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La madrugada en París estaba calurosa, un nítido reflejo de lo que había sido la noche para Jim Morrison. La última noche para James Douglas Morrison, su nombre completo, el que había intentado recuperar durante su estadía en Francia que ya llevaba medio año y a donde el destino lo llevó a eternizarse, pese a que buscaba un poco de paz para su fama y un espacio para escribir. Hace medio siglo moría un joven de 27 años que amaba la poesía, coqueteaba con el descontrol y provocaba con su carisma, que lo perpetuaron en el pedestal de los íconos.
El que siempre apostó a una mirada horizontalista con sus compañeros de The Doors -aun a pesar de los conflictos, desencuentros y rupturas- y que no simpatizaba cuando anteponían su nombre al de la banda, a partir de aquel 3 de julio de 1971 terminó trascendiéndola. Más, trascendió al rock, trascendió a su época, trascendió a su propia vida, para convertirse en leyenda, en el rostro de facciones suaves contorneadas por el pelo negro enrulado, en una imagen que quedó estampada en miles de remeras como símbolo de la juventud interminable.
Se había ido a vivir a París, donde no era tan conocido como en otros puntos de Europa, como en el Reino Unido, después de haber abandonado The Doors y con el interés -aparente- de alejarse para siempre de los excesos y escándalos propios de una estrella de rock y refugiarse en la liberación cultural francesa, que hacía tres años había vivido su famoso “Mayo” de 1968, cuando la juventud se rebeló contra el sistema y filosóficamente creyó en un cambio que iba desde la ecología hasta la liberación sexual. Jim Morrison transitaba las tierras de su influyente Antonin Artaud, quien había acuñado aquello de que el escenario debía apostar al impacto con violencia sobre el espectador. Morrison adoptó y llevó a cabo ese estilo, como lo detalla el escritor español, Alberto Manzano, quien en su libro “Jim Morrison” cuenta que el cantante se aparecía en algunos conciertos de The Doors vestido de soldado, al que ametrallaban y caía, en una alusión crítica y directa a la Guerra de Vietnam.
Nacido el Melbourne, Estado de Florida, el 8 de diciembre de 1943, tuvo una infancia nómade y estricta, ya que su padre militar (el Almirante George Morrison) fue trasladado en varias ocasiones y, con él, toda su familia se paseó por distintas bases navales al menos una docena de veces hasta que el pequeño Jim se hizo adolescente. Fue en aquellos años duros en los que encontró interés y luego refugio en la literatura y la poesía, en una suerte de protesta interior contra la dureza y los modos de su educación formal y conservadora. Con los libros, la creatividad le empezó a florecer y lo llevó a los 19 años a anotarse en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) donde empezó a estudiar cine. En aquel primer año, escribió un ensayo en el que reflexionó sobre el cine como arte y desarrolló su pensamiento de agudo observador.
“La cámara, como el Dios que todo lo ve, satisface nuestro anhelo de omnisciencia -dijo-. Espiar a otros, desde esta altura y ángulo: peatones entran y salen de nuestro objetivo como raros objetos acuáticos. El rifle del francotirador es una prolongación de su ojo”.
Fue en la UCLA donde, además de haber compartido clase con Francis Ford Coppola, conoció a Ray Manzarek, quien era unos años mayor, tocaba el piano y con el tiempo se convirtió en su socio en la aventura a la que llamaron The Doors. Lector de Walt Whitman, Rimbaud y Nietszche, la cultura de la rebeldía se fue apoderando de su cerebro y empezó a brotar a través de sus manos en poemas que luego fueron canciones. Y también convirtiéndolo en un hombre que escupía espontaneidad libremente luchando, al mismo tiempo, contra una fuerte timidez para mostrarse en público haciendo extravagancias. Y superando con los años cualquier límite que amenazase con marcarle el territorio.
