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Cuenta la leyenda que en 1950, a 19 años de su estreno original y en otra punta del mundo, un quinceañero tucumano vio “Dracula”, aquel clásico de la Universal protagonizado por Bela Lugosi, y su vida cambió para siempre. Cuenta el mito que, en ese momento, aquel adolescente descubrió su verdadero ser. Se había dado cuenta, por fin, de que no era el pibe loco al que todo el pueblo trataba como tal. No. En realidad, él era igual que ese conde cuya imagen se proyectaba en la pantalla grande de esa sala. Como si, irónicamente, se hubiese estado reflejando a sí mismo en un espejo gigante.
Cuenta la leyenda de la leyenda, debería, en verdad, haber arrancado esta nota. Es que, según los artículos periodísticos y los capítulos de libros dedicados a este (en ese entonces) joven, ese es el hito fundacional (que, dicen, “circuló entre los investigadores de la época”) en la historia del llamado “vampiro argentino” o “vampiro de la ventana”. Motes con los que aún hoy se conoce a Florencio Roque Fernández, el supuesto máximo asesino en serie de la historia de nuestro país. Y decimos “supuesto” porque su historia, en principio dudosa cuando menos, dista mucho de la realidad.
Si se busca “Florencio Fernández” en Google se encontrará, casi siempre primero, el mismo cuento: que fue un criminal serial que mató, entre 1953 y 1959, a quince mujeres. La mayor cantidad de víctimas fatales que ostente un homicida o femicida de ese tipo en la historia de la Argentina. ¿Cómo puede ser que, con tan importante prontuario, su nombre sea tan desconocido para la mayoría? ¿Cómo es posible que haya sido opacado por tantos otros con muchos menos muertos en su haber, como, por ejemplo, Cayetano “el Petiso Orejudo” Godino o Carlos “el Ángel Negro” Robledo Puch? En esta nota, revelaremos la respuesta.
Tanto su respectivo artículo de Wikipedia (que utiliza como fuentes a distintos libros) como la gran mayoría de los publicados por muchos medios de nuestro país (varios de ellos de alcance nacional) cuentan la misma historia, que narraremos a continuación.
Oriundo de la ciudad de Monteros, Tucumán, donde llevó a cabo todos sus femicidios, Fernández nació en 1935 en el seno de una familia extremadamente pobre. Peor todavía para él, Florencio no era como sus hermanos y los demás niños de su vecindario. A diferencia del resto, su conducta era siempre extraña. Su comportamiento era errático y presentaba disturbios mentales evidentes, por lo que sus padres lo llevaron con un médico psiquiatra. El doctor que lo atendió logró diagnosticar rápidamente que el menor padecía de un tipo de esquizofrenia, pero que la misma podía ser curada con el debido tratamiento. Sin embargo, y en gran parte a causa de la pésima situación socioeconómica en la que vivía su familia, Florencio nunca fue tratado. Sus padres no solo no se hicieron cargo de la terapia correspondiente ni de la medicación que su hijo necesitaba, sino que terminaron dejándolo a su suerte. Fue así que, desde ese entonces, Fernández tuvo que vivir en la calle y mendigar, robar o hurgar en la basura para sobrevivir. Fue también tras ese abandono que, según el testimonio de los peritos que lo analizaron varios años después (así dicen los relatos periodísticos que pueden leerse en Internet), sus alucinaciones aumentaron y empeoraron, al mismo tiempo que su sed de sangre comenzó.
Su primer crimen tuvo lugar a principios de 1953. Su víctima, una joven a la que había acechado durante horas sin que ella se percatara de su presencia, como un murciélago en la oscuridad. Era verano y hacía calor, por lo que, como todas las noches, cuando la chica volvió a casa se fue a dormir con la ventana de su habitación abierta. Fue la última vez que lo hizo. Florencio se metió en su pieza y la golpeó varias veces en la cabeza (algunos textos indican que fue con un martillo, otras que lo hizo con un garrote), hasta dejarla inconsciente. Acto seguido, mordió su cuello, lo desgarró y bebió de él, para luego abandonar la escena sin dejar rastro. La joven murió desangrada en su propia cama.
Un mes después, otro asesinato de las mismas características tuvo lugar. Otro luego. Y otro. Hasta llegar a la quincena que posteriormente se le atribuyeron a Fernández. Todas las víctimas eran mujeres. Todas dormían solas y con las ventanas abiertas. Y todas terminaban con la garganta rota a mordiscones. Las que no habían muerto por pérdida de sangre lo habían hecho previamente por traumatismo de cráneo, producto de repetidos golpes con algún objeto contundente.
