cara. Cosas que hasta hace poco no le había mostrado ni a su círculo íntimo. "En las redes me puedo soltar", explica.
Para la Yanina del principio, que no sabía cómo abrir un paquete de galletitas, cómo hacerse un té, cómo empezar, hubiera sido muy útil tener a alguien que le mostrara el camino. "A mí me hubiese encantado que alguien me dijera cómo se hacen las cosas", dice. Ahora ella es esa persona para otros.
Desde el accidente, dice que nunca volvió a vivir, que tan solo sobrevive y abre los ojos cada mañana con el peso de afrontar un nuevo día. Pero también dice, con la misma claridad: "Sé que en algún momento voy a volver a tener la vida que tenía, con limitaciones, pero lo voy a lograr." Y a juzgar por todo lo que ya logró, hay pocas razones para no creer que lo va a lograr.
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