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Los femicidios ya dejaron 61 huérfanos en Neuquén

Son los hijos de las 39 mujeres asesinadas en los últimos 9 años.

Sofía Sandoval

ssandoval@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- “25 años. Asesinada a golpes. Le sobreviven dos hijos menores”. Cuando ocurre un femicidio, los hijos de las fallecidas se registran apenas como una mera estadística, pero detrás de esos números quedan las historias de otras víctimas: aquellas que sobreviven al ataque femicida pero no a la destrucción de su familia en manos de la violencia de género.

Según el registro de la ONG La Casa del Encuentro, en los últimos nueve años se registraron sólo en la provincia de Neuquén 39 femicidios, que como consecuencia dejaron huérfanos a 61 niños, niñas y jóvenes. Se trata datos que el organismo releva en los medios regionales.

¿Qué pasa con esos chicos cuando las cámaras se apagan o los juicios terminan, y los casos de sus mamás son apenas un número más en un trágico recuento, que ya suman 176 muertes en lo que va del año en Argentina?

En muchos casos, los chicos se refugian en la contención de sus papás biológicos. Sin embargo, hay ocasiones en que estos son los culpables del asesinato, por lo que los huérfanos deben recurrir a su familia extensiva, su red socioafectiva o, en un caso extremo, a los sistemas de adopción en busca de una nueva familia que los acoja.

“Siempre se busca la alternativa que sea más beneficiosa para el niño”, aseguró Marcela Robeda, responsable de la Defensoría del Niño y el Adolescente Nº 3 de Neuquén, que se ocupa de resguardar el bienestar de los chicos que pierden a sus madres y deben acudir al resguardo de otras personas.

Según explicó, la modificación del Código Civil, en su Artículo 702 inciso 2, incorpora la privación de la responsabilidad parental a los hombres que hayan cometido un femicidio. Antes, en cambio, los familiares del niño debían iniciar un proceso para revocar ese derecho a los asesinos, que podían ser tutores de los huérfanos si nadie se oponía.

La mayoría de los niños que quedan huérfanos fueron, previamente, testigos de las golpizas o carne de cañón de la violencia machista que se vivía en sus hogares. “Ellos son tan víctimas como sus madres, porque en muchos casos fueron incluso testigos del femicido”, remarcó Robeda.

Por eso, y sobre todo tras esos trágicos desenlaces, los niños requieren de una red de contención emocional y psicológica que, según Robeda, debe ser provista por el sistema de salud. “En caso de que el Estado no les garantice esta contención, otra vez interviene la Defensoría para otorgarles este derecho”, explicó.

Los nuevos tutores resguardan no sólo la salud del menor, sino de todos los bienes que sus madres les hayan dejado, por lo que la Defensoría oficia de órgano de contralor que verifica el uso adecuado de los bienes que serán exclusivos de los niños cuando alcancen la mayoría de edad.

Con 61 casos en nueve años, las cifras demuestran que los femicidios van más allá de las noticias de las muertes. Trascienden también todo el ámbito familiar y social, que se sacude por la creciente violencia de género.

58% de los hijos de las víctimas son menores de 12 años.

Al momento del femicidio, un 22 por ciento eran jóvenes o adultos y el resto son hijos cuya edad no fue registrada por los medios de comunicación durante la cobertura de los hechos.

“Hay mucha gente que va a las marchas de #NiUnaMenos, pero ve hechos de violencia y prefiere no meterse porque los tiene que resolver la pareja. Yo pensé eso y tuve que enterrar a mi mamá”. “Después de lo que viví, no me da miedo salir a la calle pero sí aprendí a que no voy a dejar jamás que un hombre me levante la voz o me levante la mano”. “Aunque siempre la extraña, mi hermano pudo resolver la pérdida de mamá pero no puede resolver lo que hizo su papá; él nos pide cambiar a su papá por otro que lo quiera”. Mayra Saavedra. Hija de Sandra Merino, asesinada el 6 de julio de 2016

Para Mayra, el dolor cambió el eje de su vida

Por alguna razón que no llega a comprender, Mayra Saavedra nunca terminó de aceptar al nuevo marido de su mamá Sandra, que era también el padre de su medio hermano. Quizás era porque veía todas las señales de un trágico final que no lograba concebir ni siquiera en sus peores pesadillas.

A medida que se afianzaba la relación de Sandra con su nuevo esposo, la mujer perdía confianza en sí misma y se aislaba más de su círculo de afectos. Se mudó de Neuquén a una chacra en Picún Leufú y toleraba cada arranque de ira de su pareja porque no se creía capaz de defenderse sola con su hijo de 3 años.

Mayra perdió la cuenta de la cantidad de celulares que el hombre le rompió a su mamá con el fin de aislarla del mundo y, aunque la animaba a iniciar una nueva vida, se frustraba cada vez que la pareja se reconciliaba ignorando sus consejos.

Sandra ya le había puesto una fecha a su mudanza a Neuquén cuando 15 puñaladas terminaron con su vida y transformaron la de toda su familia.

Por entonces, Mayra era estudiante de Abogacía con 25 años y trabajaba para pagarse un viaje de mochilera a Machu Picchu. Tras el crimen, no sólo tuvo que aceptar la pérdida, sino que obtuvo la guardia de su pequeño hermano Joaquín, que fue testigo del femicidio.

Para Mayra, la vida cambió por completo. Dejó su trabajo y sus estudios, rompió con su pareja y se dedicó de lleno al niño, que miraba fotos viejas de su mamá y le mandaba besos al cielo pero no hablaba nunca de su padre, quien fue condenado el viernes a prisión perpetua. Sí nombraba a un hombre oscuro que visitaba la chacra con la intención de matar. “Él no puede entender que su papá y esa figura son la misma persona”, explicó la joven.

“Yo no me imaginaba como mamá a cargo de un chico, pero las cosas pasan por algo y quizás esta fue la forma de que Joaquín saliera de esa casa”, dice Mayra, sin animarse a imaginar todo lo que sufrió su hermano con apenas 3 años de vida.

Mientras el niño recibe apoyo psicológico y la contención de su familia, la joven se adapta también a su nueva vida, con otra pareja que la aceptó como tutora de Joaquín. “Hay que saber adaptarse”, dice y muestra en el celular un mensaje de su mamá que nunca se animó a borrar: “La vida es hermosa, sólo hay que saber cómo vivirla”.

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