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Facundo Arana compartió imágenes de su aventura por el Monte Everest

Como hace diez años atrás, el actor busca llegar a la cima de la montaña más alta del mundo.

Facundo Arana vuelve a protagonizar una hazaña extrema. En 2016, el actor llegó a a 8.848 metros sobre el nivel del mar cuándo había alcanzado la cumbre del Monte Everest, cerrando una historia personal marcada por la insistencia: la revancha tras aquel intento fallido de 2012. Aquella expedición, de 45 días, no solo fue una hazaña deportiva, sino también para visibilizar la importancia de la donación de sangre.

Hoy, diez años más tarde, el actor vuelve a ponerse en marcha en una campaña similar. A través de sus redes sociales, Arana va narrando el pulso íntimo de la travesía, con postales que exponen la inmensidad del Himalaya y la humanidad de los pequeños gestos. En las últimas horas, desde Namche Bazaar —a 3.440 metros de altura— compartió una actualización breve: “Arrancamos a subir un poco para aclimatar. ¡Seguimos!”.

Namche no es una cima, pero es un punto neurálgico dentro del recorrido. Capital del mundo sherpa, enclave de paso obligado para quienes buscan llegar al Everest, funciona como un escenario donde el cuerpo aprende a convivir con la altura. Allí, los expedicionarios suben durante el día hacia puntos más elevados —como el Everest View Hotel, a 3.800 metros— y regresan a dormir al valle, en una danza milimétrica entre esfuerzo y adaptación. Es también, un cruce de culturas y de provisiones.

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Pero en medio de esa geografía imponente apareció lo inesperado: un perro. Un compañero improbable que irrumpió en la travesía de Arana. “De pronto, del otro lado del mundo te encontrás un amigo”, escribió el actor. Lo bautizaron Pandu.

La historia del perro que acompaña a Facundo Arana

Según relató Facundo Arana, el canino comenzó a seguirlos atraído por las galletas que le ofrecía Ngawang, el guía. Después vino el gesto que selló el vínculo: una campera compartida en la noche fría. Y entonces ya no hubo marcha atrás. “Como vamos los tres juntos, nos adoptó a los tres”, explicó. Desde ese momento, el perro se convirtió en parte de la expedición: camina unos pasos por delante, marca el ritmo, acompaña en silencio. A veces, incluso, se deja llevar en brazos. “Creo que va a venir hasta el base. No hay forma de echarlo”, dijo, entre la sorpresa y la ternura.

Las imágenes lo dicen todo: el cruce de un puente colgante suspendido sobre el vacío, el viento que corta la cara, las banderas que flamean como plegarias, y ese andar decidido del animal que parece conocer el camino mejor que nadie.

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También están las pausas: una mirada cómplice entre Arana y el perro, el descanso en la tierra fría, la montaña que asoma entre nubes como si eligiera cuándo dejarse ver.

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