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Fervor patrio en un multitudinario festejo en el oeste

Miles de vecinos asistieron a un colorido desfile en un 25 de Mayo a pleno sol.

Sofía Sandoval

ssandoval@lmneuquen.com.ar

Neuquén

A las tres en punto, la hora pautada para iniciar la celebración del 25 de Mayo en la ciudad, ya eran miles los rostros que se enfocaban en el camuflado de los uniformes militares y el azul marino de los trajes de gala de la banda de la Policía, que rompía el murmullo de los presentes con las primeras estrofas del himno nacional.

Sobre el palco, los banderines celestes y blancos flameaban con la brisa de una tarde fresca y soleada, ideal para que miles de familias de Neuquén se acercaran al Parque del Oeste a disfrutar del chocolate caliente, las tortas fritas y las tradicionales propuestas lúdicas de la jornada patria.

Cuando las bandas concluyeron con el himno nacional, un par de zapatillas de lona roja se trepaban con dificultad sobre las vallas metálicas para que su dueño, un niño de unos 10 años, pudiera ver un poco más. Mientras sus ojos observaban a los soldados con una jovial curiosidad, su boca entonaba casi como por costumbre las estrofas del himno provincial.

“Me parece hermoso ver el desfile. Antes iba hasta el centro en colectivo y ahora aprovecho que lo tengo cerca de mi casa”. María Fue al desfile con toda la familia.

“¡Miren al cielo! ¡Miren arriba!”, la voz de la locutora resonó por los altoparlantes y miles de rostros de piel fría se inclinaron hacia un inmenso manto celeste que se cortaba apenas por una avioneta blanca. “Cinco, cuatro”, quiso contar el locutor, pero Lautaro y Guido Muñoz saltaron antes, para desplegar luego sus paracaídas y unas grandes banderas argentinas que flameaban en la altura.

El desfile inició con Horacio y su bicicleta antigua, a la que llama Fabricante de Sonrisas. Siguió con decenas de instituciones de Neuquén que no se quisieron perder la oportunidad para mostrarse ante una multitud.

Los alumnos de las escuelas desfilaban serios con sus banderas de ceremonias, los adultos mayores arrojaban besos a las autoridades del palco y las murgas se ocuparon de llenar la tarde de ritmo y color, con sus bailes vigorosos y sus caras recién pintadas. Los grupos scout pasaron con sus pañuelos al cuello y los tres dedos en alto de su tradicional saludo, mientras que un grupo religioso se ocupó de mecer en el aire una decena de panderetas.

“Vine porque mi hija desfila con su grupo de hockey. Siempre iba cuando se hacía en el Parque Central”. Claudio No se privó del chocolate caliente.

Más tarde, una muchedumbre de bailarines ocupó la calle para desplegar un gigantesco pericón, con la música de Javier Carrasco. Con diferentes edades y alturas, todas las bailarinas lucían un idéntico pelo tensado en complejos peinados y la misma tela floreada que adornaba sus vestidos. Cuando el sol se moría, las palmas de los folcloristas cortaban el aire de la tarde.

Más lejos de esa algarabía, el Parque del Oeste se llenó de música y color, con juegos inflables, carritos de comida, stands institucionales y otras opciones para los más chicos, que elegían sacarse fotos en un helicóptero militar, dar un paseo en karting a pedal y empacharse de tortas fritas y chocolate caliente, en la primera edición del tradicional desfile de la festividad.

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