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Fito Páez y el triple crimen de Rosario que marcó para siempre su vida y sus canciones

En 1986, sus madres postizas fueron asesinadas en un episodio inexplicable. Ante el dolor, el cantante se refugió en la música.

7 de noviembre de 1986. Una casa en Rosario. El sol ya calienta el aire sobre la calle Balcarce al 681. El marido de Fermina Godoy llega a la vivienda con un gesto de preocupación. Su esposa no llegó anoche después de su jornada de trabajo y tampoco avisó que se quedaría a dormir en casa de sus patronas.

Fermina, de 33 años, está embarazada de cuatro meses y trabaja como empleada doméstica en la casa de dos ancianas que portan un apellido célebre. Belia y Josefa son la abuela y la tía abuela de Fito Páez, el músico que sobrepasó las fronteras rosarinas para convertirse en un ícono del rock nacional. Son, también, sus madres postizas. La mamá de Fito murió cuando él tenía apenas 8 meses, y estas dos mujeres tomaron el timón de su crianza.

Ahora, sin Fito cerca, son dos adultas de 76 y 80 años que comparten el hogar, y que dependen de los cuidados de Fermina. La empleada cumple sus funciones en la casa de Balcarce y regresa a la suya, siempre a la misma hora. Pero, esa noche, algo se interpuso en sus planes.

El esposo de Fermina golpea la puerta, pero nadie sale a atender. Tras un llamado a la Policía, los patrulleros de la Comisaría Tercera acuden al lugar. Tienen que tirar la puerta abajo.

7 de noviembre de 1986. Un hotel en Rio de Janeiro. El sol carioca calienta las sábanas de hilado grueso de la habitación. Fito retoza al lado de su novia, que también porta un nombre reconocido en la escena musical. Quizás Fabiana Cantilo también escucha el timbrazo en el teléfono, pero el que atiende es Fito.

Una noticia impronunciable suena del otro lado del auricular. Un grito de furia atraviesa la garganta del cantante. Allí, en su casa de siempre, a casi 3 mil kilómetros del hotel, un triple asesinato había cambiado su vida para siempre. Belia, Josefa y Fermina fueron halladas muertas en un escena confusa. No era un robo, ni un accidente ni un ajuste de cuentas. Las habían matado sin un móvil aparente. Sin ninguna explicación.

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Las crónicas de la época ofrecieron los detalles. Josefa murió por ataques múltiples con un arma blanca y yacía, sin vida, en el pasillo de entrada. En el piso del dormitorio encontraron a Fermina, con una puñalada a la altura del corazón. Y, sobre la cama, estaba tendida Belia. El asesino le había disparado en la cabeza, usando una almohada para amortiguar el estruendo.

La policía detuvo al esposo de Fermina, que fue el primero en llegar a la escena del crimen. También a una pareja de allegados a la familia Páez. Pero ninguno de ellos aportó demasiados datos, y fueron liberados a las pocas horas.

Fito regresó de Brasil. Lo habían citado en la Comisaría Tercera para dar más información sobre sus abuelas, con la esperanza de que algún dato sobre sus vidas marcara el rumbo de una investigación que parecía haberse quedado estanca.

“Vine a contar cómo vivía mi familia en su casa, porque puede servir a la investigación; a contar cómo vivían esas maravillosas mujeres”, le dijo el músico a los periodistas después de salir de la oficina policial. “Mi abuela y mi tía eran las personas que más quise. Para mí eran como dos madres. No puedo creer esta cosa loca que ha ocurrido. No la entiendo. Es muy poco lo que puedo decir, con todo el lío que tengo en el mate”, agregó.

Mientras la investigación seguía su curso incierto, Fito volcó su dolor a la música y volvió a componer. Tenía pendiente la presentación de un disco junto a Luis Alberto Spinetta. En el estadio Obras tocó, por primera vez, una canción de su autoría que nombraba a sus abuelas. La llamó Ciudad de pobres corazones.

