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El día que un padre mató frente a las cámaras al hombre que había abusado de su hijo

El 16 de marzo de 1984, Gary Plauché esperó en el aeropuerto al profesor de karate acusado de violar a su hijo de 10 años y le disparó delante de la policía y de las cámaras de televisión.

Durante años, Gary Plauché había confiado plenamente en Jeffrey Doucet, el profesor de karate de su hijo. Pero todo cambió cuando el hombre fue acusado de secuestrar y abusar del niño. El 16 de marzo de 1984, en el aeropuerto de Baton Rouge, Plauché aguardó la llegada del sospechoso, que era trasladado por la policía para enfrentar a la Justicia. Cuando lo vio pasar por el hall de la terminal, el padre sacó un arma y le disparó a quemarropa, el crimen quedó registrado por las cámaras de televisión.

-¿Por qué, Gary, por qué lo hiciste? – le preguntó el policía de Baton Rouge que lo redujo, cuando el hombre tenía todavía la pistola en la mano.

-Si alguien se lo hiciera a tu hijo, vos también lo harías – respondió Gary Plauché sin ofrecer resistencia. A sus pies yacía el cuerpo agonizante de Jeffrey Doucet con un balazo en la cabeza. Todo quedó registrado por las cámaras del canal local WBRZ-TV, uno de cuyos periodistas le había avisado a Plauché el vuelo y la hora de la llegada del secuestrador y violador de su hijo Jody, trasladado por la policía desde Anaheim, California, para juzgarlo.

El secuestrador Jeff Doucet no era un desconocido para los padres de Jody. Todo lo contrario, era una persona de su confianza. El chico tenía diez años cuando lo inscribieron, junto con sus tres hermanos, en las clases de karate.

El día que un padre desesperado mató de un balazo frente a las cámaras de TV al hombre que había violado a su hijo
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Corría 1983 y cuando Jody comenzó a tomar clases en el dojo de Doucet con sus hermanos. El instructor tomó al chico, que estaba en crisis por el divorcio de sus padres, bajo su protección. Jody tenía diez años y admiraba a ese karateca veinteañero y simpático que le enseñaba los secretos del karate. Gary Plauché también estaba contento, porque veía el entusiasmo de Jody, que no quería perderse una sola clase.

Poco después, los abusos se hicieron más manifiestos, pero Jody siguió guardando silencio, sometido a los argumentos de Doucet. “Esto tiene que ser un secreto entre nosotros. Si le contás a alguien voy a sufrir yo y vos también”, le decía. Años más tarde, Jody buscó las razones que lo habían llevado a callar. Encontró tres: “Uno, tenía 10 años. Dos, lo que estaba pasando sabía que molestaría a mis padres. Tres, en ese momento, no quería que se metiera en problemas. Era más fácil para mí callarme que molestar a todos”, dijo.

Todo eso a Jeffrey Doucet no le bastaba. Quería más y en su mente pensó que lo conseguiría secuestrando al chico. En febrero de 1984 lo “convenció” para que viajara con él a California. Antes de viajar, cambió su aspecto y el de Jody: él se afeitó la barba, al niño le tiñó el pelo de negro para hacerlo irreconocible si se publicaban fotografías para localizarlo. Después lo subió con él a un ómnibus de larga distancia con destino a Los Ángeles.

Lo registró con él en un hotel rutero de Anaheim, donde lo retuvo durante diez días durante los cuales lo violó una y otra vez. Mientras tanto, los padres de Jody lo buscaban desesperadamente.

Pasados diez días, el profesro le permitió a Jody que llamara por teléfono a su madre. Esa llamada significó la salvación del chico y también su propia perdición, porque la policía tenía intervenidos los teléfonos de la familia y pudo rastrear la comunicación. Minutos después de que Jody dejara el teléfono, la policía de Anaheim llegó al hotel y lo encontró en la habitación con Doucet. Al chico lo llevaron de inmediato a Baton Rouge para que se reuniera con sus padres. Al profesor de karate lo esposaron y lo metieron en una celda.

Muerte en el aeropuerto

Gary Plauché no era un criminal sino un simple ciudadano y padre de familia golpeado por los abusos a los que había sometido su hijo. Quería matar a Doucet, la llamada de un periodista le dio la oportunidad y no la desaprovechó.

La imagen de Gary segundos antes de disparar contra Jeffrey Doucet

La mañana del 16 de marzo de 1984, un reportero del canal local WBRZ-TV lo llamó por teléfono para avisarle que Doucet llegaría al aeropuerto de Baton Rouge esa misma tarde, trasladado por la policía desde California para ser procesado en la ciudad donde había cometido los primeros abusos y el secuestro de Jody.

A la hora señalada para la llegada del vuelo, Gary Plauché ya estaba en el hall del aeropuerto armado con una pistola que escondía entre sus ropas. Se ubicó cerca de un teléfono público y poco después de que el avión se detuviera en la pista llamó a un amigo. “Voy a matar a Doucet”.

Segundos después, mientras el camarógrafo de WBRZ-TV grababa la llegada de Doucet custodiado por los policías, Plauché dejó el teléfono colgando del cable, sin cortar la comunicación, se acercó al violador de su hijo y le disparó en la cabeza. No se resistió cuando Mike Barnett, un ayudante del sheriff local a quien conocía bien porque había estado involucrado en la investigación del secuestro, lo inmovilizó contra la pared, le quitó el arma y le preguntó desesperado por qué lo había hecho. “Si alguien se lo hiciera a tu hijo, vos también lo harías”, respondió llorando.

El padre y el hijo

Durante el juicio contra Gary Plauché por el asesinato de Jeffrey Doucet, la presión pública se hizo sentir. Eran muchos los que justificaban que hubiese matado al secuestrador y violador de su hijo; otros no aplaudían su venganza, pero opinaban que no debía ir a la cárcel, aunque hubiera hecho justicia por mano propia.

Jody tenía 10 años cuando empezó a practicar karate

El padre de Jody fue acusado inicialmente de asesinato en segundo grado, pero aceptó un acuerdo que le permitió declararse culpable de homicidio involuntario. Fue sentenciado a siete años, con cinco años de libertad condicional y 300 horas de servicio comunitario, que completó en 1989. El juez Frank Saia dictaminó que enviar a Plauché a prisión no ayudaría a nadie y que prácticamente no había riesgo de que cometiera otro delito.

En un primer momento, Jody culpó a su padre por la decisión de matar a su abusador. “Después de que ocurriera el tiroteo, estaba muy molesto con lo que hizo mi padre. No lo quería a Jeff muerto. Solo quería que se pudriera en la cárcel. Con el tiempo pude superarlo y finalmente acepté a mi padre de nuevo en mi vida, y volvimos a la normalidad”, recordó muchos años después, cuando ya era un adulto.

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