Un hotel, una iglesia nórdica y el Malba esconden tres restaurantes ideales para comer bien durante las vacaciones de invierno en Buenos Aires.
Un hotel de cadena, una iglesia de la comunidad sueca, un museo de arte moderno. Ninguno de los tres tiene pinta de esconder una cocina propia, y sin embargo ahí adentro se come muy bien dejando la puerta abierta para estar cerca del arte, hacer turismo o simplemente alojarte en una de las capitales más importantes de Latinoamérica.
Con las vacaciones de invierno encima, esa combinación funciona doble: son planes que resuelven el frío, la lluvia y el ocio de los días libres en un mismo movimiento, sin depender del clima ni de reservar con semanas de anticipación. Estos son tres, bien distintos entre sí, para tener en cuenta.
En la planta baja del fabuloso hotel Grand Brizo Buenos Aires, a metros del Obelisco y de los teatros de Corrientes, funciona Tierra, el restaurante a cargo del chef ejecutivo Luciano Ratti. La propuesta cruza cocina moderna con sabores tradicionales argentinos y está pensada tanto para huéspedes como para público que no se aloja en el hotel: sirve de almuerzo ejecutivo entre semana para trabajadores de la zona y de opción de cena para quien sale del teatro.
Qué pedir: la milanesa de bife de chorizo (350 gramos, entera), el plato más vendido de la carta. También choripán, provoleta, molleja y asado, además de opciones de pesca para quien busca algo más liviano.
Un plan extra en el mismo hotel: en el piso 13 funciona Cielo Sky Bar, un roof top con vista al Obelisco y la 9 de Julio.
Para la agenda de invierno: el viernes 17 de julio arranca la edición 2026 del ciclo "Manos en la Tierra", cuatro noches temáticas —una por cada región donde tiene presencia la cadena Álvarez Argüelles— con un menú de 5 pasos dedicado a las raíces porteñas en su primera fecha. Las siguientes son el 7 de agosto (Patagonia), el 18 de septiembre (Mar del Plata) y el 20 de noviembre (Salta).
Datos útiles
En un edificio de 1945 en pleno San Telmo, la Iglesia Nórdica de Buenos Aires convive con el Club Sueco, uno de los restaurantes más singulares de la ciudad. Detrás de la cocina están Martín Ferrari y Nancy Sittman, que llevan dos décadas afinando recetas suecas tradicionales sin fusión ni actualizaciones: la referencia es la abuela, la casa, el plato de siempre.
Qué pedir: las Köttbullar —las albóndigas suecas, con puré de papas, pepinillos agridulces, dulce de grosellas rojas y brunsås— y la degustación de lacha (a la crema, a la mostaza y en marinada tradicional) con salmón ahumado y gravad lax. De postre, la kladdkaka (torta húmeda de chocolate) o el helado de Akvavit con crocante de pepparkakor.
El plan de invierno por excelencia: los fines de semana el lugar ofrece el smörgåsbord —literalmente "mesa de sándwiches" en sueco, aunque el nombre se queda corto—, el gran buffet escandinavo que hoy es una rareza incluso en la propia Suecia, donde quedó reservado para Navidad y ocasiones especiales. Acá es el corazón del fin de semana: se sirve viernes a la noche, sábados al mediodía y a la noche, y domingos al mediodía.
La mesa despliega una parte fría —salmón ahumado, gravad lax, langostinos, tres versiones de lacha, huevos rellenos con caviar de arenque, ensaladas, jamón crudo, lomito de cerdo— y una caliente, con las Köttbullar, los Janssons Frestelse (papas a la crema con cebolla y anchoas), porotos negros con panceta ahumada y miel, y croquetas de papa y cebolla. Cierra una mesa de postres con arroz con leche, mousse de Akvavit, mousse de limón, crumble de manzana y kladdkaka.
Es de servirse las veces que quiera cada uno, sin límite, y el tiempo tampoco corre en contra: un solo turno por servicio, sin recambio de mesa ni apuro. No es raro ver una mesa que llega al mediodía y se va recién a las cinco de la tarde. Para una tarde larga de vacaciones, sin nada más planeado, es exactamente el tipo de plan que funciona.
Datos útiles
Adentro del Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) con salón amplio y una terraza con deck al aire libre, funciona Coronado, a cargo del chef Martín Lukesch. Es de los pocos restaurantes porteños que abren desde temprano y sostienen la propuesta durante todo el día: pastelería a la mañana, raciones para picar desde el mediodía, carta completa de almuerzo y una versión un poco más elaborada por la noche.
Qué pedir: de mañana, las medialunas de manteca laminadas o las danesas de zapallo en almíbar y pistacho. Para picar, los chipirones de Mar del Plata a la chapa o la provoleta rellena con pesto de berro y almendras. En principales, el ojo de bife Angus con pimientos asados y chimi o las cintas caseras con estofado de ternera y hongos de pino. A la noche suman la carrillera braseada con porotos pallares y los fettuccine con pulpitos patagónicos.
Un ritual de invierno: los jueves son "martini night", con dry, espresso, cosmopolitan, gimlet o rob roy a precio parejo — un buen plan para una tarde-noche de lluvia sin salir del refugio que ofrece el museo.
Datos útiles