{# #} {# #}

ver más

La increíble historia de superación de un atleta no vidente que desafía a las montañas

Miguel Ángel Manríquez vive una carrera constante contra los obstáculos del destino. Dos acciones en distintos momentos de su vida le arrebataron la vista, pero él siguió peleando. Un ejemplo de sacrificio y de recuperación.

Por Melisa Reinhold - Especial

“Dale que solo te quedan 200 metros”, fueron las palabras que le ablandaron el cuerpo entero. Después de haber corrido casi 110 kilómetros sin parar, de repente sentía que sus piernas lo habían abandonado y el aire le faltaba. Los gritos del público cada vez eran más fuertes, pero sus pasos se volvían más torpes. En eso, su novia y su hija se aparecieron al rescate para ayudarlo a transitar los escasos metros que lo separaban de la meta. Lo que sentía no era cansancio, era otra cosa. Una de esas emociones que nos invaden desde lo más adentro nuestro, ahí, por el corazón. Eso que le llaman emoción, orgullo, superación. Lo había logrado. Él, Miguel Ángel Manríquez, había corrido durante 27 horas y media, trepando montañas y saltando piedras, en la más oscura ceguera.

Miguel Ángel no fue ciego desde el nacimiento. Tampoco era corredor antes del accidente. Sin embargo, él dice que probablemente el alma de runner ya la llevaba dentro desde hacía tiempo, solamente le faltaba explorar aquella faceta.

En los 110 kilómetros del Patagonia Run que corrió en abril del año pasado logró un buen promedio. Obtuvo el puesto 294 entre los 395 hombres inscriptos y salió el corredor número 368 en llegar a la meta entre los 550 que participaron.

También realizó el Cruce de Columbia en diciembre. Salió de San Martín de los Andes, su pueblo, recorrió 100 kilómetros a través del volcán Lanín y cruzó la meta en Chile. En esa ocasión, Manríquez llegó en el puesto 428 entre los 800 participantes de la categoría individual de gente de entre 50 y 59 años. Hoy él tiene 54.

“Esa sí que fue picantita. Tuvimos que cruzar el Lanín casi por la mitad y correr sobre la nieve. Había corrido en esa superficie, pero nunca con tanta magnitud. Había muchas piedras, también había bajadas en que la cabeza de Cristian, mi guía, me quedaba a la altura en donde suele estar su cintura. Y así eran bajar 500, 1000 metros. Eran bajadas en serio, cañadones impresionantes, con barro, con todo”, recuerda Manríquez.

Difíciles o no, jamás abandonó una carrera que ya había empezado.

Los accidentes

A los nueve años, Miguel Ángel se encontraba jugando con un palo en la chacra de sus abuelos cuando por accidente se lo terminó clavando en el ojo. Su médico de aquel momento le había pedido que tuviera paciencia, que lo que tenía era una especie de cataratas y que cuando cumpliese los 18 años podría operarse y recuperar su visión por completo.

Soportó durante toda la adolescencia las burlas, el bullying en el colegio, las dificultades que le generaban ser monocular en su vida diaria. “Por eso cuando cumplí los 18 años, te imaginarás. A los 18 años y dos días ya estaba en la clínica para operarme. Pero la respuesta que recibí fue que esa operación me la debería haber hecho apenas había ocurrido el accidente, que ya no se podía hacer nada”, cuenta.

Aunque su entorno lo asesoró sobre cómo denunciar a su oculista de la infancia por mala praxis, él prefirió no hacerlo. En cambio, lo fue a buscar para enfrentarlo cara a cara y pedirle que nunca más cometiera un error como aquel y mucho menos que jugara con las esperanzas de la gente. Su médico, llorando, le prometió que así lo haría.

El incidente pasó, la vida siguió su curso. Se casó, logró tener una hija después de buscarla durante 17 años y, pese a que nació con un corazón débil, superó la enfermedad y ya podía tener una infancia bastante normal.

Todo marchaba relativamente bien. Pero un accidente laboral le quitó la vista de su ojo sano a los 44 años.

Trabajaba con gaviones para una gran empresa. Manipulaban todos los días alambres y piedras, pero no tenía protección de ningún tipo. En algún momento la compañía había repartido dos antiparras para que compartieran entre él y tres compañeros más, y se las iban turnando de acuerdo con quién correría más riesgo esa jornada.

Algún día las antiparras se rompieron y nunca nadie las repuso. Durante un tiempo Miguel Ángel llevó una desde su casa pero, el día en que decidió dejar de hacerlo, tuvo la mala suerte de que un alambre fue a parar a su ojo derecho.

“Después de sacar la cuenta y hablarlo con otras personas, me di cuenta de que por diez pesos me quedé ciego. Eran unas antiparras. Todos se enteraron por mi accidente de la importancia de usarlas, porque dos días después llovían antiparras para los empleados”, cuenta.

La ambulancia lo llevó a un centro especializado de ojos y cuando entró en la clínica no lo podía creer. Aunque no veía, reconoció la voz de inmediato. Pensó que tal vez estaba alucinando, en su mente él ya estaría muerto. Pero allí estaba, el mismo médico que lo atendió aquella vez cuando quedó ciego del ojo izquierdo a los nueve años. Había caído en las mismas manos nuevamente. Increíble.

