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Las ráfagas insistentes, que ayer superaron los 50 kilómetros por hora, fueron demasiado para el refugio de los guardavidas de Balsa Las Perlas. La estructura de metal y piso de madera sucumbió con el viento del oeste como si hubiese sido de cartón. Afortunadamente, no estaba ocupada y no hubo que lamentar heridos. Tras un poco de esfuerzo, volvió a su posición normal.