A fuerza de manga y fondant, 15 pasteleras del Alto Valle construyeron puentes para crear un proyecto colectivo que alegra corazones. Con un amor por la decoración de tortas que parece desbordarse de sus propios emprendimientos, dedican parte de su tiempo a elaborar las propuestas más creativas para los pequeños guerreros que batallan contra el cáncer, para convertir sus cumpleaños en un rayo de luz en medio del dolor.
Juliana Cella no decora tortas, fabrica sonrisas. Y eso es lo que más le gusta de su profesión: tensar los labios de los niños en un gesto de júbilo cada vez que llega el día de su cumpleaños y, con él, una caja que se abre y revela la sorpresa irrepetible de una torta que interpreta con exactitud todos sus deseos.
Su vínculo con las tortas decoradas está presente desde los recuerdos más difusos de su infancia. En cada cumpleaños, el cartero llevaba una encomienda que su abuela le enviaba desde Bahía Blanca, con una torta decorada para homenajearla en su día. "Yo estaba fascinada, porque era hace 30 años y ya decoraba con fondant como se hace ahora", relató.
Los recuerdos de las tortas que su abuela y su tía hacían con esmero y que recreaban las escenas de Mi Pequeño Pony y los Ositos Cariñositos marcaron a fuego todo su futuro. Cuando nació su hija, Juliana comenzó a decorar tortas para sus primeros cumpleaños, aprendiendo a tientas con las técnicas que recordaba de su abuela y todos los conocimientos que absorbía de forma autodidacta.
Lo que empezó como un mimo maternal se transformó en su profesión. La pastelera tomó distintos cursos y hasta viajó a a Bahía Blanca para convertirse en profesora de decoración de tortas. Así, comenzó a vender sus propias creaciones con el emprendimiento Sra. Cereza y a dar clases a las más de 500 alumnas que pasaron por su taller.
Con tantas capacitaciones, Juliana se anima a hacer de todo. Y aunque decora también tortas para adultos, aclara que su estilo siempre decanta hacia el diseño más infantil, con colores alegres y motivos que entusiasman a los más chicos. Por eso, siempre buscó un proyecto solidario para canalizar su amor por las infancias con un gesto de bien.
"Cuando empecé a vender tortas me daban ganas de regalar tortas a otros niños, pero por una cuestión económica no eran muchas las que podía regalar, así que sólo se las daba a los hijos de mis amigas", afirmó la pastelera y agregó que su proyecto solidario quedó "dando vueltas" en su cabeza, latiendo como una semilla que algún día iba a brotar.
Un día, y casi por casualidad, descubrió un proyecto solidario de otro país que regalaba tortas decoradas a niños con enfermedades terminales. Esa historia, y el vínculo que ya había formado con la Fundación APANC la llevaron a darle forma a Decorazón, un proyecto que agrupa a distintas pasteleras para alegrar a los pequeños pacientes oncológicos con una torta de cumpleaños.
En un trabajo paulatino, Juliana se contactó con otras pasteleras hasta conformar un grupo de 15 decoradoras de tortas que estaban dispuestas a participar. Hoy oficia como la facilitadora de todo el proyecto, tendiendo puentes entre la fundación, los padres de los niños que atraviesan la enfermedad y su grupo de emprendedoras solidarias, que se turnan para donar los productos ya terminados.
Primero, se contactan con los padres de los niños para conocer un poco sobre ellos y sus deseos a la hora de festejar su cumpleaños. Algunos papás conversan con sus hijos para planificar la celebración juntos, y también la torta con su respectiva decoración. Otras veces no: las familias se animan a alegrarlos con una sorpresa, aunque siempre interpretando sus gustos, sus colores y sus dibujitos favoritos para que se estampen en la torta.
Decorazón adopta su nombre por un juego de palabras entre la decoración de tortas y un gesto cariñoso, y en sus pocos meses de vida ya alegró los cumpleaños de un puñado de niños que pertenecen a la Fundación Apanc. "Para el año que viene tenemos un listado de unos 10 niños, pero a veces las cosas cambian porque hay chicos que son del interior, que se quedan en los departamentos de la fundación durante el tratamiento y que no están en Neuquén durante sus cumples", expresó Juliana.
Como el número de pequeños "guerreritos" es limitado, Juliana sueña con sumar nuevas fundaciones en los años que vienen, también a partir de la difusión del proyecto y el interés creciente entre las pasteleras, que se van sumando a la iniciativa para donar sus tortas.
Por ahora, cada pastelera costea los ingredientes para la torta que va a regalar, aunque piensan en sumar más ayuda externa si el proyecto empieza a crecer. "Pusimos un tamaño mínimo, y de ahí en adelante pueden hacer una torta de tres pisos, todo lo que quieran", explicó Juliana y agregó que los sabores y rellenos se deciden en conjunto con las familias, pero cada emprendedora elige la técnica de decoración con la que se siente más cómoda.
"Cada pastelera aporta sus ingredientes porque sólo tienen que regalar una torta por año", dijo la emprendedora. Sin embargo, esperan sumar a más niños y más pasteleras para expandir el proyecto y repartir otras sonrisas por todo Neuquén.
Las pasteleras también sumaron una propuesta para que otras personas, que no saben de decoración, sean parte de estos festejos de cumpleaños. "La parte más linda de decorar la torta es entregarla y ver los gestos de los chicos cuando abren la caja", dijo Juliana, que recrea cada vez que puede ese mismo gesto que le provocaba su abuela durante su infancia. "Por eso, queremos que cada pastelera tenga la oportunidad de entregar su torta, pero para aquellas que no pueden, queremos sumar personas que se encarguen de los repartos", aclaró.
A pocos meses de su creación, Decorazón sigue en la búsqueda. Busca nuevas pasteleras que se entusiasmen con el proyecto de fabricar ilusiones para los más chiquitos. Y también niños que deseen una torta de cumpleaños y que, por una situación dolorosa o por dificultades económicas, no pueden tener la torta de sus sueños en sus ansiados festejos de cumpleaños.
Las pasteleras que forman parte de Decorazón son: