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El 19 y el 20 de diciembre de 2001 fueron días turbulentos para Neuquén. En consonancia con lo que ocurría en todas las ciudades del país, miles de personas salieron a las calles en un estallido social para expresar el malestar con el gobierno ante las crecientes cifras de pobreza y desocupación, que dejaban de ser estadísticas para volverse carne en el hambre de la población.
El calor de diciembre aplastaba a los manifestantes que salían con sus cacerolas y a los saqueadores que, en medio de la escalada de violencia, escapaban de las fuerzas de seguridad a puro sudor y sangre. Los gases lacrimógenos, las piedras y las balas de goma trazaban el aire espeso de esa semana feroz, y los lentes de los reporteros gráficos capturaban escenas de guerras urbanas.
El fuego de los piquetes y el agua de los camiones hidrantes y la