Una mujer fue golpeada y estrangulada en el 2001, desde entonces buscaban al asesino.
El crimen de Leslie Preer, ocurrido en mayo de 2001 en Maryland, Estados Unidos, parecía destinado a quedar sin resolver. Durante más de dos décadas, el expediente avanzó sin resultados concluyentes. Sin embargo, en 2024, un detalle cambió el rumbo del caso: una botella de agua permitió identificar al responsable.
La historia combina una escena brutal, sospechas iniciales equivocadas y el uso de tecnología de ADN familiar, una herramienta que terminó por cerrar un capítulo que la familia esperaba resolver desde hacía 24 años.
El 2 de mayo de 2001, Leslie Preer, de 49 años, no llegó a su trabajo en una reconocida empresa de publicidad. Sus compañeros se preocuparon al no poder contactarla. Su jefe, Brett Reidy, decidió acercarse a su casa junto al esposo de la víctima, Carl “Sandy” Preer.
Al ingresar, notaron señales de violencia. Había manchas en las paredes, un charco de agua cerca de la puerta principal y evidencias de forcejeo. En el primer piso encontraron una escena estremecedora: Leslie yacía boca abajo en la ducha, con cortes en la nuca. El informe forense determinó que la causa de muerte fue un fuerte golpe y estrangulamiento.
El impacto en la comunidad fue inmediato. Durante meses, las sospechas se dirigieron hacia el esposo, pese a que contaba con una coartada. No obstante, el ADN hallado en la escena —proveniente de un rastro de sangre y células bajo las uñas de la víctima— no coincidía con él. Sin una coincidencia en las bases de datos disponibles en ese momento, la investigación quedó estancada.
Con el paso del tiempo surgió un nombre que ya había orbitado el entorno familiar: Eugene Teodor Gligor. En la adolescencia mantuvo una relación con Lauren Preer, hija de Leslie. Ambos tenían 15 años cuando comenzaron a salir y compartían el mismo barrio y escuela.
Gligor frecuentó la casa de los Preer. Participaba de cenas y reuniones familiares. Con el tiempo, la relación terminó. Según relatos posteriores, el padre de Lauren desconfiaba de él. En la escuela secundaria, Gligor acumuló antecedentes disciplinarios y problemas vinculados al consumo de sustancias. Tras el divorcio de sus padres, su conducta empeoró y fue expulsado.
Después del crimen, inició una nueva etapa laboral en el rubro inmobiliario y se mudó a Washington, D.C. El caso siguió sin avances. Años más tarde, quienes lo conocían lo describían como alguien tranquilo y equilibrado.
En 2022, las detectives Tara Augustin y Alyson Dupouy retomaron el expediente. Los investigadores originales conservaron el ADN del agresor, pero nunca lograron una coincidencia directa. Las nuevas responsables decidieron aplicar análisis genético familiar, una técnica que compara el perfil del sospechoso con bases de datos públicas para encontrar parientes lejanos.
El procedimiento permitió trazar un árbol genealógico que conducía a una familia en Rumania. Al reconstruir las conexiones familiares apareció el apellido Gligor. Esa pista coincidía con una observación aportada años atrás por un vecino que había sugerido revisar al exnovio de Lauren.
El obstáculo era claro: el ADN de Gligor no figuraba en registros policiales ni bases públicas. Las detectives optaron por una estrategia distinta. Lo siguieron hasta el Aeropuerto Washington Dulles y recuperaron una botella de agua que había utilizado. El material genético obtenido coincidió con las muestras recogidas en 2001. La evidencia resultó concluyente.
En junio de 2024, Gligor fue arrestado frente a su departamento. Durante meses negó cualquier participación. En mayo de 2025 modificó su postura y se declaró culpable de asesinato en segundo grado, tras un acuerdo con la fiscalía.
Durante la audiencia insinuó que se encontraba bajo la influencia de drogas y alcohol al momento del crimen, aunque afirmó no recordar con claridad lo sucedido. No brindó un motivo concreto.
El 28 de agosto de 2025, un juez del Tribunal de Circuito del Condado de Montgomery lo condenó a 22 años de prisión. La fiscalía había solicitado una pena mayor, pero parte de la condena quedó suspendida.
Para Lauren Preer, la resolución significó el cierre de una herida abierta durante décadas. Su padre murió en 2017 sin ver esclarecido el crimen. Con la sentencia, la familia consideró que finalmente se hizo justicia y que el responsable de la muerte de Leslie fue identificado y condenado.