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La increíble historia de Jenaro Gajardo Vera, el chileno que fue el primer dueño de la Luna

Gajardo Vera tuvo una idea genial para que un club que lo había rechazado por no tener una propiedad lo aceptara: ser el dueño de la Luna. Y lo concretó.

Jenaro Gajardo Vera fue un lunático. Chileno de nacimiento, abogado de profesión, pero con alma de poeta, se apropió de la Luna mucho antes de que existiese el tratado sobre el espacio ultraterrestre, cuando Dennis Hope todavía no comercializaba las parcelas del satélite. Incluso se proclamó su dueño antes de que Neil Armstrong diera un gran paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad. Con pocos recursos en el bolsillo pero ideas ambiciosas en la cabeza, Jenaro Gajardo Vera se convirtió en el primer hombre en comprar la Luna.

En los años ‘50, Gajardo Vera se asentó en Talca, una ciudad ubicada justo en el centro de Chile. De carácter extrovertido, amistoso y jovial, decidió inscribirse en el Club Talca, un exclusivo grupo social que reunía a los personajes de mayor renombre de la urbe. Y aunque fue bien recibido como invitado, le negaron la membresía. La profesión de abogado lo incluía dentro del círculo, así como también los tres libros que tenía publicados. Sin embargo, le faltaba un requisito fundamental para poder formar parte: tener una propiedad.

Ya era de noche cuando Jenaro Gajardo Vera volvía hacia su casa, protestando por la injusticia de que los bienes materiales valieran más que sus logros intelectuales. Sumido en sus cavilaciones, en la Plaza Central frenó en seco cuando vio a la Luna. Ver su figura, brillante y tan blanca, inalcanzable y llena de magia, lo hizo comenzar a divagar entre la ficción y la realidad. Si es un satélite natural de la Tierra, ¿tendría dueño? ¿O él podría ser el primero? Cuando llegó a su casa, se sentó a revisar sus libros de derecho y descubrió que no había regulación al respecto. Un terreno de nadie y al mismo tiempo de todos.

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Un rechazo y una idea loca hicieron a Jenaro Gajardo Vera el primer dueño de la Luna.

A la mañana siguiente, Jenaro Gajardo Vera se presentó ante la oficina del Notario Público de Talca, el señor César Jiménez Fuenzalida. Con una firme determinación, le dijo que quería certificar que la Luna era suya. En teoría, tenían que dejarlo. La ley chilena permitía solicitar el título de posesión sobre una propiedad no reclamada.

- “¿Sabés lo que estás haciendo Gajardo?”, le preguntó Fuenzalida un poco desconcertado. Al ver la seriedad en la cara del lunático, agregó: “Tenés toda la razón, la Luna pertenece a la Tierra, tiene deslindes y dimensiones. Además, no creo que nadie la haya inscrito. Pero de acá en adelante te van a tildar de loco”.

- “No me importa”, respondió.

Antes de ser su dueño legítimo, tuvo que publicar durante tres días en un diario local dando aviso de sus intenciones. Un mes después, y sin haber recibido objeción alguna, pagó 42.000 pesos chilenos de la época para los gastos de la escritura y concretó las publicaciones en el Diario Oficial.

Finalmente, el 25 de septiembre de 1954 se fue del Estudio Notarial con su escritura en mano. “Jenaro Gajardo Vera, abogado, es dueño, desde antes del año 1.857, uniendo su posesión a la de sus antecesores, del astro, satélite único de la Tierra, de un diámetro de 3.475.00 kilómetros, denominada LUNA, y cuyos deslindes por ser esferoidal son: Norte, Sur, Oriente y Poniente, espacio sideral. Fija su domicilio en calle 1 oriente 1.270 y su estado civil es soltero", cita el documento que hasta el día de hoy se conserva en el Archivo Judicial de Santiago de Chile.

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El documento oficial del 25 de septiembre de 1954 que señala a Jenaro Gajardo Vera como dueño de la Luna.

