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El invierno de 1995 lejos estaba de tener como eje noticioso al coronavirus. Sin embargo, fue la neumonía, tan tristemente nombrada en el último año y medio, la que apagó la vida de uno de los deportistas más brillantes de la historia de la Argentina: Juan Manuel Fangio, quien no pudo superar esa insuficiencia respiratoria que con 84 años cumplidos 23 días antes, le provocó la muerte el 17 de julio. Se encontraba internado, venía sufriendo una tras otra complicación en su salud. Estaba grande. Y era un grande. Tanto que el entonces presidente argentino Carlos Menem, que lo idolatraba desde su fanatismo por los autos, decidió poner a disposición el Salón Dorado de la Casa Rosada, donde los restos del quíntuple campeón mundial de Fórmula Uno fueron velados durante cuatro horas antes de ser trasladados a Balcarce, el lugar en el que Fangio había nacido y donde tuvo un segundo velorio antes de ser llevado al Panteón familiar del cementerio de esa ciudad bonaerense.
La historia de Fangio, como la de tantos deportistas de elite, se resume en la pasión, el talento y la buena suerte. Lo primero, porque es el combustible que lleva a arrancar todos los días sin perder el norte, lo segundo, porque si no hay algo innato en el interior es imposible, y lo tercero… porque sí. Simplemente por eso, porque sin una dosis de buena fortuna todo puede acabarse antes de empezar o la carrera sufrir un desvío que cambie por completo la historia. Fangio tuvo su dualidad, porque si bien desde muy chico lo atraparon los autos y consiguió un trabajito apenas entrando a la adolescencia en un taller mecánico (que lo llevó a dejar los estudios una vez terminada la escuela Primaria, a pesar de sus buenas notas), otro deporte también lo enloquecía y cuando lo practicaba mostraba buenas condiciones: el fútbol.
Su etapa como futbolista comenzó a los 14 en el club Ferroviarios pero al poco tiempo sufrió un parate inesperado: tras cumplir 16 se enfermó de pleuresía y los problemas respiratorios provocados por esta infección lo llevaron a estar algunos meses internado. Demoró bastante en curarse y alcanzar la recuperación que le devolviera la vitalidad física que había perdido, a pesar de ser un adolescente con buenas condiciones atléticas, por lo que se perdió toda la temporada. La contención de sus amigos resultó de vital importancia para que ese pibe de buenas aptitudes para la pelota volviera a las canchas. Y lo hizo en otro equipo, Rivadavia, donde estuvo un tiempo hasta que a los 19 años debió unirse al Ejército, convocado al servicio militar obligatorio -en Campo de Mayo, a unos 15 kilómetros al oeste de la Ciudad de Buenos Aires-. De regreso en su pueblo, un año después, pasó por Club Leandro N. Alem y ya en Primera División fue campeón al igual que en Mitre, donde jugó dos años antes de regresar a Rivadavia en 1935: ahí fue bicampeón. En total, fueron cuatro títulos en la Liga Balcarceña de Fútbol.
¿Cómo jugaba Juan Manuel Fangio? Era habilidoso, veloz y con bastante precisión para meter goles (toda una señal para lo que sería su futuro en las pistas). Su forma de correr hizo que se ganara el apodo que lo acompañó el resto de su vida: “Chueco”. En leguaje de la época, su puesto era “insider derecho”, lo que hoy sería un mediocampista por ese sector, quizás un carrilero con llegada o tal vez un extremo. Sus buenos desempeños lo llevaron a ser convocado a la selección de Balcarce, donde fue titular y supo destacarse en varios duelos contra combinados de ciudades vecinas, como uno que jugó el 25 de agosto de 1935, de visitante en Necochea, equipo al que derrotaron 1-0 con gol suyo. “El partido se definió recién en los últimos instantes con un impacto de cabeza concretado con gran estilo por el insider derecho Juan Fangio”, decía la crónica de aquel encuentro del periódico local Ecos Diarios.
Fangio habría avanzado como futbolista si no hubiese tenido en su cabeza el fuerte debate interno con el automovilismo. Incluso sus padres, Loreto Fangio y Herminia D’Eramo, apoyaban más la idea de tener un hijo hábil y veloz como jugador de fútbol que como corredor de autos. Al matrimonio el temor lo acompañó desde el primero hasta el último día en que su hijo se subió a un coche de carreras, aun cuando ya estaba consagrado como el mejor conductor del mundo. El propio Juan Manuel contó que ni su papá ni su mamá jamás lo fueron a ver en una carrera.
