Desde hacía algunas semanas, el panadero ofrecía regularmente un café y una medialuna a Jérôme Aucant, un hombre sin hogar, alto y con múltiples tatuajes, que solía pedir limosna frente a la panadería.
Jérôme se encontraba junto a Michel Flamant cuando este comenzó a tambalearse y, preocupado, llamó al servicio de emergencias. De regreso al trabajo tras doce días de hospitalización, el panadero propuso a su salvador un empleo a tiempo parcial.
El dueño de la panadería casi se asfixia con el horno de su negocio. El mendigo pasaba por el lugar y lo ayudó a evitar la muerte.
Exigencias
"Soy alguien exigente: ¡el trabajo se hace como yo digo y no de otra forma!", insiste Flamant, mientras da el toque final a la masa de la clásica baguette francesa, lista para hornear.
Con su cabello blanco muy corto y una musculosa que cubre formas generosas –hace mucho calor junto al horno–, Michel Flamant confía que adora "transmitir y formar a la gente que sabe escuchar consejos, como Jérôme".
De París a Chicago, Michel Flamant viajó para amasar pan del otro lado del Atlántico, montar panaderías y formar aprendices, hasta que en 2009 decidió instalarse en Dole, en la región del Jura, macizo montañoso del este de Francia.
Dispuesto a entregarse al nuevo trabajo
"Es una herramienta de trabajo y se la cedo, ahora le toca a él darle vida", comenta Flamant, que seguirá trabajando hasta septiembre junto a Jérôme, dispuesto a entregarse "al 100%" a su trabajo para satisfacer a la clientela.
"Jérôme es trabajador y quiere salir adelante, hay que darle una oportunidad", comenta Flamant quien tiene su cabeza ya puesta en la jubilación.