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El día que murió Carlos Monzón, el campeón invencible que ganó la gloria y una condena eterna

El 8 de enero de 1995, Monzón volcó con su auto en la ruta en una salida laboral de la cárcel, a punto de cumplir su condena por asesinar a Alicia Muñiz.

Hace un mes y medio, cuando la muerte de Diego Maradona atravesaba el corazón de muchísima gente, de los más diversos orígenes y clases sociales, desde la ciudad inglesa de Leeds Marcelo Bielsa reflexionaba sobre el significado de los ídolos para la gente. Y decía que el ídolo permite que el pueblo crea que lo que esa persona hace, somos capaces de hacerlo todos. Y el rosarino cerraba su idea afirmando que la pérdida del ídolo golpea tanto a los más excluidos, porque son los que más necesitan creer que es posible triunfar. ¿Cómo encuadra Monzón en todo esto? Por imposición de sus manos, se convirtió en ídolo, aunque no eligió serlo. Pero lo disfrutó. Y por imposición de sus manos, también, se convirtió en femicida. Posiblemente tampoco eligió serlo, aunque tuvo opciones para evitarlo y no las tomó. Y a diferencia de su idolatría, su vida como preso condenado por haber matado a su ex pareja el 14 de febrero de 1988, no la disfrutó.

En 1989, cuando fue sentenciado a 11 años de cárcel, no existía la figura de femicidio. Tampoco en enero de 1995, cuando un accidente fatal le costó la vida a él, que iba al volante de un Renault 19 que dio más de siete vuelcos después de haber mordido la banquina a alta velocidad, y a su amigo Gerónimo Mottura. Con ellos viajaba la única sobreviviente a ese accidente, su cuñada Alicia Fessia, que muy malherida y llorando le suplicaba al doctor Altuna, quien a un costado de la ruta santafesina N° 1 le hizo la primera atención antes de trasladarla al hospital, “salven a Carlitos, salven a Carlitos”. Carlitos era Monzón, el campeón caído en desgracia; el que supo tener el mundo a sus pies y pasó los últimos siete años de su vida como un recluso más, como un asesino más.

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Monzón en la cárcel, cumpliendo la condena por matar a Alicia Muñiz.

Muchos habrán querido ser como Monzón, el enorme púgil de peso mediano, el mejor de la historia de esa categoría, pero nadie quería ser un “reo” en una celda sin privilegios. Sin embargo, en aquellos días, el ex boxeador empezaba a disfrutar de una libertad espaciada. Por buena conducta, le habían otorgado el beneficio de las salidas transitorias que él usaba para enseñar boxeo y visitar familiares. Estaba detenido en la cárcel Las Flores de Santa Fe, cerca de su pueblo, San Javier, cerca de su gente; y cerca de volver a sentirse ídolo. El cariño ya no era unánime como en su época dorada, la condena social fue más contundente que la judicial, que para el momento de su muerte entraba en la etapa final, porque poco más de un año después iba a conseguir la libertad condicional. Ese momento nunca llegó. Y un segmento de la gente que antes lo apreciaba, ya lo detestaba.

Por eso precisaba tanto del cariño de los que sí lo seguían considerando un gran campeón pese a todo, los que hacían el esfuerzo por separar al ídolo del femicida. No se puede ser bueno de 8 a 13, malo de 13 a 18, y otra vez bueno de las 18 en adelante. Somos un todo, con virtudes y defectos, y Monzón tenía de ambas cosas en extremos muy marcados: de lo mejor en el deporte, de lo peor en la vida. Pero su obra deportiva y popular parecía encaminarse a derribar la memoria de lo que había sido su más bajo instinto, y cada una de esas salidas se estaba convirtiendo en un muestrario de afecto que lo hacía soñar con una reinserción social más acorde con sus mejores años.

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Monzón en 1993, cuando ya tenía salidas transitorias para dar clases de boxeo.

Aquel domingo 8 de enero, el último día de su vida, fue sumamente feliz para Monzón. Arrancó en su pueblo, en San Javier, desde donde salió a media mañana camino a Santa Fe: a las 20 tenía la obligación de presentarse en el penal de Las Flores. Sin embargo, hubo una parada a instancias de su amigo y compañero de ruta, Gerónimo Mottura. Se desviaron en la localidad de Cayastá, donde en la casa de Domingo Ferrero se estaban terminando de cocinar a la parrilla un lechón y un cordero. Una mesa “regada” con vino y cerveza, un día sofocante con una sensación térmica que tocó los 45°C, una gran ocasión para disfrutar de esas horas de libertad.

Según reveló en una investigación el periodista santafesino Matías Salord, Monzón comió, bebió y fue el centro de la escena en ese almuerzo con no más de 10 personas a la mesa. Charló con todos, contó anécdotas, volvió a ser el ídolo, el campeón. Y lo disfrutó. Seguía convencido de su inocencia, insistía en que no mató a Alicia Muñiz, aunque no tenía argumentos sólidos que lo justificaran.