Pero el destino lo fue acercando a los motores y alejando de la pelota, que siguió siendo una recreación entre amigos sin mayores obligaciones. La decisión de montar un taller mecánico, como aquel de la adolescencia, cuando con la excusa de barrer el piso se subía a los autos y les daba marcha adelante y marcha atrás para probar así las primeras sensaciones de manejo, terminó siendo la puerta para lo que evidentemente más deseaba. Loreto le donó una porción del terreno frente a su casa para levantar ahí el galpón que, finalmente, fue su primer taller. Ahora se trataba de arreglar los autos, paso previo a prepararlos para las carreras que comenzaron a llegar un par de años más tarde: el 24 de octubre de 1936, en el circuito bonaerense de Benito Juárez, debutó en un auto que le prestó el padre de su amigo, Gilberto Bianculli.
No fue una carrera oficial y lo curioso fue que don Bianculli le había puesto una sola condición: el Ford A que le prestaba debía volver intacto, porque el hombre lo usaba como taxi. Y Fangio cumplió, aunque antes de entregarlo debió pasarlo por su propio taller y hacerle algunas reparaciones: a dos vueltas de terminar la carrera y yendo nada menos que en la tercera posición, fundió el motor. Pero no se rindió. Volvió a pedir ayuda y a anotarse en otra competencia tres semanas después y en este caso terminó con el auto estrellado contra un poste. Sin embargo, estas frustraciones templaron su carácter y afirmaron sus convicciones. Y en 1938 se lanzó oficialmente a ser piloto de automovilismo y un año después, en el Gran Premio Argentino de Carreteras, vivió el primer reconocimiento en dinero: cobró un cheque de 2.000 pesos como premio por su quinto puesto en la competencia. Los botines y el pantalón corto de fútbol quedaron archivados para siempre.
Los éxitos sobre cuatro ruedas comenzaron a llegar enseguida, porque en 1940 y 1941 ya inscribió su nombre como campeón en el popular TC sobre un Chevrolet y luego su vida apuntó al exterior, en especial luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando formó parte del equipo del Automóvil Club Argentino y empezó a mostrar su destreza en los autódromos europeos. Ya estaba listo para ser la aplanadora que fue en la F1 a partir de 1950, cuando arrancó la máxima categoría del automovilismo mundial y lo tuvo como subcampeón. Al año siguiente llegaría el primer título y entre 1954 y 1957, otros cuatro campeonatos. Y en 1958 el retiro, con 47 años de edad, más del 50% de las carreras en las que participó ganadas, y siendo el rey de la Fórmula Uno con un récord imbatible en todo el siglo XX que recién en 2003 Michael Schumacher logró superar (y ganar el séptimo título al año siguiente) como también lo hizo Lewis Hamilton en 2019 (y en 2020 salió campeón por séptima vez). En más de 70 años de Fórmula Uno, sólo dos corredores lo superaron.
Por eso su grandeza lo mantuvo en lo más alto a través del tiempo y aun retirado continuó siendo la referencia más importante de la categoría. Haciendo gala de ese reconocimiento, en diciembre de 1970, en una exhibición en Medio Oriente para Mercedes-Benz -la automotriz que lo consagró con la famosa “Flecha de Plata” y lo había adoptado como su rostro más importante en todo el mundo- tuvo la primera advertencia fuerte en su salud. El hombre que había sufrido algunos accidentes gravísimos y se había recuperado, el que sostenía que “para un piloto de carreras no hay nada que garantice su vida, la muerte siempre corre a su lado y va en un auto que es más veloz”, se encontraba con un contratiempo impensado: sufrir un ataque al corazón. Los médicos le salvaron la vida y un año después, en una clínica de los Estados Unidos, pasó por las manos del joven cardiocirujano argentino, René Favaloro, quien ya le había anunciado al mundo su técnica del by-pass. Y a falta de uno, le hizo cinco al Quíntuple, que ya tenía 60 años.
Todavía era un hombre joven y deportista, aunque aquel infarto fue una marca que le dejó huella. Diez años después, relacionado con la misma patología y la hipertensión arterial, comenzó a tener problemas en los riñones, donde además de insuficiencia renal, en 1992 le detectaron un tumor en uno de ellos y fue operado. Fangio ya tenía 81 años y muchos problemas de salud, pero seguía girando por el planeta, en representación de Mercedes-Benz o como invitado estelar a diferentes circuitos de la F1.
“Es fácil morir sin darse cuenta: entre la vida y la muerte no hay nada…”, había dicho luego del terrible accidente que sufrió en Perú, en el Gran Premio del Sur de 1948, como consecuencia de una mala maniobra suya y del que resultó apenas con algunas fracturas aunque su copiloto, Daniel Urrutia, no sobrevivió. Fangio pensaba así porque cargó con la culpa de vivir siendo responsable de la muerte de su amigo. Nunca se lo perdonó. Y, paradojas del destino, se terminó muriendo dándose cuenta. Sufriendo y odiando las diálisis, y bancándose como podía los achaques propios de la vejez. Pero también, y lo supo perfectamente, disfrutando de ser quién era. El tipo de pueblo aclamado en todo el mundo; el que pudo ser un muy buen futbolista pero eligió ser corredor de autos, el mejor de la historia.