Con el correr del tiempo y la acumulación de crímenes, Monteros dejó de ser el pueblo tranquilo y seguro que todos sus habitantes creían para convertirse en un infierno gobernado por el terror de un vampiro de la vida real. Presos del miedo y la superstición, muchos vecinos colgaban crucifijos y ajos en sus hogares, además de cerrar todas las ventanas y puertas, a pesar del intenso calor tucumano. Sobre todo las familias con hijas solteras. Se creía que el monstruo buscaba vírgenes para violar y succionar su plasma en un éxtasis sexual, a pesar de que las autoridades habían aclarado (de vuelta, según dicen los que escribieron sobre el criminal y sus presas sin nombres ni apellidos) que la juventud de la mayoría de las víctimas tenía más que ver con el hecho de que durmieran solas que con su castidad. De hecho, los forenses que trabajaron en el caso (otra vez lo mismo) determinaron que ninguno de los cadáveres presentaba signo alguno de abuso carnal.
Lo que nadie sabía, en cambio, era quién era el asesino ni quién podía llegar a serlo. Costaba creer que una persona de tan rústicos y violentos modos (que según habían escrito los supuestos médicos en sus supuestas pericias, se manejaba “a tarascón limpio”) no dejara ninguna pista, pero la Policía local no solo no barajaba ningún sospechoso, sino que el perfil del hipotético culpable que manejaban era diametralmente opuesto al del verdadero autor de las atrocidades. Para los (supuestos) investigadores, el “vampiro” tenía que ser una persona lo suficientemente culta e inteligente capaz de borrar los rastros que su incompetencia les impedía encontrar.
Tan desorientados estaban que, tras el asesinato número 15, decidieron por fin pedir ayuda a la Policía Federal. Cuando los agentes de Buenos Aires llegaron a Monteros y realizaron un mapeo de los lugares donde el asesino había atacado, descubrieron que casi todas las viviendas a las que había ingresado se hallaban dentro de un radio que tenía como eje central una calera, ubicada en la periferia de la ciudad. De esta manera, organizaron con la fuerza de seguridad local un operativo de vigilancia por el área, que tuvo sus frutos tres meses después del último crimen.
Durante la noche del 14 de febrero de 1960, a un efectivo le llamó la atención la actitud de un hombre de aspecto andrajoso que deambulaba mirando hacia el interior de distintas casas. Sin que lo viera, lo siguió, hasta que, un rato después, el sospechoso se dirigió hacia la misma calera que habían dispuesto como eje en el operativo. Ya en esa zona, lo vio ingresar en una cueva, tras lo cual dio aviso a sus compañeros.
Florencio Roque Fernández tenía tan solo 25 años cuando, por fin, fue detenido. Fue esposado dentro de la mencionada y oscura morada, en la que vivía en condiciones de indigencia y hacinamiento, rodeado de basura, restos de comida podrida y su propia materia fecal. No opuso resistencia al arresto, salvo cuando lo sacaron de la cueva y la luz del sol le pegó de lleno. El “vampiro de la ventana” sufría de fotofobia, según revelaron posteriormente los peritos.
Una vez finalizados los interrogatorios policiales y los exámenes físicos y psiquiátricos correspondientes, Fernández fue llevado a juicio. En esa instancia, en la que pudo probarse su esquizofrenia nunca tratada como también el marcado deterioro de su salud en general (producto de años de indigencia), fue declarado inimputable y trasladado a un hospital psiquiátrico de San Miguel de Tucumán.
El máximo asesino serial de la Argentina falleció en 1968, a sus 33 años de edad. Murió en el mismo nosocomio en el que permanecía internado, aparentemente de causas naturales, ya que, según escribieron los periodistas y autores que dieron su historia por cierta décadas después, no se conservan registros de su defunción.
Lisa y llanamente: que su historia no es cierta. Es tan morbosamente interesante (¡y tan desconocida y lejana!) que uno quiere creerla, incluso cuestionándose demasiadas cosas, como, por ejemplo, que un asesino de las características antes descriptas matara sus víctimas en un período tan prolongado de tiempo (¿qué hacía ese indigente esquizofrénico en invierno, cuando las ventanas estaban cerradas?). Pero cuando los registros de la época no existen más que en en el siempre idéntico relato que los menciona, es imposible tomar a los acontecimientos narrados como hechos.