Los primeros en conocer su nueva adquisición fueron los miembros del Club de Talca. “Mire usted que se ha preocupado tanto por los bienes materiales: he inscrito el satélite lunar de acuerdo a la Ley, así que me pertenece. Aquí está la copia de la inscripción autorizada por el Conservador de Bienes Raíces”, proclamó Gajardo Vera ante quienes le habían rechazado su admisión. Según contó el abogado, inmediatamente le pidieron unas disculpas y reconocieron haber aprendido la lección.

La historia, lejos de quedar tan solo en una anécdota, comenzó a desparramarse por el boca a boca. Primero los diarios locales escribieron sobre tan inusual noticia, luego los medios nacionales. Al poco tiempo, el nombre de Jenaro Gajardo Vera ya había trascendido fronteras y todo el mundo comenzó a enterarse que la Luna tenía dueño y que el propietario era chileno. “Muchas veces me llamaron loco, pero nunca estúpido”, reconoció años después en una entrevista que le concedió al diario estadounidense The Evening Independent.

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Quine años después de que Jenaro Gajardo Vera se hiciera su dueño, el hombre llagaba a la Luna.

La historia del talquino tiene deslices que rozan lo ficticio. En 1969, el Apolo 11 se preparaba para aterrizar por primera vez en la Luna y marcar un antes y un después en la Historia de la Humanidad. “Cuando compré la luna no creí que el hombre podría llegar hasta ella tan pronto. Pensé que el hombre no llegaría antes del año 2000”, admitió en mayo de ese año, cuando la noticia nuevamente volvió a revivir tras 15 largos años en el entierro.

Según contó Gajardo Vera en más de una ocasión, el entonces Presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, se comunicó con él a través del embajador estadounidense en Chile para pedirle la “autorización para el descenso de los astronautas Aldrin, Collin y Armstrong en el satélite lunar que le pertenece”.

“En nombre de Jefferson, de Washington y del gran poeta Walt Whitman, autorizo el descenso de Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que me pertenece, y lo que más me interesa no es sólo un feliz descenso de los astronautas, de esos valientes, sino también un feliz regreso a su Patria. Gracias, señor Presidente”, fue la respuesta que le concedió el chileno. Si bien en su momento algunos medios hicieron eco de la contestación de Gajardo Vera, nunca se conoció documentación real que respalde que tal intercambio de mensajes protocolares y sin sentido alguna vez ocurrió.

MISIÓN APOLO 11 | 50 aniversario de la llegada a la Luna

Ante su fama, tampoco faltó ocasión para que se le aparecieran en la puerta de su casa funcionarios del Servicio de Impuestos Internos, dispuestos a cobrarle por las contribuciones respectivas y acusado de evasión de impuestos. Abogado y conocedor de las leyes, Jenaro les retrucó: “Vayan a tasar el terreno. No quiero hacer trampa con mis impuestos, pero como no sé el valor de la Luna, pueden hacerlo ustedes y decirme cuánto depositar”. Contándolo entre risas, agregó que nunca más volvieron a exigirle ni un peso.

A pesar de ser el dueño de la Luna, Gajardo Vera nunca fue rico ni quiso sacarle provecho económico a la situación. Ocasiones no faltaron: fueron varios los interesados en comprarle una porción de terreno lunar, pero siempre se negó.

“No la inscribí con ese afán. Si obtenía dinero por ella, la historia se echaría a perder. Quise hacer un acto poético de protesta interviniendo en la selección de los posibles habitantes del satélite y sacarle partido para que la Humanidad tuviera un poco más de paz. Cuando inscribí el satélite deseé de alguna manera controlar la gente que iba a habitarlo, para que no existiera ni el odio, ni la envidia y menos el flagelo de la guerra”, explicó a los periodistas.

Durante 79 años vivió una vida de película. Le recitó sus poemas a Pablo Neruda, pintó muchos cuadros y se casó tres veces. También se adueñó de la Luna, aunque su valor siempre fue simbólico. En sus últimos años de vida subsistió gracias a una mínima jubilación. Cuando en 1998 presintió que el final de su historia estaba cerca, decidió redactar su testamento: “Dejo a mi pueblo la Luna, llena de amor por sus penas”.

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Jenaro Gajardo Vera murió el 3 de mayo de 1998. Todavía era el dueño de la Luna.

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