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Una corriente roja intensa emerge desde el interior del hielo y contrasta con el paisaje blanco.
En el extremo más austral del planeta, una formación de hielo en la Antártida presenta un fenómeno que desconcierta por su apariencia. Desde el interior de un glaciar brota una corriente roja intensa que contrasta con el paisaje blanco.
El fenómeno es conocido como “cascada de sangre” y tiene una explicación científica documentada. Las imágenes del lugar se difundieron en distintos medios y generaron impacto. La escena parece salida de una ficción.
La llamada cascada de sangre se encuentra en el glaciar Taylor, ubicado en los Valles Secos de McMurdo, Antártida Oriental. Esta región integra la Tierra de Victoria, cerca del mar de Ross. Es una de las zonas más áridas y frías del continente.
El glaciar fue identificado en 1911 por el científico australiano Griffith Taylor durante una expedición antártica. Con el tiempo, el flujo rojizo que emerge de su interior se convirtió en uno de los fenómenos naturales más estudiados del área.
Desde una fisura en el hielo desciende agua con un tono rojo oscuro. El líquido se esparce sobre la superficie helada y forma un contraste marcado. El color se debe a la oxidación del hierro presente en el agua subglacial.
Investigaciones realizadas por equipos de la Universidad de Alaska Fairbanks y del Colorado College, cuyos resultados fueron publicados en la revista Journal of Glaciology, analizaron el origen del fenómeno. Los estudios determinaron que debajo del glaciar existe un lago atrapado bajo cientos de metros de hielo desde hace millones de años.
Esa masa de agua permanece aislada de la luz solar. Es extremadamente salina y contiene altas concentraciones de hierro disuelto. Cuando el agua entra en contacto con el oxígeno del aire, el hierro se oxida. Ese proceso genera el tono rojizo característico. No es sangre. Es una reacción química visible en la superficie.
El lago subglacial del glaciar Taylor también llamó la atención por otro motivo. En ese ambiente sin luz y sin oxígeno se detectaron microorganismos capaces de sobrevivir en condiciones extremas.
Los análisis indicaron que estos organismos obtienen energía a partir de compuestos de hierro y azufre. El hallazgo aportó datos sobre los límites de la vida en la Tierra. Se comprobó la existencia de microorganismos activos en un entorno aislado durante millones de años.
El estudio de este ecosistema convirtió al glaciar en un laboratorio natural. Los científicos investigan cómo se sostienen procesos biológicos sin fotosíntesis ni intercambio directo con la atmósfera.
El fenómeno también despertó interés en el campo de la astrobiología. Ambientes subglaciales similares podrían existir en lunas heladas del sistema solar. Europa, satélite de Júpiter, y Encélado, satélite de Saturno, presentan indicios de océanos bajo capas de hielo.
Las condiciones detectadas en la Antártida ofrecen un modelo para analizar esas hipótesis. El aislamiento, la salinidad y la presencia de hierro resultan variables relevantes para el estudio comparativo.
El glaciar Taylor no es el único lugar donde el agua adquiere tonos rojos. Existen otros sitios en el mundo donde procesos químicos similares generan ese efecto visual.
Uno de los ejemplos más conocidos es el Río Tinto, en la provincia de Huelva, España. Allí, la alta concentración de minerales y la actividad minera histórica influyen en el color del agua.
Otro caso es el campo hidrotermal de Dallol, en Etiopía, donde la actividad geotérmica y la composición química del suelo producen aguas con tonalidades intensas.
También se menciona el lago Lonar, en India, situado en el cráter de un antiguo impacto de meteorito. La composición mineral del entorno modifica las características del agua.
En todos estos escenarios, el color rojizo responde a la interacción entre minerales y procesos geológicos. En la Antártida, el contraste con el hielo acentúa el impacto visual que puede verse en las fotos.