En los finales de The Doors, que se había fundado en 1965 y Morrison abandonó en diciembre de 1970, durante un show en Miami, salió a escena con una oveja en brazos y le pidió al público que subiera al escenario, generando un desorden tan grande que llevó a la suspensión del evento. Para entonces, más allá de sus excentricidades, su vida era un infierno de alcohol y drogas, y sus escándalos lo llevaban cada vez más seguido a los tribunales y a las comisarías, como cuando le robó el casco a un policía mientras se peleaba a los paraguazos con unos amigos suyos.
Fueron seis discos, varios hits que se incorporaron al inconsciente colectivo -Break on Through, Light my fair y Riders on the Storm, por citar solo algunos - y una gran cantidad de conciertos siempre al límite, posiblemente siendo The Doors la primera banda de rock que generó rituales más que recitales entre sus fieles seguidores, amalgamados por la poesía y la personalidad cautivante de su líder y una música que martillaba e hipnotizaba. Habían tenido su primera oportunidad cuando fueron descubiertos tocando en un bar por Paul Rothchild, de Elektra Records, y desde ahí su mundo cambiaría para siempre.
“La auténtica poesía abre todas las puertas y puedes cruzar la puerta que más te convenga -reflexionaba Morrison-. Por eso me atrae tanto, porque es eterna. Mientras haya gente en el mundo podremos recordar palabras y combinaciones de palabras. Solo la poesía y las canciones pueden sobrevivir a un holocausto. Nadie puede recordar una novela entera, ni describir una película, una escultura o una pintura, pero mientras haya seres humanos, las canciones y la poesía sobrevivirán”.
Pasado medio siglo, la muerte de Morrison sigue envuelta en un misterio, orillando el mito que hasta llegó a afirmar que, en realidad, no murió, sino que fue toda una simulación para escaparse a una isla en Madagascar. Lo cierto es que la noche del 2 de julio había sido parte de una cena de amigos, junto con su pareja Pamela Courson, quien horas después, ya en la madrugada del día siguiente, lo encontró sin vida dentro de la bañera. Una versión afirma que, luego de haberse acostado, Jim le dijo a su novia que se sentía mal y se iría a dar una ducha; otra, la más firme a lo largo del tiempo, es que tras la cena se fue a un bar que solía frecuentar y por el que circulaban, además de litros de alcohol, dosis de cocaína y de heroína. Y que fue una sobredosis la que le provocó el infarto agudo de miocardio que acabó con su vida. No hubo autopsia y todo quedó encriptado en el misterio.
Morrison fue sexo, drogas y rock and roll, fue camisa desabrochada dejando ver el pecho o, directamente, el torso desnudo, y fue pantalón de cuero ajustado; fue también rebeldía y desenfreno para representar, en vivo y en directo, a toda una generación que estaba abriendo su cabeza en los años 60 y 70 como nunca en ningún otro momento del siglo XX. En cuerpo y alma, supo mostrarse con toda la esencia del “rockstar” y su temprana muerte, en definitiva, fue como llenar el último casillero que faltaba para su consagración.
El Indio Solari hace un tiempo afirmó: “No sirvo para viejo”, aunque el destino parece empeñado en mostrarle otras opciones, porque el rock ya no es solo un tema de jóvenes. Pero en aquella naciente década del 70, cuando Jim Morrison pasó al otro lado de las cosas, los rockeros todavía no eran piezas clásicas y ni siquiera habían envejecido, por lo que resultaba imposible imaginar que Paul McCartney o Mick Jagger estarían rockeando cerca de cumplir los 80 años y con sus caras llenas de arrugas. Ni tampoco, entonces, había aplicaciones de smartphones que le agregaban veteranía a una cara joven".
“Mis héroes son artistas y escritores. La auténtica poesía no dice nada, sólo indica posibilidades. Abre todas las puertas. Puedes cruzar cualquiera que te vaya bien. Si mi poesía pretende algo, es liberar a la gente del limitado modo en que ven y sienten”. Esta frase simboliza a Jim Morrison. Eso fue. Cambiar un modo de ser y de pensar. Aun ante la inevitable autodestrucción.