Sara Aedo
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Neuquén.- Los cuadernos de Leticia del Campo muestran una dedicación que data de largos años de concentración frente a su escritorio. La letra imprenta es grande y contiene relatos personales, máximas de vida y las letras de sus canciones preferidas. Cuando nació, en Bahía Blanca a principios de 1976, el cromosoma triplicado del síndrome de Down en su ADN presentaba más dudas que certezas, tanto para sus padres como para los médicos.
Recién a los 4 años de edad sus piernas fueron lo suficientemente fuertes como para comenzar a transitar el camino de la independencia. Explorar el mundo fue para Leticia un desafío constante, sobre todo en una época en la que la escolaridad de las personas con discapacidad intelectual y motriz era por lo menos impensada.
Una de las metas de Stella Vecchi, de 73 años, madre de Leticia, era que su hija aprendiera a leer y escribir. Con el apoyo de los docentes del Colegio Don Bosco, Leticia completó la primaria al mismo ritmo que sus compañeros. Sus materias preferidas incluían aquellas en las que hubiera mucho para leer, aunque no les rehuyó a las tablas de multiplicar ni a las divisiones por dos cifras. Como una mente activa necesita de un cuerpo que le responda, Leticia probó el patín artístico cuando cumplió los 25 años.
Con mucho entrenamiento, se convirtió en la primera representante de la provincia en certámenes nacionales e incluso internacionales para personas con discapacidad.
Un placard en el quincho familiar guarda todos los trajes que Leticia usó en cada una de las competencias a las que asistió a lo largo de 11 años. Los hay en todos los colores y con todos los tipos de brillo. “No sé por qué los guardo”, se interroga Stella, tratando de esconder el orgullo que le produce ver a su hija feliz y conforme con sus logros.
“El esfuerzo, para que Leti aprenda todo lo que sabe, es de los maestros”, reconoce la mujer que, siendo una joven viuda, tuvo que repartir sus horarios entre su trabajo como docente de Física y Química y sus cuatros hijos. Sin embargo, es ella quien la despierta para que no se pierdan las clases de gimnasia del PAMI, a las que asisten juntas, y quien movió cielo y tierra para que desde niña encontrara un lugar donde se sintiera cómoda y pudiera desarrollar sus múltiples capacidades. Sin ir al frente, le abrió un camino que Leticia transitó con plena confianza.
En voz baja dice: “Lo guardo porque, cuando yo no esté, quiero que los demás sepan todo lo que un hijo con síndrome de Down puede hacer”.
A Leticia no lo gusta pensar en un futuro en el que su mamá no esté presente. No obstante, Stella no duda de poner el tema sobre la mesa y debatirlo. Después de muchos años de ocuparse en su educación, la mujer espera que su hija pueda encontrar un trabajo que le permita tener un ingreso y asumir responsabilidades acordes a su potencial humano, porque las puertas están, sólo hay que animarse a abrirlas.
“A mí me gusta cocinar, tengo a mi mamá de ayudante, pero se le queman las cosas que deja en el horno y después no se pueden comer”.“Me gusta bailar con mis profesores de tango y de folclore porque son los únicos que se saben bien los pasos. En natación aprendí a hacer clavados y me salen muy bien”.Leticia del Campo.Ejemplo de integración para los nacidos con síndrome de Down
“Tengo cuatro hijos, pero Leti es la que más se obsesiona con la limpieza y el orden de la casa. No le gusta que haya polvo cuando viene alguien de visita”.“Leti tiene sus rutinas y es muy estricta con sus cosas y los horarios, no le gusta faltar a la escuela ni a los talleres que siempre hace”.Stella Maris Vecchi.Madre de Leticia. Tiene 73 años
Apasido da pelea por la autonomía
Desde hace 10 años Apasido trabaja por la inclusión de personas con síndrome de Down tanto en el ámbito educativo como en el laboral. “Luchamos por la plena autonomía de nuestros hijos”, afirma Néstor Martínez, tesorero de la asociación que nuclea a padres de todo el Alto Valle. Según lo reconocen los integrantes de la entidad, hay un proceso de duelo en cada familia después de recibir la noticia de la trisomía 21 en el bebé. Las perspectivas de vida y las posibilidades de desarrollo son dudas que conmueven los cimientos de cualquier hogar. Para Martínez, la clave es actuar tempranamente para darle al niño toda la estimulación necesaria para que logre manejar su cuerpo, comunicarse y que reciba una instrucción paulatina y acorde a sus tiempos de aprendizaje.
Se capacita en panadería y baila como los dioses
De lunes a viernes, Leticia del Campo asiste religiosamente al Taller Lihue, en el barrio Alta Barda. En su agenda, la capacitación ocupa numerosos casilleros horarios todos los días. Nunca pierde de vista una meta: progresar.
Se trata de un espacio dedicado a personas con discapacidad que buscan aprender oficios que les permitan recibir una entrada económica y, quizás, encontrar su vocación.
Leticia reconoce que le va muy bien en el rubro panadería. Roscas de Pascua, pizzetas y vigilantes están en la lista de sus grandes logros.
Sin embargo, es el taller de folclore el que más seduce a esta mujer que no ha conocido barreras capaces de detenerla en cada uno de sus emprendimientos.
Sabe de pasos y de los tiempos de la guitarra. Con una servilleta en la mano y sin dudarlo puede mostrar toda su destreza con la zamba. Su única exigencia es que su partener se tome la tarea en serio y siga los pasos con habilidosa gracia, para que no opaque se desempeño.
Cada noviembre, el Taller Lihue presenta una obra de teatro en la que ella tiene siempre un papel destacado. Empieza a estudiar sus líneas apenas la docente anuncia cuál será la obra del año. No pasa el mes de julio cuando Leti comienza a ensayar rutinariamente sus diálogos.