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Son kilómetros y kilómetros de playas vírgenes que están ahí, a la vuelta de la esquina. O mejor dicho, a la vuelta de donde comienza la Patagonia.
Son extensiones de arena y agua salada que no tienen un punto de referencia ante tanta inmensidad y que los visitantes que las descubren creen -con ingenuidad- que solo es cuestión de caminar para encontrar un límite, un final que indique que allí se terminan.
Están ubicadas en cercanías de Viedma, la capital de Río Negro, aunque en su mayoría solo las disfrutan los lugareños o quienes viven en ciudades cercanas. No son muchos los turistas que las conocen, simplemente porque no tienen tanta promoción como los destinos tradicionales de las costas bonaerenses o aquellos que también están en la Patagonia y tuvieron mejor suerte a la hora de mostrarse.
A un par de kilómetros de El Cóndor, el destino más popular de la capital, se encuentran las playas del Faro, con dos bajadas de acceso que son los portales a la inmensidad. La primera es la más conocida y se accede cuando termina el conocido balneario, a través de una curva que da el inicio a una interminable extensión de acantilados. Se puede ingresar caminando o con vehículos con doble tracción debido a la complejidad del terreno.
Salvo los findes, cuando son más concurridas, estas playas están solitarias durante buena parte del día.
La segunda está un poco más alejada y se encuentra sobre la Ruta Provincial N°1, en un desvío que marca un cartel y tiene una pendiente en la que se puede acceder en autos, pero que no termina en la arena, sino en una plataforma levantada sobre una contención de piedras naturales y estructuras artificiales para proteger el lugar de las mareas.
Salvo los fines de semana, cuando son más concurridas, estas playas están prácticamente solitarias durante buena parte del día. Cuando el mar se retira, deja al descubierto una enorme extensión de costa que se pierde en el horizonte -siempre bordeando los acantilados- hasta el próximo destino, que es Playa Bonita, ubicada a unos 10 kilómetros. También este lugar es un paraíso despejado e infinito, donde los visitantes acceden a través de otra bajada abierta en el despeñadero para disfrutar del mar y el sol.
Es común en esta playa la presencia de lobos marinos que sorprenden a los bañistas, pero que no representan un peligro si se mantiene la distancia adecuada que recomiendan los guardavidas, siempre atentos a la aparición de estos enormes mamíferos que permanecen en la arena durante horas hasta la llegada de la pleamar. Su presencia anticipa otro lugar digno de conocer, Punta Bermeja, ubicada 20 kilómetros al sur, un santuario de vida silvestre donde se encuentra La Lobería. Sobre los acantilados hay un pequeño museo rodeado de senderos donde se puede apreciar desde lo alto toda la belleza de esta reserva natural.
A partir de allí, siguiendo por la Ruta N° 1, el camino es de tierra (no siempre transitable) y sigue bordeando la costa hasta llegar a otros destinos también paradisíacos un poco más alejados, como Bahía Creek, una villa marítima agreste que ya tiene sus primeros residentes permanentes y que atrae la atención de los amantes de la naturaleza y de las playas vírgenes, o Pozo Salado, un área natural protegida antes de llegar al Puerto de San Antonio Este.
Son centenares de kilómetros para disfrutar unas vacaciones distintas, alejadas del bullicio y del gentío que habitualmente elige la costa en la temporada de verano. Son destinos que vale la pena conocer y que son una buena opción a la hora de planificar las vacaciones.
Otro de los atractivos que tienen las playas cercanas a la ciudad de Viedma es la colonia de loros más grande del mundo, que habita en los acantilados frente al mar, a lo largo de unos 12 kilómetros de extensión.
Se estima que son unos 175.000 ejemplares que arriban a fines de la primavera y que ocupan miles de pequeños huecos tallados en las paredes de los despeñaderos para armar los nidos y criar a sus pichones durante los próximos tres meses.
Se trata de ejemplares de color verde, amarillo y rojo que abandonan el lugar cuando termina el verano y vuelven al año siguiente para seguir con su ciclo reproductivo.
Es muy característico el ruido que generan durante gran parte del día y que constituye una muestra más del hábitat natural y silvestre que tiene este rincón de la Patagonia.
Quienes tengan la intención de visitar y disfrutar la belleza que ofrece la costa rionegrina pueden hacerlo a través de la Ruta 22 (desde Neuquén) hasta llegar a la ciudad de Choele Choel. En esta localidad se debe tomar la Ruta Nacional 250, un camino asfaltado y en muy buen estado que comunica el Valle Medio con Viedma. Desde la capital neuquina hasta su par rionegrina son 562 kilómetros.