El oftalmólogo no daba crédito a lo que estaba pasando. Parecía el karma representado en un solo paciente. Entendió que era su momento para saldar viejas cuentas y, aunque ya por su edad había dejado de operar, le prometió poner a su disposición al mejor profesional que tuviese la clínica. Hicieron lo que pudieron. Así y todo, el daño había sido irreparable.

p13-f1-nqn(SCE_ID=423694).jpg

Puentes de luz

–“Denle el alta así puede jubilarse”. –“No, tiene que venir a trabajar. –“ No señor, está ciego”. –“No, no está ciego”. –“Pero señor, lo tengo delante mío, el hombre está ciego. Tiene que darle el alta para poderlo jubilar”.

Como si fuera poco todo lo que había pasado, entre el personal de la Anses y la ART discutían si Miguel Ángel realmente había quedado ciego o no después del accidente. Desde la ART argumentaban que no se había hecho el preocupacional cuando entró a trabajar y por eso ellos no sabían que él era monocular desde chico. “Me trataron de loco, de mentiroso. Es al día de hoy que todavía no me jubilo, solo tengo una pensión por discapacidad”, explica Manríquez.

Sin trabajo, sin posibilidades de conseguir uno y sin el alta en la Anses, su futuro cercano no parecía muy alentador. Sin embargo, un envión repentino lo llevó a inscribirse en un taller de radio que, sin saberlo, resultó ser de la organización no gubernamental (ONG) Puentes de Luz, una institución que ayuda a personas con discapacidad.

“Mirá que acá hay que trabajar, no es buscar la bolsita y te vas”, le dijo Luis Rodríguez, presidente de la organización, cuando Miguel Ángel se presentó en la organización y le explicaron que ellos podían brindarle una mano.

“Igual yo tampoco quería eso, trabajé desde mis 12 y de repente no sabía qué hacer de mi vida, porque no sabía ni caminar, ni comer, nada. Recién salía de las operaciones y no tenía nada, estaba en la calle porque el sistema me dejó así. Y tenía una nena de dos añitos y medio con problemas de salud, porque ella tenía un trasplante de corazón y además una casa en construcción”, relata Manríquez.

Miguel Ángel se acordó de la chacra de sus abuelos, de cómo su papá se dedicaba a la agricultura, recordó sus orígenes y decidió que por ahí era buen momento para reconectarse con ese pasado. Le contestó a Luis que quería poner un invernadero.

Desde la oscuridad absoluta fue diseñando en dónde irían los canteros y qué clase de verduras plantaría. Poco tiempo después se concretó el emprendimiento Sabor Natural y hoy la marca se consolidó y vende a nivel nacional sus dulces de frutos patagónicos, blends de especias, frutas secas y aromáticas.

“Ahí me cambió la vida. Y lo más lindo es que cuando la gente me pregunta ‘¿a dónde vas?’ o ‘¿de dónde venís?’, puedo contestarles ‘de trabajar’”, agrega con orgullo el atleta.

Puentes de Luz, para él, le dio todo. Le puso un plato sobre la mesa, lo ayudó a salir adelante y le regaló un peluche a su hija para Navidad cuando no tenía dinero para comprarle uno. Manríquez sentía la necesidad de comprometerse más con la institución para devolver todo lo que le habían dado. Y la oportunidad le llegó en forma de llamada.

A fines del año pasado, el programa ¿Quién quiere ser millonario? lo convocó para que participara en el concurso de preguntas y respuestas. “Yo me siento más cómodo corriendo que yendo a un programa de televisión a responder preguntas. Yo no terminé el secundario porque a los 12 falleció mi mamá y tuve que ponerme a trabajar, me falta un poco de escuela. Pero la gente me decía que era una buena manera de visibilizar el trabajo de Puentes de Luz”, explica.

No llegó a la última pregunta, pero sí le fue muy bien y se plantó antes de seguir arriesgándose para asegurarse parte del premio. Ganó $130.000 y donó todo a la ONG.

“Puentes de Luz me puso comida sobre la mesa esos días que no tenía para comer. Y no hay cosa más sagrada, creería yo, que alguien te dé la comida cuando no la tenés. Eso no tiene precio. No me volví loco, no me puse contra la sociedad, solo salir adelante con pequeños o grandes gestos”, reflexiona.

p13-f2-nqn(SCE_ID=423695).jpg

Palabras que movilizan

“Pa, vayamos a correr”, le dijo su hija Solange de cuatro añitos. Estaba comenzando el jardín y, como era tradición en la institución, se haría una competencia escolar en donde padres y chicos tenían que dar una vuelta por el centro de San Martín de los Andes.

“No, corazón, tengo miedo de hacerte caer, de chocarme con la gente. Soy ciego. Tengo miedo...”. Miguel Ángel no llegó a completar la frase que su hija se dio media vuelta y se dirigió a su mamá. “No me quiere acompañar, ma. Vamos”…

Su hija y su esposa se fueron a la competencia, pero Manríquez se quedó toda esa tarde con las palabras zumbando en sus oídos. “En ningún momento me dijo ‘no me puede acompañar’, dijo que yo no quería. Y me quedé pensando y me dije a mí mismo que estaba ciego pero podía caminar, podía hablar, moverme, hacer un montón de cosas. Me pregunté qué estaba haciendo con mi vida y me propuse a cambiar eso”, explica diez años después de aquella conversación.

A partir de ese día, las cosas fueron cambiando. Comenzó a adueñarse de nuevo de su cuerpo, de sus movimientos. Empezó a ir a la plaza acompañado de su hija, mientras él le tocaba loa hombros para poder seguir sus pasos y ella lo guiaba durante todo el recorrido. “Acá hay un pedacito de roca. Acá hay una hojita. Ahí hay un palito”, le explicaba Solange, mientras a él se le iba dibujando el paisaje dentro de su cabeza.

Los roles habían cambiado. No hacía tanto tiempo atrás era Miguel Ángel el que la guiaba a su hija a través de la casa para entretenerla y que no se quitara la sonda que le habían puesto los médicos por su miocarditis. “Yo caminaba alrededor de la casa y le decía ‘acá hay un cuadro, una ventana, una heladera’. ¿Y qué loco, no? Porque después, cuando me quedé ciego, era ella la que me guiaba a mí. Por eso digo, hay una cadena de cosas que si uno las pone en línea, es una secuencia”, agrega el corredor con la voz entrecortada, mientras algunas lágrimas rebeldes se le escapan por debajo de sus anteojos oscuros.

Manríquez ya se había puesto en movimiento. Ahora caminaba y estaba motivado. Por eso, cuando una señora le preguntó si se animaba a trotar con ella, él no dudó en aceptar la propuesta. Salieron a correr despacio por la laguna Rosales y como Luis Rodríguez vio que sus movimientos eran buenos, no dudó en preguntarle si se animaba a correr los 10 kilómetros del Patagonia Run.

“¿Te animás? Puentes de Luz está esperando algo así”, lo desafió.

Cada kilómetro recorrido es cumplir un sueño

Miguel Ángel corre, ríe y llora al mismo tiempo. Se pregunta a sí mismo cómo terminó envuelto en esa locura, pero después se acuerda de su hija y de que cada kilómetro que corre es un dólar para Casa Tuya y se convence de que vale la pena.

Casa Tuya es uno de los tantos proyectos que tiene Puentes de Luz. El objetivo es construir un programa de viviendas para personas con discapacidad en donde puedan vivir de manera autónoma. Y la manera de financiarlo son los dólares que dona la gente por cada kilómetro que corre Miguel Ángel.

“Lo que pasa es que cuando seamos un poquito más grandes y no podamos depender de nosotros mismos, necesitamos de alguien que nos asista. Yo tengo una nena de 12 años y no le puedo traer esa carga. Esto es para los que quieren ser independientes pero no pueden estar solos”, explica Manríquez.

El proyecto nació en 2019, justo cuando Miguel Ángel comenzaba a enfrentarse a carreras más exigentes. Había superado los 10 km del Patagonia Run en 2013, los 21 km en 2014 y los 70 km en 2018. Ya cuando cruzó la meta de los 110 km el año pasado se había convertido en toda una celebridad.

“Correr me da la satisfacción de decir ‘loco, por acá pasa Jonathan Albon, campeón mundial de Ultra Trail’. Pienso que si él pasó por un lugar, yo puedo pasar también. Si el pasó por el barro, entonces yo también. Si encara el río, lo encaro. Y cuando terminó la carrera, era él el que me pedía de sacarse una foto conmigo. Hay cosas… que el campeón mundial te pida una foto cuando vos tendrías que estar pidiéndosela a él… es groso”, reflexiona.

Aunque ahora su novia, Antonia Martínez, también se está entrenando para correr a su lado en carreras de menor kilometraje, en todas las competencias lo acompaña Cristian Barreiro, su guía. Él le avisa cuándo hay piedras, cuándo se tiene que agachar por una rama o cuándo se tiene que preparar para zambullirse en un río. Los une una vara, que cada uno agarra por un extremo y así Miguel Ángel puede seguir sus pasos.

Solo una vez Manríquez se resbaló en una subida, que aunque no fue grave, decidieron que era momento de incorporar un elástico que los una para mayor seguridad, en caso de una eventual caída.

“¿Miedo? No, miedo no. Yo creo que más miedo tenía al principio de qué iba a ser de mi vida, pero no en la carrera. Confío en la persona que llevo. Acá capaz me ando chocando todo, pero me pongo los cortitos, la remera y sé que si mi guía no para, es porque se puede”, agrega.

Para él, resbalón no es caída. Cuenta que a pesar de que alguna vez ha tropezado, jamás se lastimó corriendo más que las uñas de los pies, que todos los años se le terminan cayendo por patear piedras en el camino.

"Cristian, revolcame un poco en el barro porque van a pensar que me traes”, agrega Miguel Ángel entre risas, mientras sigue corriendo.

LEÉ MÁS

El COVID aplastó las actividades culturales

Fernández: "El reinicio de las clases, por ahora no es prioridad"

Te puede interesar