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“En esta puta ciudad todo se incendia y se va

Matan a pobres corazones

Matan a pobres corazones

En esta sucia ciudad no hay que seguir ni parar

Ciudad de locos corazones

Ciudad de locos corazones

No quiero salir a fumar, no quiero salir a la calle con vos

No quiero empezar a pensar quien puso la hierba en el viejo cajón

Buen día lexotanil, buen día señora, buen día doctor

Maldito sea tu amor, tu inmenso reino y tu ansiado dolor”

Fito se volcaba cada vez más a las canciones. No había consuelo ni pistas concretas que le dieran un cierre al triple asesinato. “Después del horror me empecé a dar manija y compuse, que era lo único que podía hacer”, dijo después en una entrevista.

Agosto de 1987. Paola es una mujer trans que camina por las calles de Rosario con el cuello engalanado con un vistoso collar. La joya había sido declarada como uno los pocos objetos robados de la casa de Balcarce. Los policías la citan a declarar y ella afirma que el collar fue un regalo de su novio, Walter De Giusti.

Con esos datos, la Policía allana la casa de los De Giusti. En Güemes al 2130, a escasas cuadras de la escena del crimen, encuentran otra pista. Allí habían conservado un grabador que el propio Fito le había regalado a su abuela.

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Walter de Giusti, el asesino de la abuela y la tía de Fito Páez.

En diciembre de 1986, un mes después del triple asesinato, Walter había ingresado a la escuela de Policía, por lo que al momento del allanamiento cumplía funciones en la subcomisaría de Pueblo Esther, a escasa distancia de Rosario.

Durante el juicio, se comprobó que Fermina y las abuelas de Fito no eran las primeras víctimas de De Giusti. En octubre de 1986, y con su hermano Carlos como cómplice, había ingresado a una vivienda para hacer trabajos de plomería y había asesinado a golpes a una mujer de 86 años y a su hija adoptiva, de 31.

Walter confesó todo. Se declaró culpable de los cinco asesinatos y, por esos delitos, recibió la pena de prisión perpetua. También lo retiraron de la Policía, aunque siguió cobrando el 70% de su sueldo durante seis años más.

Durante el juicio se encontraron algunos hilos que unían la vida del asesino con la de Fito Páez. Ambos vivían a escasas cuadras de distancia y habían asistido juntos a la escuela secundaria Dante Alighieri. Walter también era músico: tocaba la guitarra en una banda de heavy metal.

Diez años después, la defensa de De Giusti consiguió que le redujeran la pena a 24 años de prisión. Pero esa década tras las rejas complicó su salud: Walter contrajo VIH y perdió parte de la visión, por lo que fue beneficiado con prisión domiciliaria.

En 1998, Walter ya se sentía un hombre libre. Frecuentaba un bar de San Luis y Balcarce, en donde se jactaba de haber cumplido ya con su condena. Pero fue descubierto por un amigo de Benjamín Ávalos, el juez jubilado que había condenado al quíntuple homicida. Se supo, entonces, que salía de su casa todos los días y que, a pesar de haber aducido principio de ceguera, se movía por Rosario en un Fiat 600 amarillo.

Ávalos decidió hacer algo al respecto y pidió a un nuevo juez que comprobara si De Giusti cumplía con el arresto domiciliario. Como no lo encontraron en su casa de la calle Güemes, el asesino fue enviado otra vez a prisión.

Aunque se había argumentado que las patologías de Walter no tenían la gravedad suficiente para justificar un arresto en casa, el condenado se descompensó pocos meses después de haber reingresado en la cárcel. Fue trasladado a un hospital pero, el 12 de junio de 1998, murió por complicaciones derivadas del VIH.

El verdadero móvil detrás del asesinato permanece aún como un misterio. Un ánimo obsesivo hacia el cantante no explicaría los delitos previos al triple crimen de la calle Balcarce. Y así, el hecho se conserva como un arranque inexplicable, casi absurdo, propio de los locos corazones que Fito inmortalizó en su canción.

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