Esa falta de información fidedigna fue lo que llevó a Gustavo Rodríguez, periodista de La Gaceta de Tucumán, a buscar la verdad detrás de lo que terminó siendo una falacia. “Yo soy editor de Policiales del diario, y con el apoyo de mi jefe empecé a revisar algunos casos históricos de la provincia, en una sección que se llama 'Historias detrás de Historias'. Buceando, buscando, encontré este caso, que me llamó la atención porque nunca había escuchado hablar de él. Entonces, lo primero que hice fue ir al archivo del diario, que es el más completo de todo el NOA, y me di cuenta que esa historia nunca había sido publicada. Me pareció muy raro, con todo lo que aparecía escrito en Internet. Así que me trasladé a Monteros, que está a unos 60 kilómetros de San Miguel de Tucumán y terminé de confirmar mediante entrevistas a historiadores y pobladores más viejos de la ciudad que se trataba de un mito urbano”, le cuenta Rodríguez a LM Neuquén. En su nota, titulada “El vampiro de Monteros, ¿fue un asesino serial o una leyenda urbana”, publicada por La Gaceta el 10 de noviembre de 2019, los habitantes consultados, hoy adultos mayores, niegan que haya existido un femicida en serie en su ciudad natal. Aunque, sin embardo, eso no quiere decir que Florencio Fernández no haya existido en realidad.
“Acá no le decían 'Vampiro”, sino 'Cangrejo', y no fue asesino: fue un albañil al que le gustaba mucho boxear”, le contó a Rodríguez un docente jubilado llamado Arturo Zelaya, quien se dedica a reconstruir la historia de Monteros. Zelaya, al igual que otros monterizos consultados por el periodista tucumano, reconoció a Fernández como el de la foto que circula en la web atribuida al supuesto asesino, pero negó rotundamente todo lo que tantos textos dicen sobre él. “No es un desconocido en la ciudad. Son patrañas esa parte que cuenta que dormía en la calle y que vivía mendigando. Trabajaba en la construcción. No era millonario, pero tampoco el pordiosero que pretenden hacer creer. Se hablaron muchas cosas sobre este pobre hombre. Todas mentiras. No sé si ya murió, porque hace mucho tiempo que no lo veo. Sí puedo asegurar que entre 2010 y 2011 lo entrevisté porque estaba escribiendo un libro sobre la Escuela Normal, donde él trabajó como albañil. Le puedo asegurar dos cosas; que no tenía ninguna enfermedad mental y que estaba bien vivo”, le contó a Rodríguez. Por otro lado, y para seguir echando por tierra la historia del serial killer vampiro y argentino, Zelaya se hace eco de la supuesta llegada de agentes de la Policía Federal que habría terminado con la detención de Fernández: “Monteros no es muy grande y menos en esa época. Si realmente hubiera llegado una comisión de investigadores federales, le puedo asegurar que algún registro debería haber quedado, sin contar el revuelo que debería haber generado”.
Ahora bien, ¿cómo una leyenda de tal magnitud se construye en torno a la figura de este albañil de carne y hueso que realmente vivió en el lugar y en la época en la que los supuestos crímenes habrían sido cometidos? ¿Por qué Florencio Fernández, y no otro, se convirtió en el “vampiro de la ventana”? Gustavo Rodríguez, a partir de su investigación, puede tejer una hipótesis al respecto: “De acuerdo a la información que pude conseguir, este famoso 'Cangrejo' podría haber tenido algún tipo de conducta de... relacionarse con mujeres casadas. Al parecer, cuando no estaban los maridos, él entraba a distintas casas y tenía relaciones sexuales clandestinas con las mujeres que visitaba”, le cuenta a este medio. El mencionado Arturo Zelaya, por su parte, decía acerca de esto en la nota publicada por La Gaceta que a Fernández (el verdadero) “le gustaba ingresar a las casas donde sabía que quedaban mujeres solas y, aparentemente, les hacía propuestas indecentes”. “Todavía recuerdo que años atrás esas situaciones generaron una broma entre los habitantes de la ciudad. Decían que las mujeres solteras, de más de 50 años, colgaban cartelitos diciendo que estaban solas para que él ingresara. Pero que haya sido un asesino serial, es una verdadera locura”, concluía el maestro retirado.
¿Pudo un simple caso de “pata de lana” ser el disparador de una historia como la del vampiro que mató a más mujeres que Francisco “el Sátiro de San Isidro” Laurena, el verdadero máximo asesino en serie de la historia nacional? ¿Quién y por qué se dedicó a desprestigiar su nombre y construir un mito tan detallado, poderoso y perdurable? Quizás sea esta, ahora, la historia que valga la pena desentrañar.