Frente a la posibilidad de llevar otro tipo de vida López relató que a los 18 sufrió un accidente que no le permitió hacer más acrobacias, por lo cual su padre vendió el circo y se dedicaron a trabajar con un video club, luego con una heladería, aunque nada de eso lo convencía demasiado. Sin embargo, su experiencia en una fábrica lo hizo retornar a la carpa. “Es un recuerdo muy malo que tengo (risas). Había que levantarse a las cuatro a marcar tarjeta. Estar todo el día ahí y volver. A los 4 meses dije … se acabó … esto no es para mí... (risas). Nosotros los del circo somos un poco locos y bohemios como para hacer estas cosas. Estar entre cuatro paredes durante 8 o 9 horas era como tenerlo en la cárcel a uno. En el circo, si bien hay un pequeña rutina, es mucho más libre. Es como que el aire corre siempre”, recordó López
Lejos quedó esa época y su tiempo ahora se reparte entre los horarios de trabajo y las funciones que son solamente dos horas. Pero lo que más parece disfrutar López es el cambio constante. “Todo varía… nunca es igual el circo. Nunca queda puesto de la misma manera. El público nunca es el mismo… nunca tienen la misma emoción. Creo que es un poco lo que nos lleva a vivir este estilo de vida… siempre tener un patio diferente. Nunca es el asado “del domingo”… el asado es el día que tengas ganas. Somos como grandes mochileros que van viajando y conociendo culturas… provincias… lugares y llevando nuestro show para que se divierta la gente, Vamos conociendo y paseando y eso es maravilloso”, aseguró el hombre que sabe enfundarse de payaso.
Oliver Joe Pueyrredon nacido en el circo de su padre, el Real Español, en Brasil es un artista de tercera generación circense. Tiene 38 años y fue convocado por Cirque XXI como director artístico hace nueve años. Comenzó en la pista a los siete años con malambo, folklore y malabares. A los 12 ya trabajaba solo. Hizo trapecio, acrobacia y todo a lo que se animó dentro del circo. A pesar de lo particular de su vida el no lo percibe así porque “para mí es una vida normal la gente se acostumbra a lo que hace”, afirma. Pero reconoce que al intentar hacer una vida fija se inquieta, “cuando nos queremos quedar quietos se nos complica porque estamos acostumbrados a viajar. Pasa un mes y ya no sabemos que hacer”.
Oliver observa que los tiempos han cambiado y eso hace que el espectáculo sea renovado en forma constante. A pesar de las innovaciones, Oliver cree que “el circo siempre va a ser el circo.”
“Se puede cambiar el cortinado, poner más luces, cambiar la carpa, el maquillaje pero siempre va a ser le mismo circo. La esencia del circo es la alegría de la gente”, sostiene Pueyrredon.
Pueyrredon actualmente trabaja como instructor. Y si bien hay mucha gente joven que se ha integrado que salió de escuelas de circo, él se encarga de pulir a los artistas.
“Ellos traen la técnica y nosotros les tenemos que dar la esencia del circo. Eso el lo bueno que tiene el Circo. Le da oportunidades a todo tipo de personas. También se dan casos en los que trabajan como empleados de carpa y se preguntan si podrían aprender algo. Y luego hacen el intento”, dijo el “maestro”.
Oliver destaca que es muy importante respetar la pista. Si alguien quieren aprender, primero tiene que partir del respeto a la pista y después al público. Una vez que aprenden a hacer eso se les pueden enseñar.
“El sistema antiguo era mas crudo. Cuando entrenaba se recurría al “o te tiras o te tiras” y “te tenías que tirar porque tu papá se enojaba”, explicó Oliver, quien hace malabares y trabaja con su esposa y sus hijos. “Hoy hay más paciencia más psicología y protección con cinturones de seguridad. Pero antes decían ‘Yo lo hice así y vos lo tenés que hacer así’. Era la disciplina del circo”.
En el país existe una ley ‘golondrina’ que dispone que los niños con este tipo de vida concurran a las escuelas de cada lugar que visitan donde deben ser aceptados obligatoriamente por el tiempo que estén allí. Las maestras deben acompañar este proceso que se asienta en un cuaderno donde constan los exámenes y el año que cursan. “Soy un padre que prefiere que sus hijos estudien porque el estudio sirve para el desarrollo fundamental de cualquier persona mas allá de tener un oficio”, consideró López respecto al tema educativo.
Fabián viaja con su familia, su esposa y sus dos hijos, quienes trabajan con él. Justamente, con la libertad como herencia familiar, la vida circense parece continuar de generación en generación. “Mi hija, por una elección propia de ella, trabaja en la pista desde los cuatro años. Hoy va a cumplir 15 años. El nene a veces trabaja y otras no. Hay que dejarlos, cuando le nazca va a andar bien pero eso tiene que nacer de uno”, señaló López. Y acotó: “Al tener tanta libertad de vida creo que se las pasamos a los chicos y les damos lo mismo que nos dieron nuestros padres y ellos elijen”.