Antes de volver a subirse al Renault 19 y tomar la Ruta Provincial N° 1 camino a Santa Fe, caminó los 300 metros que separaban la casa en la que había sido la comilona del camping Julio Miño. Vestía un short y un gorrito de pescador, de esos estilo “Piluso”, en homenaje al histórico personaje infantil que compuso su íntimo amigo Alberto Olmedo, quien lo fue a visitar a la cárcel de Batán unos días después del femicidio de Alicia y unos días antes de su propia muerte, tras caer del balcón de un 11º piso del departamento que alquilaba en Mar del Plata, el 5 de marzo de 1988.

El camping era cruzado por el río San Javier y Monzón aprovechó para tirarse al agua, nadar y refrescarse. Antes y después, fue honrado por todos los que estaban pasando ese caluroso día de enero con saludos, sonrisas, aclamaciones, y también pedidos de fotos. Una de ellas, la última foto de Monzón vivo, es propiedad de Raúl Cardozo, quien tenía en aquel momento la concesión del camping. Su hijo los acompañó en esa imagen.

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La última foto de Monzón, con el dueño del camping donde almorzó y su hijo.

Según reconstruyó el periodista Salord aquellas últimas horas, Monzón no ocultaba su felicidad por sentirse querido por la gente. Cerca de las 17:30, ya de nuevo en la ruta, paró a cargar nafta en una estación de servicio Esso, donde además compró caramelos y una gaseosa. Y firmó el último autógrafo de su vida, al playero que le puso nafta a su auto, Antonio Cacharelo Delgado, quien advirtió que Monzón “había tomado” pero mayor era la felicidad que traía consigo. Media hora después, su auto zigzagueó antes de salirse de la cinta asfáltica, morder la banquina de tierra seca y empezar a dar tumbos. Carlos no tenía puesto el cinturón de seguridad y salió despedido del auto: murió desnucado.

Algunos especularon con que tuvo un infarto, otros con que estaba alcoholizado. El periodista de boxeo Hernán Santos Nicolini entrevistó años después a Alicia Fessia, quien dijo que el motivo del despiste tuvo que ver con que Monzón quiso sintonizar en la radio del auto el partido de su amado Colón de Santa Fe, que en realidad no jugaba ese día. Y se distrajo perdiendo el control del vehículo. Lo cierto es que a 10 kilómetros de Santa Rosa de Calchines, a la altura del paraje de los Cerrillos, en un tramo de ruta recta, Carlos Monzón se mató.

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El auto que conducía Monzón quedó destruido tras dar varios vuelcos.

No lo podía entender tampoco un vecino de la zona Abelardo Soratti, quien detuvo su auto porque vio tierra volando en un día sin viento. Y a la vista, sin autos. Pero sospechó que algo había ocurrido: a casi 40 metros de la ruta vio el coche volcado y destrozado. Y se encontró con el cuerpo de Monzón aunque no lo reconoció. Y mientras buscaba algún documento que identificara a ese cuerpo, otro hombre que paró detrás y se dirigió hacia los pastizales al costado de la ruta gritó “es Carlitos, es Carlitos”. Ahí ya no tuvo dudas.

Con el tiempo, en aquel paraje de los Cerrillos donde fue el accidente, el artista Roberto Favaretto Forner levantó un monumento a Carlos Monzón. Con el tiempo, también, se fue deteriorando y en los años recientes ya no hubo forma de pensar en una restauración: esa escultura era un homenaje sin sentido en el contexto actual. El propio Favaretto Forner anunció que su trabajo ya no sería restituido a ese lugar por pedido de un grupo de mujeres.

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El monumento a Carlos Monzón que años después generó una gran polémica.

“Las feministas entendemos que es una buena noticia, algo que veníamos planteando desde hace mucho tiempo”, dijo en 2019 la periodista Victoria Rodríguez, integrante de la mesa Ni Una Menos Santa Fe. La mujer llamaba a la reflexión acerca de “qué clase de ídolos elegimos y veneramos como para hacerle un monumento”. Y sin poner en duda los logros deportivos de Monzón, resaltó que “asesinó a Alicia Muñiz, cometió un femicidio y eso opaca cualquier logro que haya tenido. Fue un femicida y como tal debe tener una condena que también es social”.

La noche del 8 de enero de 1995, Monzón comenzó a ser velado en la municipalidad de la ciudad de Santa Fe y al día siguiente sus restos fueron llevados al cementerio local, donde unas 30 mil personas lo fueron a despedir al grito de “dale campeón”. La gente no estaba vitoreando al femicida, estaba despidiendo al tipo que alguna vez le dio una alegría, al que había tocado el cielo con sus puños y que varios años después, con esos mismos puños, tocó el infierno.

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