La especie se extendió por ríos y humedales, provocó graves daños ambientales y se volvió prácticamente imposible de eliminar.
Más de 6.000 cangrejos rojos fueron introducidos en 1974 en las marismas del Bajo Guadalquivir, en España, para reproducir un negocio que daba mucho dinero en Estados Unidos. El proyecto tuvo autorización administrativa y parecía tener todo para convertirse en un éxito. Pero años después la situación se descontroló.
La iniciativa fue tomada por Andrés Salvador Habsburgo-Lorena, un archiduque austríaco que quería aprovechar la rápida reproducción del crustáceo.
El negocio efectivamente prosperó, pero los animales escaparon de las zonas de cría y comenzaron a extenderse por arrozales, canales, ríos y humedales.
Cincuenta y dos años después, el cangrejo rojo americano se convirtió en una de las especies invasoras más dañinas y difíciles de controlar en los ecosistemas de agua dulce españoles.
El cangrejo rojo americano, cuyo nombre científico es Procambarus clarkii, es originario del noreste de México y del centro y sur de Estados Unidos. En Luisiana ya existía una extensa tradición gastronómica y comercial relacionada con su captura y cultivo.
Habsburgo-Lorena intentó reproducir ese modelo en la península ibérica. Durante 1973 llevó un primer grupo formado por 250 machos y 250 hembras hasta una finca cercana a Badajoz. Al año siguiente patrocinó una segunda introducción, mucho más numerosa, en los arrozales de Isla Mayor.
Las condiciones del Bajo Guadalquivir fueron ideales para la especie, y los ejemplares crecieron rápidamente, se reprodujeron y abandonaron los sectores donde debían estar confinados.
La enorme cantidad de animales utilizados desde el comienzo también favoreció la consolidación de la invasión. “El gran número de individuos liberados en ambos eventos propició elevados niveles de diversidad genética”, explicó el investigador Francisco Javier Oficialdegui al analizar la expansión europea.
El cangrejo americano puede vivir en ambientes muy distintos, soportar períodos sin agua y atravesar hasta tres kilómetros de terreno en un solo día. Su reproducción complica cualquier intento de contención, ya que puede completar dos o tres generaciones durante un año.
El animal se alimenta con vegetación acuática, moluscos, insectos, peces, anfibios y huevos de otras especies. Al instalarse en un humedal, reduce el alimento disponible, modifica la cadena trófica y afecta más que nada a los animales que dependen de las plantas sumergidas para reproducirse o refugiarse.
Las galerías que excava, por otro lado, debilita las orillas, daña las barreras de los arrozales, facilita la pérdida de agua y aumenta la turbidez acuática al remover los sedimentos del fondo.
El crustáceo también puede transmitir Aphanomyces astaci, el hongo responsable de la afanomicosis, que es mortal para las poblaciones de cangrejos autóctonos europeos.
La captura del cangrejo rojo se transformó con los años en una importante fuente de ingresos para comunidades del sur de España. Isla Mayor desarrolló una industria pesquera y procesadora que comercializa miles de ejemplares y abastece mercados nacionales y extranjeros.
España incorporó al Procambarus clarkii en su catálogo de especies exóticas invasoras, pero permitió que continuaran determinadas actividades de captura y comercialización bajo condiciones especiales. Una prohibición absoluta afectaría a las familias y empresas que dependen del crustáceo desde hace décadas.