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El día que asesinaron al yerno del gobernador

El norte neuquino se conmovió con un triple crimen en 1902.

Mario Cippitelli

cippitellim@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- Los agentes de la Policía quedaron impresionados al ver los tres cadáveres y la saña utilizada para cometer los crímenes. La casa era un solo charco de sangre espesa que había corrido por el piso hacía pocas horas, casi con seguridad, durante la noche del 27 de octubre de 1902.

Una inspección preliminar permitió establecer que los tres habían sido asesinados de una manera brutal: dos habían sido degollados y probablemente torturados; el tercero tenía la cabeza destrozada a golpes. Se trató de una masacre.

La noticia comenzó a circular rápidamente por cada rincón del norte neuquino, especialmente en Chos Malal, en ese entonces capital de la provincia de Neuquén. Es que el triple crimen que se había cometido en Milla Michico, un paraje ubicado a pocos kilómetros de la ciudad, no sólo tenía el espanto que genera un hecho de estas características, sino que además una de las víctimas era Corydon Hall, yerno del gobernador Manuel Olascoaga.

Hall era un influyente empresario de origen norteamericano que había llegado a Neuquén a finales del siglo XIX para trabajar en la industria del oro. En 1890 conoció a la hija de Olascoaga, Belinda, una joven hermosa y de mirada transparente de la que se enamoró perdidamente y a la que le propuso casamiento de inmediato.

Durante casi 12 años, el “Gringo”, como lo apodaban los lugareños, había amasado una considerable fortuna arrendando lavaderos de oro en toda la región junto con otros empresarios chilenos. Y se había vuelto popular durante una de las primeras huelgas que se llevaron a cabo en la Patagonia y que, curiosamente, no se había originado en un reclamo salarial sino en un alimento: el ñaco, una harina tostada muy consumida en Chile.

En aquellas épocas, en los contratos de trabajo de la minería se incluía una cláusula a través de la cual la patronal se comprometía a entregar una bolsita de ñaco, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los obreros venían a trabajar desde el otro lado de la cordillera. Cierto día, Hall se cansó de tener que pagar tanto dinero por el ñaco (se producía únicamente en Chile) y decidió violar el acuerdo. Y a él lo imitaron otros propietarios de minas. La bronca de los trabajadores fue tal que se levantaron en una famosa huelga que paralizó la actividad durante días y obligó a los empresarios a rever esa decisión.

Pero más allá de aquella anécdota, Hall era un tipo querido en Chos Malal, acaso por su simpático español trabado que pronunciaba con tanta dificultad y que siempre despertaba las risas de los lugareños. Cada vez que se enojaba, se le escapaba alguna palabra en inglés y se le mezclaba con otras criollas que se convertían en frases inentendibles. Quienes lo escuchaban se hacían un festín.

Hall estaba conforme y contento con la actividad que desarrollaba. Había encontrado una bella mujer que lo acompañaba, luego de un prudente período de viudez, y se llevaba muy bien con su suegro el gobernador, a quien consideraba un amigo.

Sin embargo, el trabajo en las minas y el trajín cotidiano y hasta monótono de aquellos parajes desolados lo habían cansado. Por eso, después de pensarlo varias veces, había decidido que era conveniente retirarse después de más de una década en aquella actividad tan dura.

Se cree que aquel lunes 27 de octubre Hall fue a Milla Michico a dar un último vistazo a los lavaderos de oro que se había desprendido y cerca del atardecer llegó a una sucursal de un comercio de Salvador Trotta, otro empresario chosmalense, a quien le habría alquilado una habitación en el mismo edificio. Ángel Zeta y Rafael Noriega, dos empleados del local, estaban terminando de despachar a los últimos clientes que habían llegado antes del cierre.

Nunca se supo cuántos hombres ingresaron aquella noche. Tampoco se tiene la certeza del horario en que fueron cometidos los crímenes ni cómo se desencadenaron los hechos.

Se sabe lo que contaron al día siguiente quienes encontraron los cuerpos de las víctimas. Corydon Hall, el Gringo, yacía con los pies sobre la cama y la cabeza apoyada en un baúl, atado de pies y manos. El cuerpo tenía signos de haber sido azotado. Tenía la lengua cortada y luego había sido degollado.

Los empleados habían corrido un destino similar: uno también tenía la garganta abierta con un cuchillo y el otro, el cráneo destrozado a golpes. Por todas las dependencias de la casa había sangre. Seguramente los asesinos habían torturado a los tres hombres antes de ejecutarlos. ¿Pero con qué fin?

Se estima que Hall tenía escondidos en ese lugar un total de 11,5 kilos de oro en polvo. También se cree que en el depósito había más pepitas de ese metal que muchos mineros habían guardado después de su día de trabajo. Todo era un botín más que tentador para cualquier bandido.

Lo cierto es que el triple crimen impactó y espantó a toda la región. El propio gobernador Olascoaga repudió el hecho y ordenó una investigación que desembocó en un gran número de allanamientos y una treintena de detenciones de sospechosos que podrían tener el perfil de los asesinos. Sin embargo, los responsables de aquel triple crimen nunca fueron descubiertos.

Los cuerpos de las tres víctimas fueron trasladados a Chos Malal para ser velados e inhumados en una ceremonia que contó con una gran cantidad de pueblerinos conmovidos con la noticia, pero no con Belinda, la esposa de Hall, quien se encontraba en Buenos Aires.

Testimonios de la época coinciden en el “triste fin que vino a tener el pobre míster Hall, lejos de su familia y en un paraje tan abandonado”.

Hoy la historia lo recuerda como el empresario minero, el de la huelga por el ñaco, aquel gringo que se había casado con la hija del gobernador.

Fuente: “Oro en la cordillera del viento”, de Hugo Alberto Bustamante.

El dato: Se cree que a Hall lo venían acechando desde el momento que vendió todas sus minas.

Atraído por la fiebre del oro neuquino

La fiebre del oro en el norte nequino a fines del siglo XIX atraía a trabajadores y empresarios de distintos lugares del país y del mundo. Corydon Hall era uno de ellos. El ingeniero estadounidense fue uno de los primeros en descubrir una mina de oro en la zona de Mayal Mahuida, a pocos kilómetros de Chos Malal, y se asoció con otros empresarios para explotarla.

Claro que el trabajo no fue fácil. Por aquel entonces, eran muy comunes los asaltos y los robos a quienes se dedicaban a la actividad. Hall fue una de esas víctimas. Y no sobrevivió.

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